Exodo
Antiguo Testamento | 40 capítulos | 1213 versículos
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Capítulo 27 de 40Capítulo 27
1 Harás el altar de madera de acacia de cinco codos de largo y cinco de ancho; será cuadrado y tendrá tres codos de alto.
2 Harás sobresalir de sus cuatro ángulos unos cuernos, que formarán un cuerpo con él; lo revestirás de bronce.
3 Le harás ceniceros para la grasa incinerada, badiles y acetres, tenedores y braseros. Fundirás de bronce todos estos utensilios.
4 Fabricarás para él una rejilla de bronce, en forma de red; y en los cuatro extremos de la red fijarás cuatro anillas de bronce.
5 La colocarás bajo la cornisa inferior del altar, de modo que llegue desde abajo hasta la mitad del altar.
6 Harás varales para el altar, varales de madera de acacia, que revestirás de bronce.
7 Para transportar el altar, se pasarán estos varales por las anillas de ambos lados del altar.
8 Harás el altar hueco, de paneles; conforme a lo que se te ha mostrado en el monte, así lo harás.
9 También harás el atrio de la Morada. Del lado del Négueb, hacia el sur, el atrio tendrá un cortinaje de lino fino torzal, en una longitud de cien codos a uno de los lados.
10 Sus veinte postes descansarán sobre veinte basas de bronce; sus ganchos y varillas serán de plata.
11 A lo largo del lado septenrional habrá igualmente un cortinaje en una longitud de cien codos, con sus veinte postes que descansarán sobre veinte basas de bronce; los ganchos de los postes y sus varillas serán de plata.
12 A lo ancho del atrio, por el lado occidental, habrá un cortinaje de cincuenta codos; sus postes serán diez, y diez igualmente las basas en que descansarán.
13 La anchura del atrio, al este, al oriente, será de cincuenta codos.
14 Quince codos tendrá el cortinaje de un lado, con sus tres postes y sus tres basas.
15 Por el otro lado, otro cortinaje de quince codos, con sus tres postes y sus tres basas.
16 La puerta del atrio tendrá un tapiz de veinte codos, de púrpura violeta y escarlata, de carmesí y lino fino torzal, labor de recamador. Tendrá cuatro postes y cuatro basas.
17 Todos los postes que rodean al atrio tendrán varillas de plata; sus ganchos serán de plata y sus basas de bronce.
18 El atrio tendrá cien codos de largo, cincuenta codos de ancho y cinco codos de alto; todo de lino fino torzal y con sus basas de bronce.
19 Todos los utensilios de la Morada para toda clase de servicios con todo su clavazón y toda la clavazón del atrio, serán de bronce.
20 Mandarás a los israelitas que te traigan aceite puro de oliva molida para el alumbrado, para alimentar continuamente la llama.
21 Aarón y sus hijos lo tendrán dispuesto delante de Yahveh desde la tarde hasta la mañana en Tienda del Encuentro, fuera del velo que cuelga delante del Testimonio. Decreto perpetuo será éste para las generaciones de los israelitas.
Reflexión del capítulo 27
El capítulo vigésimo séptimo describe el altar del holocausto y el atrio de la Morada. El altar, de madera de acacia revestida de bronce, es cuadrado, con cuernos en sus ángulos, y hueco por dentro. Allí se ofrecerán los sacrificios. Su material —bronce, no oro— y su forma austera contrastan con el esplendor del interior del santuario: el lugar donde se ofrece la vida está marcado por la sobriedad y el servicio, no por la ostentación.
El atrio delimita un espacio sagrado con cortinajes de lino fino, postes y basas. No es un muro de piedra, sino una cerca de tela: se puede ver a través de ella, pero marca la separación entre lo sagrado y lo profano. Es un espacio intermedio, donde el pueblo se reúne, y a la vez un recordatorio de que el acceso a Dios tiene umbrales.
El capítulo termina con una orden sencilla y exigente: el aceite puro de oliva para alimentar continuamente la llama de las lámparas, desde la tarde hasta la mañana. La luz del santuario no debe apagarse nunca. Es una imagen preciosa de la oración: una llama que se cuida, se alimenta y se mantiene encendida con constancia, día tras día, noche tras noche. La fidelidad pequeña y diaria sostiene la presencia.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
La llama del santuario debía alimentarse cada día. Hoy cuida tu «llama»: no dejes pasar un día sin un momento de oración, aunque sea breve. Elige una hora fija y un lugar tranquilo, y enciende esa pequeña lámpara con constancia. La fidelidad diaria, más que los grandes arrebatos, es lo que mantiene viva la presencia de Dios en la vida.
Oración
Señor, luz que no se apaga: aviva en mí la llama de la oración y dame constancia para alimentarla cada día. Que no deje morir tu presencia en mi corazón por descuido, y que mi fidelidad pequeña te sea agradable. Amén.
Acerca del libro de Exodo
El Éxodo, segundo libro del Pentateuco y de la Torá, recibe su nombre del griego éxodos, «salida» o «partida»; su título hebreo, Shemot, significa «nombres», por las palabras con que comienza. La tradición lo atribuye a Moisés, mediador entre Dios y su pueblo, aunque el libro recoge y transmite la memoria viva de la liberación de Israel, celebrada en la liturgia y transmitida de generación en generación.
Su relato abarca los acontecimientos fundadores de la fe de Israel: la esclavitud en Egipto, el nacimiento y la vocación de Moisés, la zarza ardiente y la revelación del nombre divino, las plagas, la Pascua y el paso del mar Rojo, el camino por el desierto, la alianza del Sinaí con los Diez Mandamientos, y la construcción del santuario donde Dios habita en medio de su pueblo.
Los temas centrales son la compasión de Dios que escucha el clamor de los oprimidos, la libertad como don que se recibe de él, la alianza que hace de Israel un pueblo consagrado, la ley como camino de vida y la presencia divina que camina con los suyos.
Para la fe católica, el Éxodo es la gran figura de la salvación. El cordero pascual prefigura a Cristo, cordero de Dios; el paso del mar anticipa el Bautismo que nos libera de la esclavitud del pecado; el maná anuncia la Eucaristía. Jesús es el nuevo Moisés que nos conduce a la libertad de los hijos de Dios.
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