Exodo

Antiguo Testamento | 40 capítulos | 1213 versículos

Ex

Capítulo 31

1 Habló Yahveh a Moisés diciendo:

2 Mira que he designado a Besalel, hijo de Urí, hijo de Jur, de la tribu de Judá;

3 y le he llenado del espíritu de Dios concediéndole habilidad, pericia y experiencia en toda clase de trabajos;

4 para concebir y realizar proyectos en oro, plata y bronce;

5 para labrar piedras de engaste, tallar la madera y ejecutar cualquier otra labor.

6 Mira que yo le he dado por colaborador a Oholiab, hijo de Ajisamak, de la tribu de Dan; y además, en el corazón de todos los hombres hábiles he infundido habilidad para que hagan todo lo que te he mandado:

7 la Tienda del Encuentro, el arca del Testimonio, el propiciatorio que la cubre y todos los utensilios de la Tienda;

8 la mesa con sus utensilios, el candelabro con todos sus utensilios, el altar del incienso,

9 el altar del holocausto con todos sus utensilios, la pila con su base;

10 las vestiduras de ceremonia, las vestiduras sagradas del sacerdote Aarón, y las vestiduras de sus hijos para las funciones sacerdotales:

11 el óleo de la unción y el incienso aromático para el Santuario. Ellos lo harán conforme a todo lo que te he ordenado.

12 Habló Yahveh a Moisés diciendo:

13 Habla tú a los israelitas y diles: No dejéis de guardar mis sábados; porque el sábado es una señal entre yo y vosotros, de generación en generación, para que sepáis que yo, Yahveh, soy el que os santifico.

14 Guardad el sábado, porque es sagrado para vosotros. El que lo profane morirá. Todo el que haga algún trabajo en él será exterminado de en medio de su pueblo.

15 Seis días se trabajará; pero el día séptimo será día de descanso completo, consagrado a Yahveh. Todo aquel que trabaje en sábado, morirá.

16 Los israelitas guardarán el sábado celebrándolo de generación en generación como alianza perpetua.

17 Será entre yo y los israelitas una señal perpetua; pues en seis días hizo Yahveh los cielos y la tierra, y el día séptimo descansó y tomó respiro.

18 Después de hablar con Moisés en el monte Sinaí, le dio las dos tablas del Testimonio, tablas de piedra, escritas por el dedo de Dios.

Reflexión del capítulo 31

El capítulo trigésimo primero corona las instrucciones del santuario con dos dones: el talento artesano y el descanso sabático. Dios designa a Besalel, de la tribu de Judá, y a Oholiab, de la tribu de Dan, y los llena «del espíritu de Dios, concediéndoles habilidad, pericia y experiencia en toda clase de trabajos». El Espíritu de Dios no se derrama solo sobre profetas y sacerdotes: también sobre los artistas y artesanos. El trabajo bien hecho, con destreza y belleza, es también un lugar de encuentro con Dios.

Pero el capítulo insiste con fuerza en el sábado, y lo llama «señal entre yo y vosotros, de generación en generación, para que sepáis que yo, Yahveh, soy el que os santifico». El descanso no es una pausa para recuperar fuerzas y volver a producir; es una señal de identidad, el día en que el pueblo se detiene para recordar quién lo ha liberado. Seis días se trabaja; el séptimo pertenece a Dios.

El capítulo termina con un gesto solemne: Dios entrega a Moisés «las dos tablas del Testimonio, tablas de piedra, escritas por el dedo de Dios». Todo lo construido por manos humanas —el santuario, los vestidos, los utensilios— se apoya en una palabra que no es humana: la ley escrita por Dios mismo. El trabajo del hombre y el don de Dios se encuentran.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Tu trabajo, hecho con esmero, también puede ser oración. Hoy realiza tus tareas con atención y calidad, como Besalel y Oholiab, ofreciéndolas a Dios. Y respeta tu descanso: reserva un tiempo real —una tarde, un día— sin trabajo ni pantallas, para descansar de verdad y recordar quién es el que te santifica. El descanso también es una forma de confiar en Dios.

Oración

Señor, que das habilidad a las manos y descanso al corazón: enséñame a trabajar con esmero y a descansar con gratitud. Que mi trabajo te honre y que mi descanso te recuerde, sabiendo que tú eres quien me santifica. Amén.

Acerca del libro de Exodo

El Éxodo, segundo libro del Pentateuco y de la Torá, recibe su nombre del griego éxodos, «salida» o «partida»; su título hebreo, Shemot, significa «nombres», por las palabras con que comienza. La tradición lo atribuye a Moisés, mediador entre Dios y su pueblo, aunque el libro recoge y transmite la memoria viva de la liberación de Israel, celebrada en la liturgia y transmitida de generación en generación.

Su relato abarca los acontecimientos fundadores de la fe de Israel: la esclavitud en Egipto, el nacimiento y la vocación de Moisés, la zarza ardiente y la revelación del nombre divino, las plagas, la Pascua y el paso del mar Rojo, el camino por el desierto, la alianza del Sinaí con los Diez Mandamientos, y la construcción del santuario donde Dios habita en medio de su pueblo.

Los temas centrales son la compasión de Dios que escucha el clamor de los oprimidos, la libertad como don que se recibe de él, la alianza que hace de Israel un pueblo consagrado, la ley como camino de vida y la presencia divina que camina con los suyos.

Para la fe católica, el Éxodo es la gran figura de la salvación. El cordero pascual prefigura a Cristo, cordero de Dios; el paso del mar anticipa el Bautismo que nos libera de la esclavitud del pecado; el maná anuncia la Eucaristía. Jesús es el nuevo Moisés que nos conduce a la libertad de los hijos de Dios.

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