Exodo
Antiguo Testamento | 40 capítulos | 1213 versículos
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Capítulo 24 de 40Capítulo 24
1 Dijo a Moisés: «Sube donde Yahveh, tú, Aarón, Nadab y Abihú, con setenta de los ancianos de Israel; os postraréis desde lejos.
2 Sólo Moisés se acercará a Yahveh; ellos no se acercarán. Tampoco el pueblo subirá con ellos.»
3 Vino, pues, Moisés y refirió al pueblo todas las palabras de Yahveh y todas sus normas. Y todo el pueblo respondió a una voz: «Cumpliremos todas las palabras que ha dicho Yahveh.»
4 Entonces escribió Moisés todas las palabras de Yahveh; y, levantándose de mañana, alzó al pie del monte un altar y doce estelas por las doce tribus de Israel.
5 Luego mandó a algunos jóvenes, de los israelitas, que ofreciesen holocaustos e inmolaran novillos como sacrificios de comunión para Yahveh.
6 Tomó Moisés la mitad de la sangre y la echó en vasijas; la otra mitad la derramó sobre el altar.
7 Tomó después el libro de la Alianza y lo leyó ante el pueblo, que respondió: «Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahveh.»
8 Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: «Esta es la sangre de la Alianza que Yahveh ha hecho con vosotros, según todas estas palabras.»
9 Moisés subió con Aarón, Nadab y Abihú y setenta de los ancianos de Israel,
10 y vieron al Dios de Israel. Bajo sus pies había como un pavimento de zafiro tan puro como el mismo cielo.
11 No extendió él su mano contra los notables de Israel, que vieron a Dios, comieron y bebieron.
12 Dijo Yahveh a Moisés: «Sube hasta mí, al monte; quédate allí, y te daré las tablas de piedra - la ley y los mandamientos - que tengo escritos para su instrucción.»
13 Se levantó Moisés, con Josué, su ayudante; y subieron al monte de Dios.
14 Dijo a los ancianos: «Esperadnos aquí que volvamos a vosotros. Ahí quedan con vosotros Aarón y Jur. El que tenga alguna cuestión que recurra a ellos.»
15 Y subió Moisés al monte. La nube cubrió el monte.
16 La gloria de Yahveh descansó sobre el monte Sinaí y la nube lo cubrió por seis días. Al séptimo día, llamó Yahveh a Moisés de en medio de la nube.
17 La gloria de Yahveh aparecía a la vista de los hijos de Israel como fuego devorador sobre la cumbre del monte.
18 Moisés entró dentro de la nube y subió al monte. Y permaneció Moisés en el monte cuarenta días y cuarenta noches.
Reflexión del capítulo 24
El capítulo vigésimo cuarto es el momento de la ratificación de la alianza. Moisés refiere al pueblo todas las palabras de Yahveh, y el pueblo responde a una sola voz: «Cumpliremos todas las palabras que ha dicho Yahveh». Es un «sí» unánime, pronunciado libremente, que hace de Israel el pueblo de la alianza.
Moisés escribe las palabras, levanta un altar y doce estelas por las doce tribus, ofrece sacrificios y derrama la sangre: la mitad sobre el altar, la mitad sobre el pueblo, diciendo: «Esta es la sangre de la Alianza que Yahveh ha hecho con vosotros». La sangre sella el vínculo: es la vida ofrecida y compartida entre Dios y su pueblo. La Eucaristía, «sangre de la alianza nueva y eterna», recoge esta misma lógica.
Después, Moisés, Aarón, Nadab, Abihú y los setenta ancianos suben y «vieron al Dios de Israel»: bajo sus pies había como un pavimento de zafiro, puro como el cielo. Y comieron y bebieron en su presencia. La escena une la majestad de Dios con la intimidad de un banquete: la alianza es comunión. Finalmente Moisés entra en la nube y permanece cuarenta días y cuarenta noches en el monte, para recibir las tablas de la Ley. Cuarenta días de silencio para recibir el corazón de la alianza.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
La fe se vive como alianza, no como trámite. Hoy renueva tu «sí» a Dios con una decisión concreta: participa conscientemente en la Eucaristía, que actualiza la sangre de la alianza, y ofrece ese día por una intención concreta. Y reserva un tiempo de silencio —aunque sean unos minutos— para escuchar, como Moisés en el monte, lo que Dios quiere decirte.
Oración
Señor, sangre de la alianza nueva y eterna: renueva tu pacto conmigo y hazme fiel a mi palabra. Enséñame a subir al monte del silencio para escucharte, y a vivir mi fe como comunión contigo y con los hermanos. Amén.
Acerca del libro de Exodo
El Éxodo, segundo libro del Pentateuco y de la Torá, recibe su nombre del griego éxodos, «salida» o «partida»; su título hebreo, Shemot, significa «nombres», por las palabras con que comienza. La tradición lo atribuye a Moisés, mediador entre Dios y su pueblo, aunque el libro recoge y transmite la memoria viva de la liberación de Israel, celebrada en la liturgia y transmitida de generación en generación.
Su relato abarca los acontecimientos fundadores de la fe de Israel: la esclavitud en Egipto, el nacimiento y la vocación de Moisés, la zarza ardiente y la revelación del nombre divino, las plagas, la Pascua y el paso del mar Rojo, el camino por el desierto, la alianza del Sinaí con los Diez Mandamientos, y la construcción del santuario donde Dios habita en medio de su pueblo.
Los temas centrales son la compasión de Dios que escucha el clamor de los oprimidos, la libertad como don que se recibe de él, la alianza que hace de Israel un pueblo consagrado, la ley como camino de vida y la presencia divina que camina con los suyos.
Para la fe católica, el Éxodo es la gran figura de la salvación. El cordero pascual prefigura a Cristo, cordero de Dios; el paso del mar anticipa el Bautismo que nos libera de la esclavitud del pecado; el maná anuncia la Eucaristía. Jesús es el nuevo Moisés que nos conduce a la libertad de los hijos de Dios.
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