Exodo
Antiguo Testamento | 40 capítulos | 1213 versículos
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Capítulo 8 de 40Capítulo 8
1 Dijo Yahveh a Moisés: «Di a Aarón: Extiende tu mano con tu cayado sobre los canales, sobre los ríos y sobre las lagunas, y haz que suban las ranas sobre la tierra de Egipto.»
2 Aarón extendió su mano sobre las aguas de Egipto; subieron la ranas y cubrieron la tierra de Egipto.
3 Pero los magos hicieron lo mismo con sus encantamientos, e hicieron subir las ranas sobre la tierra de Egipto.
4 Faraón llamó a Moisés y a Aarón y dijo: «Pedid a Yahveh que aparte las ranas de mí y de mi pueblo, y yo dejaré salir al pueblo para que ofrezca sacrificios a Yahveh.»
5 Respondió Moisés a Faraón: «Dígnate indicarme cuándo he de rogar por ti, por tus siervos y por tu pueblo, para que se alejen las ranas de ti y de tus casas, y queden solamente en el Río.»
6 «Mañana», contestó el. Replicó Moisés: «Será conforme a tu palabra, para que sepas que no hay como Yahveh, nuestro Dios.
7 Las ranas se apartarán de ti, de tus casas, de tus siervos y de tu pueblo, y quedarán sólo en el Río.»
8 Salieron Moisés y Aarón de la presencia de Faraón, invocó Moisés a Yahveh acerca de las ranas que afligían a Faraón,
9 y Yahveh hizo lo que Moisés pedía: murieron las ranas de las casas, de los patios y de los campos.
10 Las juntaron en montones y el país apestaba.
11 Pero Faraón viendo que tenía este respiro, endureció su corazón, y no les escuchó como había predicho Yahveh.
12 Dijo Yahveh a Moisés: «Di a Aarón: extiende tu cayado y golpea el polvo de la tierra que se convertirá en mosquitos sobre todo el país de Egipto.»
13 Así lo hicieron: Aarón extendió su mano con el cayado y golpeó el polvo de la tierra; y hubo mosquitos sobre los hombres y sobre los ganados. Todo el polvo de la tierra se convirtió en mosquitos sobre todo el país de Egipto.
14 Los magos intentaron con sus encantamientos hacer salir mosquitos, pero no pudieron. Hubo, pues, mosquitos sobre hombres y ganados.
15 Dijeron los magos a Faraón: «¡es el dedo de Dios!» Pero el corazón de Faraón se endureció, y no les escuchó, como había dicho Yahveh.
16 Yahveh dijo a Moisés: «Levántate muy de mañana, preséntate a Faraón cuando vaya a la ribera, y dile: Así dice Yahveh: "Deja salir a mi pueblo, para que me dé culto."
17 Si no dejas salir a mi pueblo, mira que voy a enviar tábanos contra ti, contra tus siervos, tu pueblo y tus casas, de manera que las casas de los egipcios y hasta el suelo sobre el cual están se llenarán de tábanos.
18 Pero exceptuaré ese día la región de Gosen, donde está mi pueblo, para que no haya allí tábanos, a fin de que sepas que yo soy Yahveh en medio de la tierra;
19 haré distinción entre mi pueblo y el tuyo. Este prodigio sucederá mañana.»
20 Así lo hizo Yahveh, y un enorme enjambre de tábanos vino sobre la casa de Faraón y la casas de sus siervos; y toda la tierra de Egipto; la tierra fue devastada por los tábanos.
21 Entonces llamó Faraón a Moisés y a Aarón y les dijo: «Id y ofreced sacrificios a vuestro Dios en este país.»
22 Moisés respondió: «No conviene que se haga así, porque el sacrificio que ofrecemos a Yahveh, nuestro Dios, es abominación para los egipcios. ¿No nos apedrearían los egipcios si ofreciéramos ante sus ojos un sacrificio que para ellos es abominable?
23 Iremos tres jornadas de camino por el desierto, y allí ofreceremos sacrificios a Yahveh, nuestro Dios, según él nos ordena.»
24 Contestó Faraón: «Os dejaré ir, para que ofrezcáis en el desierto sacrificios a Yahveh, vuestro Dios, con tal que no vayáis demasiado lejos. Rogad por mí.»
25 Moisés respondió: «En cuanto salga rogaré a Yahveh, y mañana los tábanos se alejarán de Faraón, de sus siervos y de su pueblo; pero que no nos siga engañando Faraón, impidiendo que el pueblo vaya a ofrecer sacrificios a Yahveh.»
26 Salió, pues, Moisés de la presencia de Faraón, y rogó a Yahveh.
27 Hizo Yahveh lo que Moisés pedía, y alejó los tábanos del Faraón, de sus siervos y de su pueblo, sin quedar ni uno.
28 Pero también esta vez endureció Faraón su corazón y no dejó salir al pueblo.
Reflexión del capítulo 8
El capítulo octavo narra tres plagas más —las ranas, los mosquitos y los tábanos— y muestra el vaivén de un corazón que se arrepiente solo bajo presión. Ante las ranas, Faraón pide a Moisés que ruegue por él, y promete dejar salir al pueblo. Moisés reza, la plaga cesa, y en cuanto respira, el rey endurece su corazón. Es el retrato exacto de una conversión interesada: se busca a Dios para que quite el problema, no para cambiar la vida.
Con la tercera plaga, los magos fracasan y confiesan: «¡Es el dedo de Dios!». El poder de Egipto se rinde ante la evidencia, pero Faraón no. Y con los tábanos aparece un detalle nuevo y lleno de significado: Dios «hará distinción entre su pueblo y el de Faraón», de modo que la región de Gosen queda libre de la plaga. Yahveh no actúa solo contra Egipto; protege a los suyos, y así enseña que él está «en medio de la tierra».
Faraón ensaya concesiones a medias: que ofrezcan sacrificios dentro del país, o que no vayan demasiado lejos. Pero la libertad de Dios no admite regateos. Y cuando Moisés insiste, el rey vuelve a endurecerse. El capítulo nos advierte de una tentación frecuente: negociar con Dios para no entregarle del todo la vida.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
A veces pedimos a Dios que quite el problema sin querer cambiar nosotros. Hoy revisa si estás «regateando» con él: cumplir lo mínimo, reservarte un área de la vida, prometer y luego olvidar. Elige una sola cosa que le estés escatimando y entrégala de verdad, sin condiciones. Y cuando la dificultad pase, no vuelvas a lo de antes: da gracias y mantén el cambio.
Oración
Señor, que distingues a tu pueblo y proteges a los tuyos: no permitas que te use solo para quitarme los problemas. Sana mi conversión interesada y enséñame a entregarte la vida entera, sin regateos ni reservas. Amén.
Acerca del libro de Exodo
El Éxodo, segundo libro del Pentateuco y de la Torá, recibe su nombre del griego éxodos, «salida» o «partida»; su título hebreo, Shemot, significa «nombres», por las palabras con que comienza. La tradición lo atribuye a Moisés, mediador entre Dios y su pueblo, aunque el libro recoge y transmite la memoria viva de la liberación de Israel, celebrada en la liturgia y transmitida de generación en generación.
Su relato abarca los acontecimientos fundadores de la fe de Israel: la esclavitud en Egipto, el nacimiento y la vocación de Moisés, la zarza ardiente y la revelación del nombre divino, las plagas, la Pascua y el paso del mar Rojo, el camino por el desierto, la alianza del Sinaí con los Diez Mandamientos, y la construcción del santuario donde Dios habita en medio de su pueblo.
Los temas centrales son la compasión de Dios que escucha el clamor de los oprimidos, la libertad como don que se recibe de él, la alianza que hace de Israel un pueblo consagrado, la ley como camino de vida y la presencia divina que camina con los suyos.
Para la fe católica, el Éxodo es la gran figura de la salvación. El cordero pascual prefigura a Cristo, cordero de Dios; el paso del mar anticipa el Bautismo que nos libera de la esclavitud del pecado; el maná anuncia la Eucaristía. Jesús es el nuevo Moisés que nos conduce a la libertad de los hijos de Dios.
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