Exodo
Antiguo Testamento | 40 capítulos | 1213 versículos
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Capítulo 17 de 40Capítulo 17
1 Toda la comunidad de los israelitas partió del desierto de Sin, a la orden de Yahveh, para continuar sus jornadas; y acamparon en Refidim, donde el pueblo no encontró agua para beber.
2 El pueblo entonces se querelló contra Moisés, diciendo: «Danos agua para beber.» Respondióles Moisés: «¿Por qué os querelláis conmigo? ¿Por qué tentáis a Yahveh?»
3 Pero el pueblo, torturado por la sed, siguió murmurando contra Moisés: «¿Nos has hecho salir de Egipto para hacerme morir de sed, a mí, a mis hijos y a mis ganados?»
4 Clamó Moisés a Yahveh y dijo: «¿ Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen.»
5 Respondió Yahveh a Moisés: «Pasa delante del pueblo, llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el Río y vete,
6 que allí estaré yo ante ti, sobre la piña, en Horeb; golpearás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo.» Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel.
7 Aquel lugar se llamó Massá y Meribá, a causa de la querella de los israelitas, y por haber tentado a Yahveh, diciendo: «¿Está Yahveh entre nosotros o no?»
8 Vinieron los amalecitas y atacaron a Israel en Refidim.
9 Moisés dijo a Josué: «Elígete algunos hombres, y sal mañana a combatir contra Amalec. Yo me pondré en la cima del monte, con el cayado de Dios en mi mano.»
10 Josué cumplió las órdenes de Moisés, y salió a combatir contra Amalec. Mientras tanto, Moisés, Aarón y Jur subieron a la cima del monte.
11 Y sucedió que, mientras Moisés tenía alzadas las manos, prevalecía Israel; pero cuando las bajaba, prevalecía Amalec.
12 Se le cansaron las manos a Moisés, y entonces ellos tomaron una piedra y se la pusieron debajo; él se sentó sobre ella, mientras Aarón y Jur le sostenían las manos, uno a un lado y otro al otro. Y así resistieron sus manos hasta la puesta del sol.
13 Josué derrotó a Amalec y a su pueblo a filo de espada.
14 Yahveh dijo Moisés: «Escribe esto en un libro para que sirva de recuerdo, y haz saber a Josué que yo borraré por completo la memoria de Amalec de debajo de los cielos.»
15 Después edificó Moisés un altar, al que puso por nombre Yahveh Nissí
16 diciendo: «La bandera de Yahveh en la mano; Yahveh está en guerra con Amalec de generación en generación.»
Reflexión del capítulo 17
El capítulo decimoséptimo reúne dos escenas que hablan de la misma verdad: la salvación es de Dios, pero se realiza a través de mediaciones humanas. En Refidim falta el agua y el pueblo se querella contra Moisés, hasta el punto de que este teme ser apedreado. Dios le manda golpear la peña de Horeb, y de ella brota agua. El lugar se llamará Massá y Meribá, «prueba» y «querella», porque el pueblo preguntó: «¿Está Yahveh entre nosotros o no?».
Poco después llegan los amalecitas y atacan a Israel. Moisés envía a Josué al combate y él sube a la cima con el cayado de Dios. Y ocurre algo elocuente: mientras Moisés tiene las manos alzadas, prevalece Israel; cuando las baja, prevalece Amalec. Al cansarse, Aarón y Jur le sostienen las manos, uno a cada lado, hasta la puesta del sol. La victoria de Josué depende de la oración de Moisés, y la oración de Moisés depende de la ayuda de sus compañeros.
Moisés edifica un altar y lo llama «Yahveh Nissí», «el Señor es mi bandera». El capítulo enseña dos lecciones inseparables: sin oración, la lucha se pierde; y nadie puede sostener la oración solo. La comunidad sostiene a quien intercede, y la intercesión sostiene a quien combate.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Nadie sostiene la fe en solitario. Hoy elige a una persona que esté cargando con una responsabilidad pesada —un cuidador, un líder, un voluntario— y «sostenle las manos»: ofrécele ayuda concreta, escúchala, o reza por ella de forma sostenida. Y si tú eres el que está agotado, atrévete a pedir apoyo, en vez de resistir hasta caer. Somos un cuerpo, y ninguno se salva solo.
Oración
Señor, bandera de tu pueblo: enséñame a orar sin desfallecer y a sostener a los que interceden por los demás. Cuando me canse, dame hermanos que me ayuden, y cuando otros se cansen, hazme sostén fiel. Amén.
Acerca del libro de Exodo
El Éxodo, segundo libro del Pentateuco y de la Torá, recibe su nombre del griego éxodos, «salida» o «partida»; su título hebreo, Shemot, significa «nombres», por las palabras con que comienza. La tradición lo atribuye a Moisés, mediador entre Dios y su pueblo, aunque el libro recoge y transmite la memoria viva de la liberación de Israel, celebrada en la liturgia y transmitida de generación en generación.
Su relato abarca los acontecimientos fundadores de la fe de Israel: la esclavitud en Egipto, el nacimiento y la vocación de Moisés, la zarza ardiente y la revelación del nombre divino, las plagas, la Pascua y el paso del mar Rojo, el camino por el desierto, la alianza del Sinaí con los Diez Mandamientos, y la construcción del santuario donde Dios habita en medio de su pueblo.
Los temas centrales son la compasión de Dios que escucha el clamor de los oprimidos, la libertad como don que se recibe de él, la alianza que hace de Israel un pueblo consagrado, la ley como camino de vida y la presencia divina que camina con los suyos.
Para la fe católica, el Éxodo es la gran figura de la salvación. El cordero pascual prefigura a Cristo, cordero de Dios; el paso del mar anticipa el Bautismo que nos libera de la esclavitud del pecado; el maná anuncia la Eucaristía. Jesús es el nuevo Moisés que nos conduce a la libertad de los hijos de Dios.
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