Exodo

Antiguo Testamento | 40 capítulos | 1213 versículos

Ex

Capítulo 20

1 Entonces pronunció Dios todas estas palabras diciendo:

2 «Yo, Yahveh, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre.

3 No habrá para ti otros dioses delante de mí.

4 No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra.

5 No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo Yahveh, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian,

6 y tengo misericordia por millares con los que me aman y guardan mis mandamientos.

7 No tomarás en falso el nombre de Yahveh, tu Dios; porque Yahveh no dejará sin castigo a quien toma su nombre en falso.

8 Recuerda el día del sábado para santificarlo.

9 Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos,

10 pero el día séptimo es día de descanso para Yahveh, tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que habita en tu ciudad.

11 Pues en seis días hizo Yahveh el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo Yahveh el día del sábado y lo hizo sagrado.

12 Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que Yahveh, tu Dios, te va a dar.

13 No matarás.

14 No cometerás adulterio.

15 No robarás.

16 No darás testimonio falso contra tu prójimo.

17 No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo.»

18 Todo el pueblo percibía los truenos y relámpagos, el sonido de la trompeta y el monte humeante, y temblando de miedo se mantenía a distancia.

19 Dijeron a Moisés: «Habla tú con nosotros, que podremos entenderte, pero que no hable Dios con nosotros, no sea que muramos.»

20 Respondió Moisés al pueblo: «No temáis, pues Dios ha venido para poneros a prueba, para que su temor esté ante vuestros ojos, y no pequéis».

21 Y el pueblo se mantuvo a distancia, mientras Moisés se acercaba a la densa nube donde estaba Dios.

22 Dijo Yahveh a Moisés: Así dirás a los israelitas: Vosotros mismos habéis visto que os he hablado desde el cielo.

23 No haréis junto a mí dioses de plata, ni os haréis dioses de oro.

24 Hazme un altar de tierra para ofrecer sobre él tus holocaustos y tus sacrificios de comunión, tus ovejas y tus bueyes. En todo lugar donde haga yo memorable mi nombre, vendré a ti y te bendeciré.

25 Y si me haces un altar de piedra, no lo edificarás de piedras labradas; porque al alzar tu cincel sobre ella queda profanada.

26 Tampoco subirás por gradas a mi altar, para que no se descubra tu desnudez sobre él.

Reflexión del capítulo 20

El capítulo vigésimo contiene el Decálogo, las «diez palabras» que Dios pronuncia ante todo el pueblo. Su preámbulo es esencial: «Yo, Yahveh, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre». Antes de cualquier mandato está la memoria de la liberación. La ley no es un yugo impuesto por un amo, sino la respuesta agradecida de un pueblo rescatado: se obedece porque se ha sido amado primero.

Los mandamientos trazan el camino de una vida libre. Los tres primeros protegen la relación con Dios —no tener otros dioses, no fabricar ídolos, no usar su nombre en falso, santificar el sábado—; los demás protegen la convivencia: honrar a los padres, no matar, no cometer adulterio, no robar, no dar falso testimonio, no codiciar. Es una pedagogía de la libertad: solo quien respeta estos límites es verdaderamente libre, y no esclavo de sus pasiones.

El pueblo, ante los truenos y el monte humeante, tiembla y pide que hable Moisés, no Dios, «no sea que muramos». Y Moisés responde: «No temáis, pues Dios ha venido para poneros a prueba, para que su temor esté ante vuestros ojos, y no pequéis». El capítulo se cierra con normas sobre el altar: Dios quiere ser adorado con sencillez, no con la ostentación de las piedras labradas. La alianza comienza, y con ella la tarea de vivir como pueblo de Dios.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Los mandamientos son un camino de libertad, no una lista de prohibiciones. Hoy elige uno de los Diez y revísalo en concreto: ¿tengo otros «dioses» —el dinero, el trabajo, la opinión ajena—? ¿Honro de verdad a mis padres? ¿Robo tiempo o dignidad a alguien? Elige el que más te interpele y proponte una acción concreta para vivirlo esta semana. La ley de Dios no limita la vida: la protege.

Oración

Señor, que me sacaste de la esclavitud y me diste tu ley como camino de vida: graba tus mandamientos en mi corazón. Que no los viva como peso, sino como respuesta agradecida a tu amor, y que ellos me guarden en la verdadera libertad. Amén.

Acerca del libro de Exodo

El Éxodo, segundo libro del Pentateuco y de la Torá, recibe su nombre del griego éxodos, «salida» o «partida»; su título hebreo, Shemot, significa «nombres», por las palabras con que comienza. La tradición lo atribuye a Moisés, mediador entre Dios y su pueblo, aunque el libro recoge y transmite la memoria viva de la liberación de Israel, celebrada en la liturgia y transmitida de generación en generación.

Su relato abarca los acontecimientos fundadores de la fe de Israel: la esclavitud en Egipto, el nacimiento y la vocación de Moisés, la zarza ardiente y la revelación del nombre divino, las plagas, la Pascua y el paso del mar Rojo, el camino por el desierto, la alianza del Sinaí con los Diez Mandamientos, y la construcción del santuario donde Dios habita en medio de su pueblo.

Los temas centrales son la compasión de Dios que escucha el clamor de los oprimidos, la libertad como don que se recibe de él, la alianza que hace de Israel un pueblo consagrado, la ley como camino de vida y la presencia divina que camina con los suyos.

Para la fe católica, el Éxodo es la gran figura de la salvación. El cordero pascual prefigura a Cristo, cordero de Dios; el paso del mar anticipa el Bautismo que nos libera de la esclavitud del pecado; el maná anuncia la Eucaristía. Jesús es el nuevo Moisés que nos conduce a la libertad de los hijos de Dios.

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