Génesis
Antiguo Testamento | 50 capítulos | 1532 versículos
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Capítulo 28 de 50Capítulo 28
1 Llamó, pues, Isaac a Jacob, le bendijo y le dio esta orden: «No tomes mujer de las hijas de Canaán.
2 Levántate y ve a Paddán Aram, a casa de Betuel, padre de tu madre, y toma allí mujer de entre las hijas de Labán, hermano de tu madre.
3 Que El Sadday te bendiga, te haga fecundo y te acreciente, y que te conviertas en asemblea de pueblos.
4 Que te dé la bendición de Abraham a ti y a tu descendencia, para que te hagas dueño de la tierra donde has vivido y que Dios ha dado a Abraham.»
5 Y despidió Isaac a Jacob, el cual se fue a Paddán Aram, a casa de Labán, hijo de Betuel el arameo, hermano de Rebeca, la madre de Jacob y de Esaú.
6 Vio Esaú que Isaac había bendecido a Jacob, y le enviaba a Paddán Aram a tomarse mujer allí, y que al bendecirle le había dado esta orden: «No tomes mujer de las hijas de Canaán»,
7 y Jacob, obedeciendo a su padre y a su madre, había marchado a Paddán Aram.
8 Vio, pues, Esaú que las hijas de Canaán eran mal vistas de su padre Isaac,
9 y acudiendo Esaú a Ismael, tomóse por mujer, además de las que tenía, a Majlat, hija de Ismael, el hijo de Abraham, y hermana de Nebayot.
10 Jacob salió de Berseba y fue a Jarán.
11 Llegando a cierto lugar, se dispuso a hacer noche allí, porque ya se había puesto el sol. Tomó una de las piedras del lugar, se la puso por cabezal, y acostóse en aquel lugar.
12 Y tuvo un sueño; soñó con una escalera apoyada en tierra, y cuya cima tocaba los cielos, y he aquí que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella.
13 Y vio que Yahveh estaba sobre ella, y que le dijo: «Yo soy Yahveh, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. La tierra en que estás acostado te la doy para ti y tu descendencia.
14 Tu descendencia será como el polvo de la tierra y te extenderás al poniente y al oriente, al norte y al mediodía; y por ti se bendencirán todos los linajes de la tierra; y por tu descendencia.
15 Mira que yo estoy contigo; te guardaré por doquiera que vayas y te devolveré a este solar. No, no te abandonaré hasta haber cumplido lo que te he dicho.»
16 Despertó Jacob de su sueño y dijo: «¡Así pues, está Yahveh en este lugar y yo no lo sabía!»
17 Y asustado dijo: «¡Qué temible es este lugar! ¡Esto no es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo!»
18 Levantóse Jacob de madrugada, y tomando la piedra que se había puesto por cabezal, la erigió como estela y derramó aceite sobre ella.
19 Y llamó a aquel lugar Betel, aunque el nombre primitivo de la ciudad era Luz.
20 Jacob hizo un voto, diciendo: «Si Dios me asiste y me guarda en este camino que recorro, y me da pan que comer y ropa con que vestirme,
21 y vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces Yahveh será mi Dios;
22 y esta piedra que he erigido como estela será Casa de Dios; y de todo lo que me dieres, te pagaré el diezmo.»
Reflexión del capítulo 28
El capítulo vigesimoctavo es el de la escala de Jacob. El fugitivo, que huye de su hermano y de su propio pecado, se detiene a pasar la noche en un lugar cualquiera, con una piedra por almohada. Y allí, en el desierto y en la soledad, Dios se le aparece en sueños: una escalera que une el cielo y la tierra, con ángeles que suben y bajan, y el Señor en lo alto que renueva la promesa hecha a Abraham y a Isaac. Estaré contigo, te guardaré y te devolveré a esta tierra.
Jacob despierta con una frase que resume la experiencia de todo creyente: reconoce que el Señor estaba allí, y que él no lo había advertido. Cuántas veces Dios está presente en lo ordinario y no lo reconocemos. Jacob unge la piedra, llama al lugar Betel, casa de Dios, y hace un voto: si Dios está conmigo, él será mi Dios. La tradición cristiana ha visto en la escalera una figura de Cristo, el único mediador entre el cielo y la tierra. Dios busca al pecador en su huida y le sale al encuentro.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Busca hoy a Dios donde no esperas encontrarlo: en una tarea monótona, en una dificultad, en un momento de soledad. Él está ahí aunque no lo veas. Y si estás huyendo de algo, detente y escucha: quizá el lugar de tu fuga sea el lugar del encuentro. Renueva hoy tu confianza en su promesa. Convierte tu piedra de cansancio en una casa de oración.
Oración
Señor, tú estabas aquí y yo no lo advertía. Abre mis ojos para reconocerte en lo ordinario, y cuando huya de mis miedos, sal a mi encuentro y renueva en mí tu promesa y tu paz. Amén.
Acerca del libro de Génesis
El Génesis abre la Biblia con una afirmación que sostiene todo lo demás: en el principio Dios crea. Su nombre hebreo, Bereshit («en el principio»), designa el libro por su primera palabra; la tradición griega lo llamó Génesis, «origen» o «nacimiento», porque en él se narran los comienzos del mundo, de la humanidad y del pueblo elegido. La tradición judía y cristiana lo atribuye a Moisés, que habría recogido y ordenado antiguas tradiciones de Israel. El libro se articula en dos grandes bloques: la historia de los orígenes (capítulos 1-11), que abarca la creación, la caída, el diluvio y la torre de Babel, y la historia de los patriarcas (capítulos 12-50), centrada en Abraham, Isaac, Jacob y José.
Sus relatos se sitúan en el horizonte del antiguo Oriente Próximo, y su redacción final responde a la fe de Israel, madurada también en el destierro de Babilonia. En medio de un mundo politeísta, el Génesis confiesa que hay un solo Dios, creador libre y soberano, que llama a Abram desde Ur y establece con él una alianza: bendeciré a quienes te bendigan, y en ti serán bendecidas todas las familias de la tierra.
Sus temas centrales son la creación y la imagen de Dios en el ser humano, el pecado que rompe la comunión, la promesa que sobrevive a toda crisis, la alianza y la providencia que conduce la historia hacia un bien mayor incluso a través del mal. Para la fe católica, el Génesis responde a las preguntas más hondas: de dónde venimos, quiénes somos y por qué existe el sufrimiento. En él se fundan la dignidad inviolable de la persona, el matrimonio, la familia y la esperanza de un Redentor.
Y sobre todo, el Génesis apunta a Cristo. El nuevo Adán que repara la desobediencia, el descendiente de la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente, el Melquisedec que ofrece pan y vino, el José vendido y después salvador de sus hermanos: toda la Escritura comienza aquí y camina hacia el Evangelio.
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