Génesis
Antiguo Testamento | 50 capítulos | 1532 versículos
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Capítulo 35 de 50Capítulo 35
1 Dios dijo a Jacob: «Levántate, sube a Betel y te estableces allí, haciendo un altar al Dios que se te apareció cuando huías de tu hermano Esaú.»
2 Jacob dijo a su casa y a todos los que le acompañaban: «Retirad los dioses extraños que hay entre vosotros. Purificaos, y mudaos de vestido.
3 Luego, levantémonos y subamos a Betel, y haré allí un altar al Dios que me dio respuesta favorable el día de mi tribulación, y que me asitió en mi viaje.»
4 Ellos entregaron a Jacob todos los dioses extraños que había en su poder, y los anillos de sus orejas, y Jacob los escondió debajo de la encina que hay al pie de Siquem.
5 Partieron, pues, y un pánico divino cayó sobre las ciudades de sus contornos; así no persiguieron a los hijos de Jacob.
6 Jacob llegó a Luz, que está en territorio cananeo - es Betel - junto con todo el pueblo que le acompañaba,
7 y edificó allí un altar, llamando al lugar El Betel, porque allí mismo se le había aparecido Dios cuando huía de su hermano.
8 Débora, la nodriza de Rebeca, murió y fue sepultada en las inmediaciones de Betel, debajo de una encina; y él la llamó la Encina del Llanto.
9 Dios se apareció a Jacob una vez más a su llegada de Paddán Aram y le bendijo.
10 Díjole Dios: «Tu nombre es Jacob, pero ya no te llamarás Jacob, sino que tu nombre será Israel.» Y le llamó Israel.
11 Díjole Dios: «Yo soy El Sadday. Sé fecundo y multiplícate. Un pueblo, una asamblea de pueblos tomará origen de ti y saldrán reyes de tus entrañas.
12 La tierra que di a Abraham e Isaac, a ti te la doy, y a tu descendencia y sucesión daré esta tierra.»
13 Y Dios subió de su lado.
14 Jacob erigió una estela en el lugar donde había hablado Dios con él: una estela de piedra; derramó sobre ella una libación, y vertió sobre ella aceite.
15 Jacob llamó a lugar donde había hablado Dios con él «Betel».
16 Partieron de Betel, y cuando aún faltaba un trecho hasta Efratá, Raquel tuvo un mal parto.
17 Sucedió que, en medio de los apuros del parto, le dijo la comadrona: «¡Animo, que también este es hijo!»
18 Entonces ella, al exhalar el alma, cuando moría, le llamó Ben Oní; pero su padre le llamó Benjamín.
19 Murió Raquel y fue sepultada en el camino de Efratá, o sea Belén.
20 Jacob erigió una estela sobre su sepulcro: es la estela del sepulcro de Raquel hasta hoy.
21 Israel partió y desplegó su tienda más allá de Migdal Eder.
22 Sucedió por entonces, mientras Israel residía en aquel país, que fue Rubén y se acostó con Bilhá, la concubina de su padre, e Israel se enteró de ello. Los hijos de Jacob fueron doce.
23 Hijos de Lía: el primogénito de Jacob, Rubén; después Simeón, Leví, Judá, Isacar y Zabulón.
24 Hijos de Raquel: José y Benjamín.
25 Hijos de Bilhá, la esclava de Raquel: Dan y Neftalí.
26 Hijos de Zilpá, la esclava de Lía: Gad y Aser. Estos fueron los hijos de Jacob, que le nacieron en Paddán Aram.
27 Jacob llegó adonde su padre Isaac, a Mambré o Quiryat Arbá, - o sea, Hebrón - donde residieron Abraham e Isaac.
28 Isaac alcanzó la edad de 180 años.
29 Entonces Isaac expiró y murió, fue a reunirse con su pueblo, anciano y lleno de días. Le sepultaron sus hijos Esaú y Jacob.
Reflexión del capítulo 35
El capítulo trigesimoquinto es el de la vuelta a Betel. Dios ordena a Jacob subir al lugar donde le había salido al encuentro y levantar un altar. Y Jacob, antes de partir, pide a su familia que se purifique: enterrad los dioses extraños que tenéis y cambiad de ropa. Es un gesto decisivo: no se puede volver a la casa de Dios cargando con ídolos. La familia entierra sus amuletos y los objetos sagrados paganos bajo la encina de Siquén, y parte. El terror de Dios cae sobre las ciudades vecinas, y nadie los persigue.
En Betel, Dios renueva su bendición y confirma el nombre de Israel. Pero el camino también trae dolor: Raquel muere al dar a luz a Benjamín, y Jacob levanta sobre su tumba una estela. Poco después, Rubén, el hijo mayor, mancha su lugar con un pecado grave. Y al final del capítulo muere Isaac, y sus dos hijos, Jacob y Esaú, lo sepultan juntos. La vida del patriarca se cierra en paz, y la promesa sigue avanzando, entre purificaciones, duelos y esperanza.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Antes de acercarte a Dios, pregúntate qué ídolos cargas: el dinero, el prestigio, el control, un apego que te domina. Entiérralos hoy, aunque duela: un gesto concreto de renuncia. Y no te extrañe que el camino hacia Dios pase por la pérdida: las despedidas también forman parte de la bendición. Purifica tu corazón y sube a tu propio Betel. No dejes para mañana la purificación que Dios te pide hoy.
Oración
Señor, tú eres el Dios que se encuentra conmigo cuando vuelvo. Ayúdame a enterrar mis ídolos y a purificar mi corazón, y sosténme en las despedidas del camino, confiando en que tu bendición no me falta. Amén.
Acerca del libro de Génesis
El Génesis abre la Biblia con una afirmación que sostiene todo lo demás: en el principio Dios crea. Su nombre hebreo, Bereshit («en el principio»), designa el libro por su primera palabra; la tradición griega lo llamó Génesis, «origen» o «nacimiento», porque en él se narran los comienzos del mundo, de la humanidad y del pueblo elegido. La tradición judía y cristiana lo atribuye a Moisés, que habría recogido y ordenado antiguas tradiciones de Israel. El libro se articula en dos grandes bloques: la historia de los orígenes (capítulos 1-11), que abarca la creación, la caída, el diluvio y la torre de Babel, y la historia de los patriarcas (capítulos 12-50), centrada en Abraham, Isaac, Jacob y José.
Sus relatos se sitúan en el horizonte del antiguo Oriente Próximo, y su redacción final responde a la fe de Israel, madurada también en el destierro de Babilonia. En medio de un mundo politeísta, el Génesis confiesa que hay un solo Dios, creador libre y soberano, que llama a Abram desde Ur y establece con él una alianza: bendeciré a quienes te bendigan, y en ti serán bendecidas todas las familias de la tierra.
Sus temas centrales son la creación y la imagen de Dios en el ser humano, el pecado que rompe la comunión, la promesa que sobrevive a toda crisis, la alianza y la providencia que conduce la historia hacia un bien mayor incluso a través del mal. Para la fe católica, el Génesis responde a las preguntas más hondas: de dónde venimos, quiénes somos y por qué existe el sufrimiento. En él se fundan la dignidad inviolable de la persona, el matrimonio, la familia y la esperanza de un Redentor.
Y sobre todo, el Génesis apunta a Cristo. El nuevo Adán que repara la desobediencia, el descendiente de la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente, el Melquisedec que ofrece pan y vino, el José vendido y después salvador de sus hermanos: toda la Escritura comienza aquí y camina hacia el Evangelio.
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