Génesis

Antiguo Testamento | 50 capítulos | 1532 versículos

Gn

Capítulo 47

1 Vino, pues, José a dar parte a Faraón, diciendo: «Mi padre, mis hermanos, sus ovejas y vacadas y todo lo suyo han venido de Canaán, y ya están en el país de Gosen.»

2 Luego, de entre todos sus hermanos tomó consigo a cinco varones y se los presentó a Faraón.

3 Dijo Faraón a los hermanos: «¿Cuál es vuestro oficio?» Respondieron a Faraón: «Pastores de ovejas son tus siervos, lo mismo que nuestros padres.»

4 Y dijeron a Faraón: «Hemos venido a residir en esta tierra, porque no hay pastos para los rebaños que tienen tus siervos, por ser grave el hambre en Canaán. Así pues, deja morar a tus siervos en el país de Gosen.»

5 (5-a)Y dijo Faraón a José: (5-b)

6 (6-a)Tienes el territorio egipcio por delante: en lo mejor del país instala a tu padre y tus hermanos.» (6-b) «Que residan en el país de Gosen. Y si te consta que hay entre ellos gente capacitada, ponles por rabadanes de lo mío.»

7 José llevó a su padre Jacob y le presentó delante de Faraón, y Jacob bendijo a Faraón.

8 Dijo Faraón a Jacob: «¿Cuántos años tienes?»

9 Respondió Jacob a Faraón: «Los años de mis andanzas hacen 130 años: pocos y malos han sido los años de mi vida, y no han llegado a igualar los años de vida de mis padres, en el tiempo de sus andanzas.»

10 Bendijo, pues, Jacob a Faraón, y salió de su presencia.

11 José instaló a su padre y sus hermanos, asignándoles predio en territio egipcio, en lo mejor del país, en el país de Ramsés, según lo había mandado Faraón.

12 Y José proveyó al sustento familiar de su padre y sus hermanos y toda la casa de su padre.

13 No había pan en todo el país, porque el hambre era gravísima y tanto Egipto como Canaán estaban muertos de hambre.

14 Entonces José se hizo con toda la plata existente en Egipto y Canaán a cambio del grano que ellos compraban, y llevó José aquella plata al palacio de Faraón.

15 Agotada la plata de Egipto y de Canaán, acudió Egipto en masa a José diciendo: «Danos pan. ¿Por qué hemos de morir en tu presencia ahora que se ha agotado la plata?»

16 Dijo José: «Entregad vuestros ganados y os daré pan por vuestros ganados, ya que se ha agotado la plata.»

17 Trajeron sus ganados a José y José les dio pan a cambio de caballos, ovejas, vacas y burros. Y les abasteció de pan a trueque de todos sus ganados por aquel año.

18 Cumplido el año, acudieron al año siguiente y le dijeron: «No disimularemos a nuestro señor que se ha agotado la plata, y también los ganados pertenecen ya a nuestro señor; no nos queda a disposición de nuestro señor nada, salvo nuestros cuerpos y nuestras tierras.

19 ¿Por qué hemos de morir delante de tus ojos así nosotros como nuestras tierras? Aprópiate de nosotros y de nuestras tierras a cambio de pan, y nosotros con nuestras tierras pasaremos a ser esclavos de Faraón. Pero danos simiente para que vivamos y no muramos, y el suelo no quede desolado.»

20 De este modo se apropió José todo el suelo de Egipto para Faraón, pues los egipcios vendieron cada uno su campo porque el hambre les apretaba, y la tierra vino a ser de Faraón.

21 En cuanto al pueblo, lo redujo a servidumbre, de cabo a cabo de las fronteras de Egipto.

22 Tan sólo las tierras de los sacerdotes no se las apropió, porque los sacerdotes tuvieron tal privilegio de Faraón, y comieron de dicho privilegio que les concedió Faraón. Por lo cual no vendieron sus tierras.

23 Dijo entonces José al pueblo: «He aquí que os he adquirido hoy para Faraón a vosotros y vuestras tierras. Ahí tenéis simiente: sembrad la tierra,

24 y luego, cuando la cosecha, daréis el quinto a Faraón y las otras cuatro partes serán para vosotros, para siembra del campo, y para alimento vuestro y de vuestros familiares, para alimento de vuestras criaturas.»

25 Dijeron ellos: «Nos has salvado la vida. Hallemos gracia a los ojos de mi señor, y seremos siervos de Faraón.»

26 Y José les impuso por norma, vigente hasta la fecha respecto a todo el agro egipcio, dar el quinto a Faraón. Tan sólo el territorio de los sacerdotes no pasó a ser de Faraón.

27 Israel residió en Egipto, en el país de Gosen; se afincaron en él y fueron fecundos y se multiplicaron sobremanera.

28 Jacob vivió en Egipto diecísiete años, siendo los días de Jacob, los años de su vida, 147 años.

29 Cuando los días de Israel tocaron a su fin, llamó a su hijo José y le dijo: «Si he hallado gracia a tus ojos, pon tu mano debajo de mi muslo y hazme este favor y lealtad: No me sepultes en Egipto.

30 Cuando yo me acueste con mis padres, me llevarás de Egipto y me sepultarás en el sepulcro de ellos.» Respondió: «Yo haré según tu palabra.» -

31 «Júramelo», dijo. Y José se lo juró. Entonces Israel se inclinó sobre la cabecera de su lecho.

Reflexión del capítulo 47

El capítulo cuadragesimoséptimo presenta a la familia de Israel ante Faraón. José escoge a cinco de sus hermanos y los presenta al rey, que les concede la mejor parte de la tierra, la región de Gosén. Jacob, ya anciano, bendice a Faraón, y el texto observa algo notable: el patriarca, un pastor extranjero, bendice al soberano más poderoso del mundo. La dignidad del creyente no depende de su poder, sino de su cercanía a Dios.

Después el capítulo narra con realismo la administración de José durante el hambre. El trigo se acaba, y los egipcios van entregando su dinero, luego sus ganados y finalmente sus tierras a cambio de comida, hasta que el faraón se convierte en dueño de Egipto. No es un retrato idealizado, pero muestra cómo José salvó de la muerte a multitudes. Al final, Jacob, sintiendo cerca su fin, hace jurar a José que no lo enterrará en Egipto, sino con sus padres en Macpelá. Su mirada sigue puesta en la promesa, no en la prosperidad del exilio. Muere como peregrino, con el corazón en la tierra que Dios prometió.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Examina dónde tienes puesto el corazón: en la tierra que te toca vivir o en la promesa de Dios. Usa con responsabilidad lo que administras, como José, buscando el bien de los demás y no solo el tuyo. Y no confundas la prosperidad con el fin del camino: somos peregrinos de camino a casa. Que la abundancia no me haga olvidar de dónde vengo y a dónde voy.

Oración

Dios de peregrinos, tú eres mi patria definitiva. Enséñame a usar con responsabilidad lo que administro y a no confundir la prosperidad con el fin del camino. Guíame hacia tu promesa. Que viva como peregrino, con el corazón puesto en ti. Amén.

Acerca del libro de Génesis

El Génesis abre la Biblia con una afirmación que sostiene todo lo demás: en el principio Dios crea. Su nombre hebreo, Bereshit («en el principio»), designa el libro por su primera palabra; la tradición griega lo llamó Génesis, «origen» o «nacimiento», porque en él se narran los comienzos del mundo, de la humanidad y del pueblo elegido. La tradición judía y cristiana lo atribuye a Moisés, que habría recogido y ordenado antiguas tradiciones de Israel. El libro se articula en dos grandes bloques: la historia de los orígenes (capítulos 1-11), que abarca la creación, la caída, el diluvio y la torre de Babel, y la historia de los patriarcas (capítulos 12-50), centrada en Abraham, Isaac, Jacob y José.

Sus relatos se sitúan en el horizonte del antiguo Oriente Próximo, y su redacción final responde a la fe de Israel, madurada también en el destierro de Babilonia. En medio de un mundo politeísta, el Génesis confiesa que hay un solo Dios, creador libre y soberano, que llama a Abram desde Ur y establece con él una alianza: bendeciré a quienes te bendigan, y en ti serán bendecidas todas las familias de la tierra.

Sus temas centrales son la creación y la imagen de Dios en el ser humano, el pecado que rompe la comunión, la promesa que sobrevive a toda crisis, la alianza y la providencia que conduce la historia hacia un bien mayor incluso a través del mal. Para la fe católica, el Génesis responde a las preguntas más hondas: de dónde venimos, quiénes somos y por qué existe el sufrimiento. En él se fundan la dignidad inviolable de la persona, el matrimonio, la familia y la esperanza de un Redentor.

Y sobre todo, el Génesis apunta a Cristo. El nuevo Adán que repara la desobediencia, el descendiente de la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente, el Melquisedec que ofrece pan y vino, el José vendido y después salvador de sus hermanos: toda la Escritura comienza aquí y camina hacia el Evangelio.

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