Génesis
Antiguo Testamento | 50 capítulos | 1532 versículos
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Capítulo 8 de 50Capítulo 8
1 Acordóse Dios de Noé y de todos los animales y de los ganados que con él estaban en el arca. Dios hizo pasar un viento sobre la tierra y las aguas decrecieron.
2 Se cerraron las fuentes del abismo y las compuertas del cielo, y cesó la lluvia del cielo.
3 Poco a poco retrocedieron las aguas de sobre la tierra. Al cabo de 150 días, las aguas habían menguado,
4 y en el mes séptimo, el día dieciesiete del mes, varó el arca sobre los montes de Ararat.
5 Las aguas siguieron menguando paulatinamente hasta el mes décimo, y el día primero del décimo mes asomaron las cumbres de los montes.
6 Al cabo de cuarenta días, abrió Noé la ventana que había hecho en el arca,
7 y soltó al cuervo, el cual estuvo saliendo y retornando hasta que se secaron las aguas sobre la tierra.
8 Después soltó a la paloma, para ver si habían menguado ya las aguas de la superficie terrestre.
9 La paloma, no hallando donde posar el pie, tornó donde él, al arca, porque aún había agua sobre la superficie de la tierra; y alargando él su mano, la asió y metióla consigo en el arca.
10 Aún esperó otros siete días y volvió a soltar la paloma fuera del arca.
11 La paloma vino al atardecer, y he aquí que traía en el pico un ramo verde de olivo, por donde conoció Noé que habián disminuido las aguas de encima de la tierra.
12 Aún esperó otros siete días y soltó la paloma, que ya no volvió donde él.
13 El año 601 de la vida de Noé, el día primero del primer mes, se secaron las aguas de encima de la tierra. Noé retiró la cubierta del arca, miró y he aquí que estaba seca la superficie del suelo.
14 En el segundo mes, el día veintisiete del mes, quedó seca la tierra.
15 Habló entonces Dios a Noé en estos términos:
16 «Sal del arca tú, y contigo tu mujer, tus hijos y las mujeres de tus hijos.
17 Saca contigo todos los animales de toda especie que te acompañan, aves, ganados y todas las sierpes que reptan sobre la tierra. Que pululen sobre la tierra y sean fecundos y se multipliquen sobre la tierra.»
18 Salió, pues, Noé, y con él sus hijos, su mujer y las mujeres de sus hijos.
19 Todos los animales, todos los ganados, todas las aves y todas las sierpes que reptan sobre la tierra salieron por familias del arca.
20 Noé construyó un altar a Yahveh, y tomanda de todos las animales puros y de todas las aves puras, ofreció holocaustos en el altar.
21 Al aspirar Yahveh el calmante aroma, dijo en su corazón: «Nunca más volveré al maldecir el suelo por causa del hombre, porque las trazas del corazón humano son malas desde su niñez, ni volveré a herir a todo ser viviente como lo he hecho.
22 «Mientras dure la tierra, sementera y siega, frío y calor, verano e invierno, día y noche, no cesarán.»
Reflexión del capítulo 8
El capítulo octavo marca el paso del juicio a la misericordia. Su primera frase es luminosa: «Acordóse Dios de Noé». Dios se acuerda, es decir, cumple su alianza con los vivos. Las aguas bajan, el arca se posa sobre el Ararat, y Noé envía la paloma, que vuelve con una hoja verde de olivo: la señal de que la vida rebrota. La espera es paciente, sin precipitarse; Noé no sale hasta que Dios se lo indica.
Cuando por fin pisa la tierra seca, su primer gesto no es construir una casa ni organizar su futuro, sino levantar un altar y ofrecer un sacrificio de acción de gracias. Y Dios responde con una promesa que abarca a todos los seres vivos: no volverá a maldecir la tierra, y mientras dure el mundo no cesarán la siembra y la cosecha, el frío y el calor, el día y la noche. Es la paciencia de Dios, que sostiene la historia y da tiempo a la conversión. Después del diluvio, la vida recomienza como un don.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Practica hoy la acción de gracias por algo que diste por descontado: que amaneció, que tienes techo, que alguien te espera. Dedica unos minutos a agradecer a Dios antes de pedir. Y aprende de Noé a esperar: no fuerces las puertas que todavía están cerradas, pero tampoco dejes de enviar tu paloma con esperanza. La paciencia no es pasividad: es confiar mientras se espera.
Oración
Dios paciente, que te acuerdas de tus criaturas y no cesas de darnos tiempo, gracias por levantarme cada día. Que mi primer gesto al salir de la prueba sea agradecerte y confiar en tu promesa. Amén.
Acerca del libro de Génesis
El Génesis abre la Biblia con una afirmación que sostiene todo lo demás: en el principio Dios crea. Su nombre hebreo, Bereshit («en el principio»), designa el libro por su primera palabra; la tradición griega lo llamó Génesis, «origen» o «nacimiento», porque en él se narran los comienzos del mundo, de la humanidad y del pueblo elegido. La tradición judía y cristiana lo atribuye a Moisés, que habría recogido y ordenado antiguas tradiciones de Israel. El libro se articula en dos grandes bloques: la historia de los orígenes (capítulos 1-11), que abarca la creación, la caída, el diluvio y la torre de Babel, y la historia de los patriarcas (capítulos 12-50), centrada en Abraham, Isaac, Jacob y José.
Sus relatos se sitúan en el horizonte del antiguo Oriente Próximo, y su redacción final responde a la fe de Israel, madurada también en el destierro de Babilonia. En medio de un mundo politeísta, el Génesis confiesa que hay un solo Dios, creador libre y soberano, que llama a Abram desde Ur y establece con él una alianza: bendeciré a quienes te bendigan, y en ti serán bendecidas todas las familias de la tierra.
Sus temas centrales son la creación y la imagen de Dios en el ser humano, el pecado que rompe la comunión, la promesa que sobrevive a toda crisis, la alianza y la providencia que conduce la historia hacia un bien mayor incluso a través del mal. Para la fe católica, el Génesis responde a las preguntas más hondas: de dónde venimos, quiénes somos y por qué existe el sufrimiento. En él se fundan la dignidad inviolable de la persona, el matrimonio, la familia y la esperanza de un Redentor.
Y sobre todo, el Génesis apunta a Cristo. El nuevo Adán que repara la desobediencia, el descendiente de la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente, el Melquisedec que ofrece pan y vino, el José vendido y después salvador de sus hermanos: toda la Escritura comienza aquí y camina hacia el Evangelio.
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