Job
Antiguo Testamento | 42 capítulos | 1070 versículos
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Capítulo 19 de 42Capítulo 19
1 Job tomó la palabra y dijo:
2 ¿Hasta cuándo afligiréis mi alma y a palabras me acribillaréis?
3 Ya me habéis insultado por diez veces, me habéis zarandeado sin reparo.
4 Aunque de hecho hubiese errado, en mí solo quedaría mi yerro.
5 Si es que aún queréis triunfar de mí y mi oprobio reprocharme,
6 sabed ya que es Dios quien me hace entuerto, y el que en su red me envuelve.
7 Si grito: ¡Violencia!, no obtengo respuesta; por más que apelo, no hay justicia.
8 El ha vallado mi ruta para que yo no pase, ha cubierto mis senderos de tinieblas.
9 Me ha despojado de mi gloria, ha arrancado la corona de mi frente.
10 Por todas partes me mina y desaparezco, arranca como un árbol mi esperanza.
11 Enciende su ira contra mí, me considera su enemigo.
12 En masa sus huestes han llegado, su marcha de asalto han abierto contra mí, han puesto cerco a mi tienda.
13 A mis hermanos ha alejado de mí, mis conocidos tratan de esquivarme.
14 Parientes y deudos ya no tengo, los huéspedes de mi casa me olvidaron.
15 Por un extraño me tienen mis criadas, soy a sus ojos un desconocido.
16 Llamo a mi criado y no responde, aunque le implore con mi propia boca.
17 Mi aliento repele a mi mujer, fétido soy para los hijos de mi vientre.
18 Hasta los chiquillos me desprecian, si me levanto, me hacen burla.
19 Tienen horror de mí todos mis íntimos, los que yo más amaba se han vuelto contra mí.
20 Bajo mi piel mi carne cae podrida, mis huesos se desnudan como dientes.
21 ¡Piedad, piedad de mí, vosotros mis amigos, que es la mano de Dios la que me ha herido!
22 ¿Por qué os cebáis en mí como hace Dios, y no os sentís ya ahítos de mi carne?
23 ¡Ojalá se escribieran mis palabras, ojalá en monumento se grabaran,
24 y con punzón de hierro y buril, para siempre en la roca se esculpieran!
25 Yo sé que mi Defensor está vivo, y que él, el último, se levantará sobre el polvo.
26 Tras mi despertar me alzará junto a él, y con mi propia carne veré a Dios.
27 Yo, sí, yo mismo le veré, mis ojos le mirarán, no ningún otro. ¡Dentro de mí languidecen mis entrañas!
28 Y si vosotros decís: «¿Cómo atraparle, qué pretexto hallaremos contra él?»,
29 temed la espada por vosotros mismos, pues la ira se encenderá contra las culpas y sabréis que hay un juicio.
Reflexión del capítulo 19
Este es uno de los capítulos más famosos del libro. Job comienza preguntando hasta cuándo sus amigos atormentarán su alma y lo quebrarán con palabras; dice que lo han reprochado diez veces sin vergüenza. Siente que Dios le ha hecho agravio y lo ha rodeado con su red, arrancándole el honor y la esperanza como a un árbol arrancado de la tierra. Describe cómo sus hermanos, sus amigos, sus servidores e incluso su mujer se han apartado de él, y cómo se ha vuelto un extraño para los más cercanos. Es un retrato de aislamiento total. Y entonces, en medio de esa oscuridad, llega la mayor confesión de esperanza del libro: Job declara que sabe que su Redentor vive, y que al final se levantará sobre el polvo; y después de que su piel haya sido destruida, aún en su carne verá a Dios. Anhela verlo con sus propios ojos, y su corazón desfallece dentro de él. La tradición cristiana ha leído esto como un anuncio de la resurrección. Cualquiera que sea su sentido exacto para Job, es un acto de confianza asombroso: el hombre que lo ha perdido todo sigue creyendo que Dios acabará dándole la razón y que lo verá cara a cara. El capítulo pasa de la soledad más honda a la esperanza más audaz.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Cuando sientas que todos te han abandonado, recuerda que tu Redentor vive. Hoy, si la soledad te pesa, haz tuya esta confesión: que Dios saldrá por ti al final. Y acércate a alguien que esté aislado, para que no tenga que sostener esa esperanza en soledad, ofreciéndole tiempo y compañía. La esperanza que nace del Redentor no depende de que todo vaya bien.
Oración
Señor, sé que mi Redentor vive y que al final se levantará sobre el polvo. Cuando me sienta abandonado, sostenme en esa certeza, y hazme compañero de los que están solos, para que encuentren en mí un reflejo de tu fidelidad. Amén.
Acerca del libro de Job
El libro de Job es una de las obras más profundas de toda la literatura universal y, dentro de la Biblia, el gran texto sapiencial sobre el sufrimiento del justo. Su protagonista no es un israelita ni un rey, sino un hombre del país de Us, fuera de las fronteras de Israel, lo que sugiere que su mensaje se dirige a toda la humanidad. La tradición lo sitúa en la época de los patriarcas, aunque su composición literaria, con su estructura cuidada y su vocabulario, es posterior; probablemente alcanzó su forma actual después del destierro. No sabemos quién lo escribió, y su autoría ha sido atribuida lo mismo a Moisés que a Salomón o a un sabio anónimo.
El libro se abre con un prólogo en prosa que presenta a Job como un hombre íntegro y recto, y que introduce un diálogo celestial entre Dios y el adversario: la cuestión es si Job sirve a Dios de manera desinteresada o solo por los bienes que recibe. A partir de ahí, y tras perder sus hijos, sus bienes y su salud, Job dialoga con tres amigos que sostienen la tesis de que el sufrimiento es siempre castigo del pecado. Frente a ellos, Job defiende su inocencia y reclama una explicación a Dios. Después interviene un cuarto personaje, Elihú, y finalmente Dios responde desde la tempestad, no con una teoría, sino con una visión de su grandeza y de su gobierno sobre la creación.
Los grandes temas del libro son el sufrimiento del inocente, la justicia de Dios, los límites del conocimiento humano, la crítica de una religión interesada y el valor de la fidelidad en la prueba. Job no recibe una respuesta que explique su dolor, pero recibe algo mayor: el encuentro con Dios mismo, que transforma su queja en confianza.
Para la fe católica, Job es escuela de paciencia y de esperanza. La liturgia lo proclama en los momentos de duelo, y la tradición lo ha leído como figura de Cristo, el justo inocente que sufre y que intercede por sus amigos. Su grito, sostenido en la oscuridad, enseña que la fe no consiste en entenderlo todo, sino en seguir confiando en Aquel que sostiene todas las cosas.
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