Job
Antiguo Testamento | 42 capítulos | 1070 versículos
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Capítulo 32 de 42Capítulo 32
1 Aquellos tres hombres dejaron de replicar a Job, porque se tenía por justo.
2 Entonces montó en cólera Elihú, hijo de Barakel el buzita, de la familia de Ram. Su cólera se inflamó contra Job, porque pretendía tener razón frente a Dios;
3 y también contra sus tres amigos, porque no habían hallado ya nada que replicar y de esa manera habían dejado mal a Dios.
4 Mientras hablaban ellos con Job, Elihú se había mantenido a la expectativa, porque eran más viejos que él.
5 Pero cuando vio que en la boca de los tres hombres ya no quedaba respuesta, montó en cólera.
6 Tomó, pues, la palabra Elihú, hijo de Barakel el buzita, y dijo: Soy pequeño en edad, y vosotros sois viejos; por eso tenía miedo, me asustaba el declararos mi saber.
7 Me decía yo: «Hablará la edad, los muchos años enseñarán sabiduría.»
8 Pero en verdad, es un soplo en el hombre, es el espíritu de Sadday lo que hace inteligente.
9 No son sabios los que están llenos de años, ni los viejos quienes comprenden lo que es justo.
10 Por eso he dicho: Escuchadme, voy a declarar también yo mi saber.
11 Hasta ahora vuestras razones esperaba, prestaba oído a vuestros argumentos; mientras tratabais de buscar vocablos,
12 tenía puesta en vosotros mi atención. Y veo que ninguno a Job da réplica, nadie de entre vosotros a sus dichos responde.
13 No digáis, pues: «Hemos hallado la sabiduría; nos instruye Dios, no un hombre.»
14 No hilaré yo palabras como ésas, no le replicaré en vuestros términos.
15 Han quedado vencidos, no han respondido más: les han faltado las palabras.
16 He esperado, pero ya que no hablan, puesto que se han quedado sin respuesta,
17 responderé yo por mi parte, declararé también yo mi saber.
18 Pues estoy lleno de palabras, me urge un soplo desde dentro.
19 Es, en mi seno, como vino sin escape, que hace reventar los odres nuevos.
20 Hablaré para desahogarme, abriré los labios y replicaré.
21 No tomaré el partido de ninguno, a nadie adularé.
22 Pues yo no sé adular: bien pronto me aventaría mi Hacedor.
Reflexión del capítulo 32
Los tres amigos enmudecen porque no pueden refutar a Job, y entonces aparece una nueva voz: Elihú, un joven de la familia de Ram, que ha esperado porque los otros eran mayores. Se enoja con Job por pretender tener razón frente a Dios, y se enoja con los tres amigos porque condenaron a Job sin encontrar respuesta. Dice que es el espíritu que hay en el hombre, el aliento del Todopoderoso, lo que da entendimiento, y que no son los ancianos los únicos sabios. Se ha contenido, pero ahora está lleno de palabras y no puede retenerlas. El capítulo introduce una perspectiva nueva, y Elihú hablará durante varios capítulos. A diferencia de los amigos, no repite simplemente la teoría del castigo; insistirá en la grandeza de Dios, en su disciplina, en su misericordia y en los límites del entendimiento humano. Pero también comienza con cierta confianza en sí mismo y con enojo. El capítulo recuerda que cada generación tiene algo que decir y que la juventud puede aportar luz, pero también que la ira es una compañera peligrosa incluso para un mensaje verdadero. Marca además una transición en el libro: el diálogo humano está terminando y pronto hablará Dios mismo.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
La edad no es la medida de la sabiduría, ni la pasión lo es de la verdad. Hoy, si eres joven, no tengas miedo de decir la verdad, pero dila con humildad. Si tienes más años, disponte a escuchar a quienes tienen menos experiencia. Pide al Señor que purifique tus intenciones en lo que digas y en lo que calles.
Oración
Señor, es tu espíritu el que da entendimiento. Purifica mis intenciones, humilla mi enojo y enséñame a decir tu verdad con sabiduría y respeto, ya sea que sea joven o mayor, sin imponer ni callar por miedo. Amén.
Acerca del libro de Job
El libro de Job es una de las obras más profundas de toda la literatura universal y, dentro de la Biblia, el gran texto sapiencial sobre el sufrimiento del justo. Su protagonista no es un israelita ni un rey, sino un hombre del país de Us, fuera de las fronteras de Israel, lo que sugiere que su mensaje se dirige a toda la humanidad. La tradición lo sitúa en la época de los patriarcas, aunque su composición literaria, con su estructura cuidada y su vocabulario, es posterior; probablemente alcanzó su forma actual después del destierro. No sabemos quién lo escribió, y su autoría ha sido atribuida lo mismo a Moisés que a Salomón o a un sabio anónimo.
El libro se abre con un prólogo en prosa que presenta a Job como un hombre íntegro y recto, y que introduce un diálogo celestial entre Dios y el adversario: la cuestión es si Job sirve a Dios de manera desinteresada o solo por los bienes que recibe. A partir de ahí, y tras perder sus hijos, sus bienes y su salud, Job dialoga con tres amigos que sostienen la tesis de que el sufrimiento es siempre castigo del pecado. Frente a ellos, Job defiende su inocencia y reclama una explicación a Dios. Después interviene un cuarto personaje, Elihú, y finalmente Dios responde desde la tempestad, no con una teoría, sino con una visión de su grandeza y de su gobierno sobre la creación.
Los grandes temas del libro son el sufrimiento del inocente, la justicia de Dios, los límites del conocimiento humano, la crítica de una religión interesada y el valor de la fidelidad en la prueba. Job no recibe una respuesta que explique su dolor, pero recibe algo mayor: el encuentro con Dios mismo, que transforma su queja en confianza.
Para la fe católica, Job es escuela de paciencia y de esperanza. La liturgia lo proclama en los momentos de duelo, y la tradición lo ha leído como figura de Cristo, el justo inocente que sufre y que intercede por sus amigos. Su grito, sostenido en la oscuridad, enseña que la fe no consiste en entenderlo todo, sino en seguir confiando en Aquel que sostiene todas las cosas.
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