Job
Antiguo Testamento | 42 capítulos | 1070 versículos
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Capítulo 40 de 42Capítulo 40
1 Y Yahveh se dirigió a Job y le dijo:
2 ¿Cederá el adversario de Sadday? ¿El censor de Dios va a replicar aún?
3 Y Job respondió a Yahveh:
4 ¡He hablado a la ligera: ¿qué voy a responder? Me taparé la boca con mi mano.
5 Hablé una vez..., no he de repetir; dos veces..., ya no insistiré.
6 Yahveh respondió a Job desde el seno de la tempestad y dijo:
7 Ciñe tus lomos como un bravo: voy a preguntarte y tú me instruirás.
8 ¿De verdad quieres anular mi juicio?, para afirmar tu derecho, ¿me vas a condenar?
9 ¿Tienes un brazo tú como el de Dios? ¿truena tu voz como la suya?
10 ¡Ea, cíñete de majestad y de grandeza, revístete de gloria y de esplendor!
11 ¡Derrama la explosión de tu cólera, con una mirada humilla al arrogante!
12 ¡Con una mirada abate al orgulloso, aplasta en el sitio a los malvados!
13 ¡Húndelos juntos en el suelo, cierra sus rostros en el calabozo!
14 ¡Y yo mismo te rendiré homenaje, por la victoria que te da tu diestra!
15 Mira a Behemot, creatura mía, como tú. Se alimenta de hierba como el buey.
16 Mira su fuerza en sus riñones, en los músculos del vientre su vigor.
17 Atiesa su cola igual que un cedro, los nervios de sus muslos se entrelazan.
18 Tubos de bronce son sus vértebras; sus huesos, como barras de hierro.
19 Es la primera de las obras de Dios: su autor le procuró su espada;
20 los montes le aportan un tributo, y todas las fieras que retozan en ellos.
21 Bajo los lotos se recuesta, en escondite de cañas y marismas.
22 Los lotos le recubren con su sombra, los sauces del torrente le rodean.
23 Si el río va bravo, no se inquieta, firme está aunque un Jordán le llegue hasta la boca.
24 ¿Quién, pues, podrá prenderle por los ojos, taladrar su nariz con punzones?
25 Y a Leviatán, ¿le pescarás tú a anzuelo, sujetarás con un cordel su lengua?
26 ¿Harás pasar por su nariz un junco? ¿taladrarás con un gancho su quijada?
27 ¿Te hará por ventura largas súplicas? te hablará con timidez?
28 ¿Pactará contigo un contrato de ser tu siervo para siempre?
29 ¿Jugarás con él como con un pájaro, o lo atarás para juguete de tus niñas?
30 ¿traficarán con él los asociados? ¿se le disputarán los mercaderes?
31 ¿Acribillarás su piel de dardos? ¿clavarás con el arpón su cabeza?
32 Pon sobre él tu mano: ¡al recordar la lucha no tendrás ganas de volver!
Reflexión del capítulo 40
Dios hace una pausa y desafía directamente a Job: el que censura al Todopoderoso, va a responderle? Job responde con brevedad y humildad: ha hablado una vez y no responderá; dos veces, y no insistirá; se pone la mano en la boca. Es el comienzo de la rendición de Job, no una renuncia a su honestidad, sino a su pretensión de llevar el pleito. Después Dios vuelve a hablar desde el torbellino y desafía a Job a asumir el gobierno divino si puede: vestirse de majestad, derramar la furia de su ira, humillar a los soberbios y hollar a los malvados. Si Job puede hacer eso, Dios reconocerá que su propia diestra lo puede salvar. El propósito es mostrarle la diferencia entre el Creador y la criatura. Y entonces Dios se vuelve hacia Behemot, una bestia poderosa que él hizo y que Job no puede dominar. El capítulo enseña que el deseo de Job de justificarse ha llegado a su límite. Job no retira su inocencia, pero deja de exigir que Dios le explique. El torbellino no le da la respuesta que quería; le da algo mayor, una visión de Dios mismo. Y en esa visión, Job comienza a encontrar paz, no porque sus preguntas queden resueltas, sino porque está en presencia del que sostiene todas las cosas.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Llega un momento en que discutir debe dar paso a confiar. Hoy, si has estado exigiendo una explicación a Dios, prueba a poner la mano en la boca, no por desesperación, sino por confianza humilde. Deja que su presencia, más que sus explicaciones, te baste por ahora, y descansa en él. A veces la paz empieza cuando dejamos de exigir explicaciones y aprendemos a confiar.
Oración
Señor, soy pequeño; qué te responderé? Me pongo la mano en la boca y te confío mi causa. Dame la humildad de dejar de exigir explicaciones y la paz de descansar en tu presencia. Amén.
Acerca del libro de Job
El libro de Job es una de las obras más profundas de toda la literatura universal y, dentro de la Biblia, el gran texto sapiencial sobre el sufrimiento del justo. Su protagonista no es un israelita ni un rey, sino un hombre del país de Us, fuera de las fronteras de Israel, lo que sugiere que su mensaje se dirige a toda la humanidad. La tradición lo sitúa en la época de los patriarcas, aunque su composición literaria, con su estructura cuidada y su vocabulario, es posterior; probablemente alcanzó su forma actual después del destierro. No sabemos quién lo escribió, y su autoría ha sido atribuida lo mismo a Moisés que a Salomón o a un sabio anónimo.
El libro se abre con un prólogo en prosa que presenta a Job como un hombre íntegro y recto, y que introduce un diálogo celestial entre Dios y el adversario: la cuestión es si Job sirve a Dios de manera desinteresada o solo por los bienes que recibe. A partir de ahí, y tras perder sus hijos, sus bienes y su salud, Job dialoga con tres amigos que sostienen la tesis de que el sufrimiento es siempre castigo del pecado. Frente a ellos, Job defiende su inocencia y reclama una explicación a Dios. Después interviene un cuarto personaje, Elihú, y finalmente Dios responde desde la tempestad, no con una teoría, sino con una visión de su grandeza y de su gobierno sobre la creación.
Los grandes temas del libro son el sufrimiento del inocente, la justicia de Dios, los límites del conocimiento humano, la crítica de una religión interesada y el valor de la fidelidad en la prueba. Job no recibe una respuesta que explique su dolor, pero recibe algo mayor: el encuentro con Dios mismo, que transforma su queja en confianza.
Para la fe católica, Job es escuela de paciencia y de esperanza. La liturgia lo proclama en los momentos de duelo, y la tradición lo ha leído como figura de Cristo, el justo inocente que sufre y que intercede por sus amigos. Su grito, sostenido en la oscuridad, enseña que la fe no consiste en entenderlo todo, sino en seguir confiando en Aquel que sostiene todas las cosas.
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