Job
Antiguo Testamento | 42 capítulos | 1070 versículos
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Capítulo 4 de 42Capítulo 4
1 Elifaz de Temán tomó la palabra y dijo:
2 Si se intentara hablarte, ¿lo soportarías? Pero ¿quién puede contener sus palabras?
3 Mira, tú dabas lección a mucha gente, infundías vigor a las manos caídas;
4 tus razones sostenían al que vacilaba, robustecías las rodillas endebles.
5 Y ahora que otro tanto te toca, te deprimes, te alcanza el golpe a ti, y todo te turbas.
6 ¿No es tu confianza la piedad, y tu esperanza tu conducta intachable?
7 ¡Recuerda! ¿Qué inocente jamás ha perecido? ¿dónde han sido los justos extirpados?
8 Así lo he visto: los que labran maldad y siembran vejación, eso cosechan.
9 Bajo el aliento de Dios perecen éstos, desaparecen al soplo de su ira.
10 Ruge el león, brama la leona, mas los dientes de los leoncillos quedan rotos.
11 Perece el león falto de presa, y los cachorros de la leona se dispersan.
12 A mí se me ha dicho furtivamente una palabra, mi oído ha percibido su susurro.
13 En las pesadillas por las visiones de la noche, cuando a los hombres el letargo invade,
14 un temblor me entró, un escalofrío, que estremeció todos mis huesos...
15 Se escurre un soplo por mi rostro, eriza los pelos de mi carne.
16 Alguien surge... no puedo reconocer su cara; una imagen delante de mis ojos. Silencio..., después oigo una voz:
17 «¿Es justo ante Dios algún mortal? ¿ante su Hacedor es puro un hombre?
18 Si no se fía de sus mismos servidores, y aun a sus ángeles achaca desvarío,
19 ¡cuánto más a los que habitan estas casas de arcilla, ellas mismas hincadas en el polvo! Se les aplasta como a una polilla;
20 de la noche a la mañana quedan pulverizados. Para siempre perecen sin advertirlo nadie;
21 se les arranca la cuerda de su tienda, y mueren privados de sabiduría.»
Reflexión del capítulo 4
Elifaz, el primero de los amigos, inicia una larga serie de discursos. Empieza con delicadeza, reconociendo que Job había animado a muchos y sostenido a los que vacilaban, y le pregunta por qué ahora se derrumba. Pero enseguida aparece la suposición que envenenará todo el consejo de los amigos: que los inocentes no perecen ni los rectos son arrancados. Si Job sufre, entonces debe haber en él una culpa oculta. Elifaz llega incluso a decir que ha recibido una visión nocturna, un espíritu que le susurró que ningún mortal puede ser justo ante Dios y que Dios no se fía ni de sus ángeles. Hay aquí una media verdad: nadie es sin pecado ante Dios. Pero Elifaz extrae de ella una conclusión falsa, convirtiendo una verdad general en una acusación contra Job. El capítulo muestra con qué facilidad el lenguaje religioso sincero se transforma en arma. Elifaz dice cosas verdaderas de la manera equivocada y en el momento equivocado, usando la doctrina para explicar un misterio. Sus palabras dibujan a un Dios previsible y manejable, que premia y castiga mecánicamente. Ese no es el Dios que Job encontrará al final del libro. El capítulo nos invita a examinar nuestra propia teología: usamos la verdad para consolar o para condenar?
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Cuidado con convertir la fe en una fórmula que explica el sufrimiento de todos. Hoy examina si alguna vez has usado argumentos religiosos para juzgar a alguien que estaba sufriendo. Pide al Señor la humildad de sostener el misterio en lugar de ofrecer explicaciones fáciles, y cuando alguien te cuente su dolor, escúchalo antes de intentar corregirlo. Acompañar sin juzgar es ya una forma de anunciar al Dios que no condena.
Oración
Señor, guárdame de usar tu verdad como un arma contra los que sufren. Dame la humildad de reconocer los límites de mi entendimiento y la ternura de acompañar a otros sin juzgarlos, sosteniendo el misterio con paciencia. Amén.
Acerca del libro de Job
El libro de Job es una de las obras más profundas de toda la literatura universal y, dentro de la Biblia, el gran texto sapiencial sobre el sufrimiento del justo. Su protagonista no es un israelita ni un rey, sino un hombre del país de Us, fuera de las fronteras de Israel, lo que sugiere que su mensaje se dirige a toda la humanidad. La tradición lo sitúa en la época de los patriarcas, aunque su composición literaria, con su estructura cuidada y su vocabulario, es posterior; probablemente alcanzó su forma actual después del destierro. No sabemos quién lo escribió, y su autoría ha sido atribuida lo mismo a Moisés que a Salomón o a un sabio anónimo.
El libro se abre con un prólogo en prosa que presenta a Job como un hombre íntegro y recto, y que introduce un diálogo celestial entre Dios y el adversario: la cuestión es si Job sirve a Dios de manera desinteresada o solo por los bienes que recibe. A partir de ahí, y tras perder sus hijos, sus bienes y su salud, Job dialoga con tres amigos que sostienen la tesis de que el sufrimiento es siempre castigo del pecado. Frente a ellos, Job defiende su inocencia y reclama una explicación a Dios. Después interviene un cuarto personaje, Elihú, y finalmente Dios responde desde la tempestad, no con una teoría, sino con una visión de su grandeza y de su gobierno sobre la creación.
Los grandes temas del libro son el sufrimiento del inocente, la justicia de Dios, los límites del conocimiento humano, la crítica de una religión interesada y el valor de la fidelidad en la prueba. Job no recibe una respuesta que explique su dolor, pero recibe algo mayor: el encuentro con Dios mismo, que transforma su queja en confianza.
Para la fe católica, Job es escuela de paciencia y de esperanza. La liturgia lo proclama en los momentos de duelo, y la tradición lo ha leído como figura de Cristo, el justo inocente que sufre y que intercede por sus amigos. Su grito, sostenido en la oscuridad, enseña que la fe no consiste en entenderlo todo, sino en seguir confiando en Aquel que sostiene todas las cosas.
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