Job

Antiguo Testamento | 42 capítulos | 1070 versículos

Job

Capítulo 3

1 Después de esto, abrió Job la boca y maldijo su día.

2 Tomó Job la palabra y dijo:

3 ¡Perezca el día en que nací, y la noche que dijo: «Un varón ha sido concebido!»

4 El día aquel hágase tinieblas, no lo requiera Dios desde lo alto, ni brille sobre él la luz.

5 Lo reclamen tinieblas y sombras, un nublado se cierna sobre él, lo estremezca un eclipse.

6 Sí, la oscuridad de él se apodere, no se añada a los días del año, ni entre en la cuenta de los meses.

7 Y aquella noche hágase inerte, impenetrable a los clamores de alegría.

8 Maldíganla los que maldicen el día, los dispuestos a despertar a Leviatán.

9 Sean tinieblas las estrellas de su aurora, la luz espere en vano, y no vea los párpados del alba.

10 Porque no me cerró las puertas del vientre donde estaba, ni ocultó a mis ojos el dolor.

11 ¿Por qué no morí cuando salí del seno, o no expiré al salir del vientre?

12 ¿Por qué me acogieron dos rodillas? ¿por qué hubo dos pechos para que mamara?

13 Pues ahora descansaría tranquilo, dormiría ya en paz,

14 con los reyes y los notables de la tierra, que se construyen soledades;

15 o con los príncipes que poseen oro y llenan de plata sus moradas.

16 O ni habría existido, como aborto ocultado, como los fetos que no vieron la luz.

17 Allí acaba la agitación de los malvados, allí descansan los exhaustos.

18 También están tranquilos los cautivos, sin oír más la voz del capataz.

19 Chicos y grandes son allí lo mismo, y el esclavo se ve libre de su dueño.

20 ¿Para qué dar la luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada el alma,

21 a los que ansían la muerte que no llega y excavan en su búsqueda más que por un tesoro,

22 a los que se alegran ante el túmulo y exultan cuando alcanzan la tumba,

23 a un hombre que ve cerrado su camino, y a quien Dios tiene cercado?

24 Como alimento viene mi suspiro, como el agua se derraman mis lamentos.

25 Porque si de algo tengo miedo, me acaece, y me sucede lo que temo.

26 No hay para mí tranquilidad ni calma, no hay reposo: turbación es lo que llega.

Reflexión del capítulo 3

Tras el largo silencio Job habla por fin, y sus primeras palabras no son una oración de confianza, sino un lamento: maldice el día en que nació. Desea que ese día no hubiera existido, que la luz no hubiera brillado sobre él, que sea borrado del calendario. Añora el descanso de los muertos, el lugar donde los cansados reposan y los esclavos quedan libres, donde los prisioneros ya no oyen la voz del capataz. Es uno de los textos más crudos y honestos de la Escritura, y enseña algo importante: la Biblia hace sitio al lenguaje de la angustia. Job no finge estar en paz, y Dios no lo reprende por ello en este capítulo. Su queja no es un rechazo de Dios, sino el grito de quien ya no encuentra razones para vivir. Y sin embargo, incluso su deseo de no haber nacido es un reconocimiento implícito de que la vida es un don que él no se dio a sí mismo. El capítulo marca el comienzo de un largo diálogo en el que Job no dejará de dirigirse a Dios, aunque sea para acusarlo. Eso es ya un acto de fe: el que sufre sigue hablando con aquel a quien considera responsable. La fe no es la ausencia del lamento; es el lamento dirigido a Dios y no al vacío.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Muchas personas cargan un dolor que nunca se han atrevido a decir en voz alta. Hoy nombra ante Dios el sufrimiento que has callado, sin fingir ni suavizarlo, y confía en que él puede recibir tu lamento. Si conoces a alguien en esa oscuridad, no juzgues sus palabras: quédate cerca y ofrécele tu compañía sin exigirle que esté bien. Que tu lamento se convierta en confianza, porque Dios escucha incluso el grito que no sabe pedir nada.

Oración

Señor, no te asustan mi angustia ni mis preguntas. Recibe el grito de quienes ya no encuentran razones para vivir; sé su descanso y su paz, y enséñame a ser paciente con el dolor de los demás. Amén.

Acerca del libro de Job

El libro de Job es una de las obras más profundas de toda la literatura universal y, dentro de la Biblia, el gran texto sapiencial sobre el sufrimiento del justo. Su protagonista no es un israelita ni un rey, sino un hombre del país de Us, fuera de las fronteras de Israel, lo que sugiere que su mensaje se dirige a toda la humanidad. La tradición lo sitúa en la época de los patriarcas, aunque su composición literaria, con su estructura cuidada y su vocabulario, es posterior; probablemente alcanzó su forma actual después del destierro. No sabemos quién lo escribió, y su autoría ha sido atribuida lo mismo a Moisés que a Salomón o a un sabio anónimo.

El libro se abre con un prólogo en prosa que presenta a Job como un hombre íntegro y recto, y que introduce un diálogo celestial entre Dios y el adversario: la cuestión es si Job sirve a Dios de manera desinteresada o solo por los bienes que recibe. A partir de ahí, y tras perder sus hijos, sus bienes y su salud, Job dialoga con tres amigos que sostienen la tesis de que el sufrimiento es siempre castigo del pecado. Frente a ellos, Job defiende su inocencia y reclama una explicación a Dios. Después interviene un cuarto personaje, Elihú, y finalmente Dios responde desde la tempestad, no con una teoría, sino con una visión de su grandeza y de su gobierno sobre la creación.

Los grandes temas del libro son el sufrimiento del inocente, la justicia de Dios, los límites del conocimiento humano, la crítica de una religión interesada y el valor de la fidelidad en la prueba. Job no recibe una respuesta que explique su dolor, pero recibe algo mayor: el encuentro con Dios mismo, que transforma su queja en confianza.

Para la fe católica, Job es escuela de paciencia y de esperanza. La liturgia lo proclama en los momentos de duelo, y la tradición lo ha leído como figura de Cristo, el justo inocente que sufre y que intercede por sus amigos. Su grito, sostenido en la oscuridad, enseña que la fe no consiste en entenderlo todo, sino en seguir confiando en Aquel que sostiene todas las cosas.

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