Job
Antiguo Testamento | 42 capítulos | 1070 versículos
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Capítulo 29 de 42Capítulo 29
1 Job continuó pronunciando su discurso y dijo:
2 ¡Quién me hiciera volver a los meses de antaño, aquellos días en que Dios me guardaba,
3 cuando su lámpara brillaba sobre mi cabeza, y yo a su luz por las tinieblas caminaba;
4 como era yo en los días de mi otoño, cuando vallaba Dios mi tienda,
5 cuando Sadday estaba aún conmigo, y en torno mío mis muchachos,
6 cuando mis pies se bañaban en manteca, y regatos de aceite destilaba la roca!
7 Si yo salía a la puerta que domina la ciudad y mi asiento en la plaza colocaba,
8 se retiraban los jóvenes al verme, y los viejos se levantaban y quedaban en pie.
9 Los notables cortaban sus palabras y ponían la mano en su boca.
10 La voz de los jefes se ahogaba, su lengua se pegaba al paladar.
11 Oído que lo oía me llamaba feliz, ojo que lo veía se hacía mi testigo.
12 Pues yo libraba al pobre que clamaba, y al huérfano que no tenía valedor.
13 La bendición del moribundo subía hacia mí, el corazón de la viuda yo alegraba.
14 Me había puesto la justicia, y ella me revestía, como manto y turbante, mi derecho.
15 Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies.
16 Era el padre de los pobres, la causa del desconocido examinaba.
17 Quebraba los colmillos del inicuo, de entre sus dientes arrancaba su presa.
18 Y me decía: «Anciano moriré, como la arena aumentaré mis días.
19 Mi raíz está franca a las aguas, el rocío se posa de noche en mi ramaje.
20 Mi gloria será siempre nueva en mí, y en mi mano mi arco renovará su fuerza.
21 Me escuchaban ellos con expectación, callaban para oír mi consejo.
22 Después de hablar yo, no replicaban, y sobre ellos mi palabra caía gota a gota.
23 Me esperaban lo mismo que a la lluvia, abrían su boca como a lluvia tardía.
24 Si yo les sonreía, no querían creerlo, y la luz de mi rostro no dejaban perderse.
25 Les indicaba el camino y me ponía al frente, me asentaba como un rey en medio de su tropa, y por doquier les guiaba a mi gusto.
Reflexión del capítulo 29
Job comienza su último gran discurso recordando lo que ha perdido. Anhela los meses de antaño, cuando Dios lo cuidaba y su lámpara brillaba sobre su cabeza, cuando caminaba por las tinieblas a la luz de Dios. Evoca los días de su plenitud, cuando el Todopoderoso estaba con él y sus hijos lo rodeaban, cuando sus pies se bañaban en crema y la roca le derramaba arroyos de aceite. Recuerda el respeto que gozaba en la puerta de la ciudad, donde los jóvenes se apartaban y los ancianos se levantaban, donde los príncipes callaban. Y explica por qué era honrado: libraba al pobre que clamaba, al huérfano y al que no tenía quien lo ayudara; hacía cantar el corazón de la viuda; era ojos para el ciego y pies para el cojo; era padre para el necesitado y buscaba la causa del extranjero. Esperaba morir en su nido, fecundo y seguro. Este capítulo nos da el retrato de un hombre verdaderamente justo, y muestra que su integridad no era abstracta, sino concreta: se expresaba en el cuidado de los más vulnerables. Su lamento no es nostalgia de lujo, sino de una vida de servicio que le ha sido arrebatada. El capítulo enseña también cómo es la justicia bíblica: no solo el cumplimiento ritual, sino la justicia y la compasión con el pobre, la viuda, el huérfano y el extranjero.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
La justicia verdadera se muestra en el cuidado concreto de los vulnerables. Hoy busca a una persona que necesite un defensor, alguien ignorado, pobre, enfermo o solo, y sé sus ojos, sus pies o su voz. Deja que tu fe tome la forma del servicio, y no esperes a sentir ganas para hacerlo. El servicio al vulnerable es el mejor retrato de una vida justa.
Oración
Señor, hazme ojos para el ciego y pies para el cojo, padre para el necesitado y defensor del extranjero. Que mi vida no se mida por los honores, sino por el amor que muestro a quienes no tienen a nadie. Amén.
Acerca del libro de Job
El libro de Job es una de las obras más profundas de toda la literatura universal y, dentro de la Biblia, el gran texto sapiencial sobre el sufrimiento del justo. Su protagonista no es un israelita ni un rey, sino un hombre del país de Us, fuera de las fronteras de Israel, lo que sugiere que su mensaje se dirige a toda la humanidad. La tradición lo sitúa en la época de los patriarcas, aunque su composición literaria, con su estructura cuidada y su vocabulario, es posterior; probablemente alcanzó su forma actual después del destierro. No sabemos quién lo escribió, y su autoría ha sido atribuida lo mismo a Moisés que a Salomón o a un sabio anónimo.
El libro se abre con un prólogo en prosa que presenta a Job como un hombre íntegro y recto, y que introduce un diálogo celestial entre Dios y el adversario: la cuestión es si Job sirve a Dios de manera desinteresada o solo por los bienes que recibe. A partir de ahí, y tras perder sus hijos, sus bienes y su salud, Job dialoga con tres amigos que sostienen la tesis de que el sufrimiento es siempre castigo del pecado. Frente a ellos, Job defiende su inocencia y reclama una explicación a Dios. Después interviene un cuarto personaje, Elihú, y finalmente Dios responde desde la tempestad, no con una teoría, sino con una visión de su grandeza y de su gobierno sobre la creación.
Los grandes temas del libro son el sufrimiento del inocente, la justicia de Dios, los límites del conocimiento humano, la crítica de una religión interesada y el valor de la fidelidad en la prueba. Job no recibe una respuesta que explique su dolor, pero recibe algo mayor: el encuentro con Dios mismo, que transforma su queja en confianza.
Para la fe católica, Job es escuela de paciencia y de esperanza. La liturgia lo proclama en los momentos de duelo, y la tradición lo ha leído como figura de Cristo, el justo inocente que sufre y que intercede por sus amigos. Su grito, sostenido en la oscuridad, enseña que la fe no consiste en entenderlo todo, sino en seguir confiando en Aquel que sostiene todas las cosas.
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