Job
Antiguo Testamento | 42 capítulos | 1070 versículos
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Capítulo 2 de 42Capítulo 2
1 El día en que los Hijos de Dios venían a presentarse ante Yahveh, vino también entre ellos el Satán.
2 Yahveh dijo al Satán: «¿De dónde vienes?» El Satán respondió a Yahveh: «De recorrer la tierra y pasearme por ella.»
3 Y Yahveh dijo al Satán: «¿Te has fijado en mi siervo Job? ¡No hay nadie como él en la tierra: es un hombre cabal, recto, que teme a Dios y se aparta del mal! Aún persevera en su entereza, y bien sin razón me has incitado contra él para perderle.»
4 Respondió el Satán a Yahveh: «¡Piel por piel! ¡Todo lo que el hombre posee lo da por su vida!
5 Pero extiende tu mano y toca sus huesos y su carne; ¡verás si no te maldice a la cara!»
6 Y Yahveh dijo al Satán: «Ahí le tienes en tus manos; pero respeta su vida.»
7 El Satán salió de la presencia de Yahveh, e hirió a Job con una llaga maligna desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza.
8 Job tomó una tejoleta para rascarse, y fue a sentarse entre la basura.
9 Entonces su mujer le dijo: «¿Todavía perseveras en tu entereza? ¡Maldice a Dios y muérete!»
10 Pero él le dijo: «Hablas como una estúpida cualquiera. Si aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos el mal?» En todo esto no pecó Job con sus labios.
11 Tres amigos de Job se enteraron de todos estos males que le habían sobrevenido, y vinieron cada uno de su país: Elifaz de Temán, Bildad de Súaj y Sofar de Naamat. Y juntos decidieron ir a condolerse y consolarle.
12 Desde lejos alzaron sus ojos y no le reconocieron. Entonces rompieron a llorar a gritos. Rasgaron sus mantos y se echaron polvo sobre su cabeza.
13 Luego se sentaron en el suelo junto a él, durante siete días y siete noches. Y ninguno le dijo una palabra, porque veían que el dolor era muy grande.
Reflexión del capítulo 2
El adversario vuelve a la carga, insistiendo en que una persona lo daría todo por salvar su propia vida, y Dios permite una segunda prueba que alcanza el cuerpo de Job. Herido con llagas graves, Job se sienta entre las cenizas rascándose con un tiesto. Su mujer le propone maldecir a Dios y morir, y aquí Job da una respuesta que ha atravesado los siglos: si aceptamos de Dios lo bueno, no aceptaremos también lo malo? De nuevo el narrador señala que no pecó con sus labios. Después el capítulo presenta a los tres amigos, que llegan de lugares lejanos para consolarlo. Su llegada es un modelo de verdadera compañía: lloran, rasgan sus mantos y se sientan con él en el suelo una semana entera, en silencio, sin decir una palabra, porque ven que su dolor es muy grande. Ese silencio es quizá el gesto más elocuente de todo el libro. Antes de cualquier explicación, antes de cualquier argumento, los amigos simplemente se quedan. El capítulo enseña que la presencia es una forma de consuelo y que hablar demasiado pronto del sufrimiento puede hacer daño. Muestra también que la fe no exige negar el dolor: la honestidad de Job sobre su tormento convive con su negativa a maldecir a Dios.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Cuando alguien que amas sufre, resiste la tentación de explicar o arreglar. Hoy, si puedes, acompáñalo en silencio: escucha, quédate cerca y evita llenar el vacío con respuestas fáciles. Y si eres tú quien sufre, permite que otros se acerquen sin sentirte obligado a disimular. Un gesto sencillo, como sentarte a su lado sin prisa, puede valer más que cualquier consejo.
Oración
Señor, enséñame a estar presente ante los que sufren sin apresurarme a explicar su dolor. Y cuando mi propio dolor sea grande, dame la humildad de aceptar la compañía de otros y de seguir confiando en ti. Amén.
Acerca del libro de Job
El libro de Job es una de las obras más profundas de toda la literatura universal y, dentro de la Biblia, el gran texto sapiencial sobre el sufrimiento del justo. Su protagonista no es un israelita ni un rey, sino un hombre del país de Us, fuera de las fronteras de Israel, lo que sugiere que su mensaje se dirige a toda la humanidad. La tradición lo sitúa en la época de los patriarcas, aunque su composición literaria, con su estructura cuidada y su vocabulario, es posterior; probablemente alcanzó su forma actual después del destierro. No sabemos quién lo escribió, y su autoría ha sido atribuida lo mismo a Moisés que a Salomón o a un sabio anónimo.
El libro se abre con un prólogo en prosa que presenta a Job como un hombre íntegro y recto, y que introduce un diálogo celestial entre Dios y el adversario: la cuestión es si Job sirve a Dios de manera desinteresada o solo por los bienes que recibe. A partir de ahí, y tras perder sus hijos, sus bienes y su salud, Job dialoga con tres amigos que sostienen la tesis de que el sufrimiento es siempre castigo del pecado. Frente a ellos, Job defiende su inocencia y reclama una explicación a Dios. Después interviene un cuarto personaje, Elihú, y finalmente Dios responde desde la tempestad, no con una teoría, sino con una visión de su grandeza y de su gobierno sobre la creación.
Los grandes temas del libro son el sufrimiento del inocente, la justicia de Dios, los límites del conocimiento humano, la crítica de una religión interesada y el valor de la fidelidad en la prueba. Job no recibe una respuesta que explique su dolor, pero recibe algo mayor: el encuentro con Dios mismo, que transforma su queja en confianza.
Para la fe católica, Job es escuela de paciencia y de esperanza. La liturgia lo proclama en los momentos de duelo, y la tradición lo ha leído como figura de Cristo, el justo inocente que sufre y que intercede por sus amigos. Su grito, sostenido en la oscuridad, enseña que la fe no consiste en entenderlo todo, sino en seguir confiando en Aquel que sostiene todas las cosas.
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