Job
Antiguo Testamento | 42 capítulos | 1070 versículos
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Capítulo 39 de 42Capítulo 39
1 ¿Sabes cuándo hacen las rebecas sus crías? ¿has observado el parto de las ciervas?
2 ¿has contado los meses de su gestación? ¿sabes la época de su alumbramiento?
3 Entonces se acurrucan y paren a sus crías, echan fuera su camada.
4 Y cuando ya sus crías se hacen fuertes y grandes, salen al desierto y no vuelven más a ellas.
5 ¿Quién dejó al onagro en libertad y soltó las amarras del asno salvaje?
6 Yo le he dado la estepa por morada, por mansión la tierra salitrosa.
7 Se ríe del tumulto de las ciudades, no oye los gritos del arriero;
8 explora las montañas, pasto suyo, en busca de toda hierba verde.
9 ¿Querrá acaso servirte el buey salvaje, pasar la noche junto a tu pesebre?
10 ¿Atarás a su cuello la coyunda? ¿rastrillará los surcos tras de ti?
11 ¿Puedes fiarte de él por su gran fuerza? ¿le confiarás tu menester?
12 ¿Estás seguro de que vuelva, de que en tu era allegue el grano?
13 El ala del avestruz, ¿se puede comparar al plumaje de la cigüeña y del halcón?
14 Ella en tierra abandona sus huevos, en el suelo los deja calentarse;
15 se olvida de que puede aplastarlos algún pie, o cascarlos una fiera salvaje.
16 Dura para sus hijos cual si no fueran suyos, por un afán inútil no se inquieta.
17 Es que Dios la privó de sabiduría, y no le dotó de inteligencia.
18 Pero en cuanto se alza y se remonta, se ríe del caballo y su jinete.
19 ¿Das tú al caballo la bravura? ¿revistes su cuello de tremolante crin?
20 ¿Le haces brincar como langosta? ¡Terror infunde su relincho altanero!
21 Piafa de júbilo en el valle, con brío se lanza al encuentro de las armas.
22 Se ríe del miedo y de nada se asusta, no retrocede ante la espada.
23 Va resonando sobre él la aljaba, la llama de la lanza y el dardo.
24 Hirviendo de impaciencia la tierra devora, no se contiene cuando suena la trompeta.
25 A cada toque de trompeta dice: «¡Aah!» olfatea de lejos el combate, las voces de mando y los clamores.
26 ¿Acaso por tu acuerdo el halcón emprende el vuelo, despliega sus alas hacia el sur?
27 ¿Por orden tuya se remonta el águila y coloca su nido en las alturas?
28 Pone en la roca su mansión nocturna, su fortaleza en un picacho.
29 Desde allí acecha a su presa, desde lejos la divisan sus ojos.
30 Sus crías lamen sangre; donde hay muertos, allí está.
Reflexión del capítulo 39
Dios continúa su discurso, y esta vez se vuelve hacia el mundo animal. Pregunta a Job si sabe cuándo paren las cabras monteses, si puede contar los meses de su preñez, si puede soltar al asno salvaje o atar al buey salvaje al arado. Señala al avestruz, que deja sus huevos en el suelo y es dura con sus crías, y sin embargo ha recibido de Dios su parte de sabiduría; señala al caballo de guerra, que se goza en su fuerza y no teme la batalla; señala al halcón y al águila, que se remontan y anidan en la roca, y cuyas crías beben sangre. El catálogo es una celebración de criaturas que viven más allá del control humano, cada una con su manera de ser, cada una sostenida por Dios. El punto no es que Dios sea indiferente, sino que su cuidado se extiende mucho más allá del ámbito humano, hasta animales que Job nunca domesticará ni comprenderá. Vuelve a ampliar la visión de Job: el mundo no está organizado en torno a él, y sin embargo Dios está presente en cada criatura. El capítulo es una lección suave pero poderosa de humildad y confianza. Si Dios provee a los animales salvajes, Job puede confiar en que también tiene un lugar y un propósito para él. El Creador que cuida del avestruz no olvidará a su siervo.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Si Dios cuida de criaturas que nunca vemos, con mayor razón cuidará de ti. Hoy deja que la confianza de la creación te enseñe: mira los pájaros y los animales salvajes y recuerda que quien los alimenta conoce tus necesidades. Suelta una preocupación en sus manos y no vuelvas a recogerla. Confiar en el Creador es descansar de la necesidad de controlarlo todo.
Oración
Señor, tú provees a cada criatura y das a cada una su lugar. Si cuidas de los animales del campo y de las aves del cielo, enséñame a confiar en que también cuidas de mí, y líbrame de la ansiedad que quiere controlarlo todo. Amén.
Acerca del libro de Job
El libro de Job es una de las obras más profundas de toda la literatura universal y, dentro de la Biblia, el gran texto sapiencial sobre el sufrimiento del justo. Su protagonista no es un israelita ni un rey, sino un hombre del país de Us, fuera de las fronteras de Israel, lo que sugiere que su mensaje se dirige a toda la humanidad. La tradición lo sitúa en la época de los patriarcas, aunque su composición literaria, con su estructura cuidada y su vocabulario, es posterior; probablemente alcanzó su forma actual después del destierro. No sabemos quién lo escribió, y su autoría ha sido atribuida lo mismo a Moisés que a Salomón o a un sabio anónimo.
El libro se abre con un prólogo en prosa que presenta a Job como un hombre íntegro y recto, y que introduce un diálogo celestial entre Dios y el adversario: la cuestión es si Job sirve a Dios de manera desinteresada o solo por los bienes que recibe. A partir de ahí, y tras perder sus hijos, sus bienes y su salud, Job dialoga con tres amigos que sostienen la tesis de que el sufrimiento es siempre castigo del pecado. Frente a ellos, Job defiende su inocencia y reclama una explicación a Dios. Después interviene un cuarto personaje, Elihú, y finalmente Dios responde desde la tempestad, no con una teoría, sino con una visión de su grandeza y de su gobierno sobre la creación.
Los grandes temas del libro son el sufrimiento del inocente, la justicia de Dios, los límites del conocimiento humano, la crítica de una religión interesada y el valor de la fidelidad en la prueba. Job no recibe una respuesta que explique su dolor, pero recibe algo mayor: el encuentro con Dios mismo, que transforma su queja en confianza.
Para la fe católica, Job es escuela de paciencia y de esperanza. La liturgia lo proclama en los momentos de duelo, y la tradición lo ha leído como figura de Cristo, el justo inocente que sufre y que intercede por sus amigos. Su grito, sostenido en la oscuridad, enseña que la fe no consiste en entenderlo todo, sino en seguir confiando en Aquel que sostiene todas las cosas.
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