Job
Antiguo Testamento | 42 capítulos | 1070 versículos
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Capítulo 9 de 42Capítulo 9
1 Job tomó la palabra y dijo:
2 Bien sé yo, en verdad, que es así: ¿cómo ante Dios puede ser justo un hombre?
3 A quien pretenda litigar con él, no le responderá ni una vez entre mil.
4 Entre los más sabios, entre los más fuertes, ¿quién le hizo frente y salió bien librado?
5 El traslada los montes sin que se den cuenta, y los zarandea en su furor.
6 El sacude la tierra de su sitio, y se tambalean sus columnas.
7 A su veto el sol no se levanta, y pone un sello a las estrellas.
8 El solo desplegó los Cielos, y holló la espalda de la Mar.
9 El hizo la Osa y Orión, las Cabrillas y las Cámaras del Sur.
10 Es autor de obras grandiosas, insondables, de maravillas sin número.
11 Si pasa junto a mí, yo no le veo, si se desliza, no le advierto.
12 Si en algo hace presa, ¿quién le estorbará? ¿quién le dirá: «¿Qué es lo que haces?»
13 Dios no cede en su cólera: bajo él quedan postrados los esbirros de Ráhab.
14 ¡Cuánto menos podré yo defenderme y rebuscar razones frente a él!
15 Aunque tuviera razón, no hallaría respuesta, ¡a mi juez tendría que suplicar!
16 Y aunque le llame y me responda, aún no creo que escuchará mi voz.
17 ¡El, que me aplasta por un pelo, que multiplica sin razón mis heridas,
18 y ni aliento recobrar me deja, sino que me harta de amargura!
19 Si se trata de fuerza, ¡es él el Poderoso! Si de justicia, ¿quién le emplazará?
20 Si me creo justo, su boca me condena, si intachable, me declara perverso.
21 ¿Soy intachable? ¡Ni yo mismo me conozco, y desprecio mi vida!
22 Pero todo da igual, y por eso digo: él extermina al intachable y al malvado.
23 Si un azote acarrea la muerte de improviso, él se ríe de la angustia de los inocentes.
24 En un país sujeto al poder de un malvado, él pone un velo en el rostro de sus jueces: si no es él, ¿quién puede ser?
25 Mis días han sido más raudos que un correo, se han ido sin ver la dicha.
26 Se han deslizado lo mismo que canoas de junco, como águila que cae sobre la presa.
27 Si digo: «Voy a olvidar mis quejas, mudaré de semblante para ponerme alegre»,
28 me asalta el temor de todos mis pesares, pues sé que tú no me tendrás por inocente.
29 Y si me he hecho culpable, ¿para qué voy a fatigarme en vano?
30 Aunque me lave con jabón, y limpie mis manos con lejía,
31 tú me hundes en el lodo, y mis propios vestidos tienen horror de mí.
32 Que él no es un hombre como yo, para que le responda, para comparecer juntos en juicio.
33 No hay entre nosotros árbitro que ponga su mano entre los dos,
34 y que de mí su vara aparte para que no me espante su terror.
35 Pero hablaré sin temerle, pues yo no soy así para mí mismo.
Reflexión del capítulo 9
Job responde a Bildad aceptando el principio y volviéndolo contra sus amigos: sí, Dios es justo, pero entonces cómo puede un mortal tener razón ante él? Nadie puede discutir con quien traslada los montes, sacude la tierra, manda al sol y sella las estrellas. El poder de Dios es abrumador, y Job se siente indefenso ante él. Y sin embargo, de manera notable, no concluye que Dios sea injusto: concluye que el pleito es desigual. Anhela un árbitro, alguien que pueda poner su mano sobre ambos y reunirlos, porque no hay mediador entre un hombre y su Hacedor. Este anhelo de una figura intermedia es uno de los elementos más llamativos del libro, y la tradición cristiana ha visto en él una anticipación de Cristo, mediador entre Dios y la humanidad. Job se queja también de que la ira de Dios parece indiscriminada, de que el inocente y el malvado parecen correr la misma suerte. No niega la justicia de Dios; confiesa que no puede verla. El capítulo enseña que la fe puede convivir con una profunda sensación de distancia de Dios, y que el deseo de alguien que se interponga entre nosotros y Dios es en sí mismo un deseo santo. El grito de Job por un árbitro es el grito de toda persona que necesita un mediador.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Cuando Dios parece lejano, no concluyas que está ausente. Hoy lleva a la oración esa sensación de distancia y pide a Cristo, el mediador, que se interponga entre tú y el Padre. Y sé tú mediador de reconciliación para alguien que se siente lejos de Dios, tendiendo un puente en lugar de juzgar su distancia. El mediador que anhelaba Job ya tiene nombre, y su nombre es Jesucristo, nuestro Señor.
Oración
Señor Jesús, tú eres el mediador entre Dios y la humanidad. Cuando no comprendo los caminos de Dios, sé mi árbitro y mi abogado; presenta mi causa ante el Padre y dame paz en medio de mis preguntas. Amén.
Acerca del libro de Job
El libro de Job es una de las obras más profundas de toda la literatura universal y, dentro de la Biblia, el gran texto sapiencial sobre el sufrimiento del justo. Su protagonista no es un israelita ni un rey, sino un hombre del país de Us, fuera de las fronteras de Israel, lo que sugiere que su mensaje se dirige a toda la humanidad. La tradición lo sitúa en la época de los patriarcas, aunque su composición literaria, con su estructura cuidada y su vocabulario, es posterior; probablemente alcanzó su forma actual después del destierro. No sabemos quién lo escribió, y su autoría ha sido atribuida lo mismo a Moisés que a Salomón o a un sabio anónimo.
El libro se abre con un prólogo en prosa que presenta a Job como un hombre íntegro y recto, y que introduce un diálogo celestial entre Dios y el adversario: la cuestión es si Job sirve a Dios de manera desinteresada o solo por los bienes que recibe. A partir de ahí, y tras perder sus hijos, sus bienes y su salud, Job dialoga con tres amigos que sostienen la tesis de que el sufrimiento es siempre castigo del pecado. Frente a ellos, Job defiende su inocencia y reclama una explicación a Dios. Después interviene un cuarto personaje, Elihú, y finalmente Dios responde desde la tempestad, no con una teoría, sino con una visión de su grandeza y de su gobierno sobre la creación.
Los grandes temas del libro son el sufrimiento del inocente, la justicia de Dios, los límites del conocimiento humano, la crítica de una religión interesada y el valor de la fidelidad en la prueba. Job no recibe una respuesta que explique su dolor, pero recibe algo mayor: el encuentro con Dios mismo, que transforma su queja en confianza.
Para la fe católica, Job es escuela de paciencia y de esperanza. La liturgia lo proclama en los momentos de duelo, y la tradición lo ha leído como figura de Cristo, el justo inocente que sufre y que intercede por sus amigos. Su grito, sostenido en la oscuridad, enseña que la fe no consiste en entenderlo todo, sino en seguir confiando en Aquel que sostiene todas las cosas.
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