Isaías
Antiguo Testamento | 66 capítulos | 1291 versículos
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Capítulo 10 de 66Capítulo 10
1 ¡Ay! los que decretan decretos inicuos, y los escribientes que escriben vejaciones,
2 excluyendo del juicio a los débiles, atropellando el derecho de los míseros de mi pueblo, haciendo de las viudas su botín, y despojando a los huérfanos.
3 Pues ¿qué haréis para el día de la cuenta y la devastación que de lontananza viene? ¿a quién acudiréis para pedir socorro? ¿dónde dejaréis vuestra gravedad?
4 Con tal de no arrodillarse entre los prisioneros, entre los muertos caerían. Con todo eso no se ha calmado su ira, y aún sigue su mano extendida.
5 ¡Ay, Asur, bastón de mi ira, vara que mi furor maneja!
6 Contra gente impía voy a guiarlo, contra el pueblo de mi cólera voy a mandarlo, a saquear saqueo y pillar pillaje, y hacer que lo pateen como el lodo de las calles.
7 Pero él no se lo figura así, ni su corazón así lo estima, sino que su intención es arrasar y exterminar gentes no pocas.
8 Pues dice: «¿No son mis jefes todos ellos reyes?
9 ¿No es Kalnó como Karkemis? ¿No es Jamat como Arpad? ¿No es Samaría como Damasco?
10 Como alcanzó mi mano a los reinos de los ídolos - cuyas estatuas eran más que las de Jerusalén y Samaría -
11 como hice con Samaría y sus ídolos, ¿no haré asimismo con Jerusalén y sus simulacros?»
12 Pues bien, cuando hubiere dado remate el Señor a todas sus empresas en el monte Sión y en Jerusalén, pasará revista al fruto del engreimiento del rey de Asur y al orgullo altivo de sus ojos.
13 Porque dijo: «Con el poder de mi mano lo hice, y con mi sabiduría, porque soy inteligente, he borrado las fronteras de los pueblos, sus almacenes he saqueado, y he abatido como un fuerte a sus habitantes.
14 Como un nido ha alcanzado mi mano la riqueza de los pueblos, y como se recogen huevos abandonados, he recogido yo toda la tierra, y no hubo quien aleteara ni abriera el pico ni piara.»
15 ¿Acaso se jacta el hacha frente al que corta con ella? ¿o se tiene por más grande la sierra que el que la blande? ¡como si la vara moviera al que la levanta! ¡como si a quien no es madera el bastón alzara!
16 Por eso enviará Yahveh Sebaot entre sus bien comidos, enflaquecimiento, y, debajo de su opulencia, encenderá un incendio como de fuego.
17 La luz de Israel vendrá a ser fuego, y su Santo, llama; arderá y devorará su espino y su zarza en un solo día,
18 y el esplendor de su bosque y de su vergel en alma y en cuerpo será consumido: será como el languidecer de un enfermo.
19 Lo que quede de los árboles de su bosque será tan poco, que un niño los podrá contar.
20 Aquel día no volverán ya el resto de Israel y los bien librados de la casa de Jacob a apoyarse en el que los hiere, sino que se apoyarán con firmeza en Yahveh.
21 Un resto volverá, el resto de Jacob, al Dios poderoso.
22 Que aunque sea tu pueblo, Israel, como la arena del mar, sólo un resto de él volverá. Exterminio decidido, rebosante de justicia.
23 Porque es un exterminio decidido lo que Yahveh Sebaot realizará en medio de toda la tierra.
24 Por tanto, así dice el Señor Yahveh Sebaot: «No temas, pueblo mío que moras en Sión, a Asur que con la vara te da golpes y su bastón levanta contra ti (en el camino de Egipto).
25 Porque un poquito más y se habrá consumado el furor, y mi ira los consumirá.»
26 Despertará contra él Yahveh Sebaot un azote, como cuando la derrota de Madián en la peña de Horeb, o cuando levantó su bastón contra el mar en el camino de Egipto.
27 Aquel día te quitará su carga de encima del hombro y su yugo de sobre tu cerviz será arrancado. Y el yugo será destruido (...)
28 Vino sobre Ayyat, pasó por Migrón, en Mikmás pasó revista.
29 Han pasado el Vado: «Haremos noche en Gueba.» Temblaba Ramá, Guibeá de Saúl huía.
30 ¡Da gritos de júbilo, Bat Gallim, escucha Laisa! ¡Respóndele, Anatot!
31 Se desbandó Madmená. Los habitantes de Guebim se han puesto a salvo.
32 Hoy mismo en Nob haciendo alto menea su mano contra el Monte de la hija de Sión, la colina de Jerusalén.
33 He aquí que el Señor Yahveh Sebaot sacude el ramaje con estrépito; las guías más altas están partidas y las elevadas van a caer.
34 Golpeará las espesuras del bosque con el hierro, y por los golpes de un Poderoso, caerá.
Reflexión del capítulo 10
El capítulo décimo comienza con un nuevo ay contra los legisladores que dictan leyes injustas y escriben decretos opresores para despojar a los débiles y robar a las viudas. La justicia de Dios no se detiene ante ninguna apariencia de legalidad: lo que oprime al pobre es siempre iniquidad. Después el profeta se vuelve contra Asiria, el instrumento del que Dios se había servido para castigar a su pueblo. El gran imperio se enorgullece como si su propia fuerza hubiera logrado la victoria, olvidando que no es más que un bastón en la mano del Señor. Isaías desenmascara esa soberbia con una imagen sencilla: ¿acaso el hacha se glorifica contra quien la maneja? Por eso el juicio alcanzará también al poderoso que se creyó dueño de la historia. Pero el capítulo termina con una promesa luminosa: aquel día el resto de Israel se apoyará de verdad en el Señor, y un pequeño remanente volverá al Dios fuerte; el yugo será quebrado. La lección es doble: ningún poder humano es absoluto, y Dios sabe sacar de la prueba un pueblo purificado y humilde.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Examina si has usado tu posición, tu dinero o tu influencia para aprovecharte de alguien más débil. Si es así, repáralo hoy concretamente. Y cuando alcances un logro, atribúyelo con humildad a Dios y a quienes te ayudaron, sin creerte dueño de tu propio éxito. La grandeza verdadera se mide en servicio, no en dominio. Recuerda que todo don recibido es también una responsabilidad ante los demás.
Oración
Señor, tú eres el dueño de la historia y ningún poder se sostiene sin ti. Líbrame del orgullo del que se cree suficiente y enséñame a usar mi influencia para servir. Que mi fuerza sea siempre la tuya. Amén.
Acerca del libro de Isaías
El libro de Isaías es el más extenso de los profetas y uno de los más influyentes de toda la Biblia. Su figura central es Isaías, hijo de Amós, profeta de Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo, en los reinados de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Vivió la amenaza constante del imperio asirio, la crisis de la guerra siroefraimita y el sitio de Jerusalén por Senaquerib.
La obra que lleva su nombre es más amplia que un solo hombre: la investigación bíblica distingue tres grandes secciones, los capítulos 1 al 39, cercanos al profeta del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, escritos para consolar a los deportados en Babilonia; y los capítulos 56 al 66, dirigidos a la comunidad que volvió del destierro. Detrás late una tradición profética viva que conservó y actualizó su palabra a lo largo de los siglos.
El contexto de la alianza recorre todo el libro. Dios había elegido a David y a Sión, y el pueblo debía responder con fidelidad. Cuando esa respuesta falla, Isaías anuncia el juicio: la injusticia social, la idolatría y la confianza en los poderosos traen consecuencias reales. Pero nunca anuncia solo ruina: su gran tema es el resto fiel, el pequeño grupo que Dios preserva, y sobre todo la consolación, porque el Dios santo es también el que consuela a su pueblo y lo lleva en brazos.
Sus temas centrales son la santidad de Dios, la justicia que exige el culto verdadero, el resto fiel, el consuelo del destierro, la misión universal a las naciones y el Siervo del Señor.
Para la fe católica, Isaías enseña que no se puede separar la oración de la justicia y que Dios dirige la historia. Y sobre todo apunta a Cristo: en sus páginas encontramos al Emanuel, Dios con nosotros; el retoño del tronco de Jesé sobre quien reposa el Espíritu; el Siervo sufriente que carga con nuestras culpas y por cuyas heridas somos curados; el ungido que anuncia la buena nueva a los pobres; y la nueva creación. No es casualidad que sea el profeta más citado en el Nuevo Testamento.
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