Isaías
Antiguo Testamento | 66 capítulos | 1291 versículos
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Capítulo 33 de 66Capítulo 33
1 ¡Ay, tú que saqueas, y no has sido saqueado, que despojas, y no has sido despojado! En terminando tú de saquear, serás saqueado; así que acabes de despojar, serás despojado;
2 Yahveh, ten piedad de nosotros, en ti esperamos. Sé nuestro brazo por las mañanas y nuestra salvación en tiempo de apretura.
3 Al fragor del estrépito se dispersan los pueblos, al alzarte tú se desperdigan las gentes,
4 se amontona el botín como quien amontona saltamontes, se alabanzan sobre él, como se alabanzan las langostas.
5 Exaltado sea Yahveh, pues reposa en lo alto; llene a Sión de equidad y de justicia.
6 Sean tus días estables; la riqueza que salva son la sabiduría y la ciencia, el temor de Yahveh sea tu tesoro.
7 ¡Mirad! Ariel se lamenta por las calles, los embajadores de paz amargamente lloran.
8 Han quedado desiertas las calzadas, ya no hay transeúntes por los caminos. Han violado la alianza, han recusado los testimonios, no se tiene en cuenta a nadie.
9 La tierra está en duelo, languidece; el líbano está ajado y mustio. Ha quedado el Sarón como la estepa, se van pelando el Basán y el Carmelo.
10 «Ahora me levanto - dice Yahveh - ahora me exalto, ahora me elevo.
11 Concebiréis forraje, pariréis paja, y mi soplo como fuego os devorará;
12 los pueblos serán calcinados, espinos cercenados que en fuego arderán.
13 Oíd, los alejados, lo que he hecho; enteraos, los cercanos, de mi fuerza.»
14 Se espantaron en Sión los pecadores, sobrecogió el temblor a los impíos: ¿Quién de nosotros podrá habitar con el fuego consumidor? ¿quién de nosotros podrá habitar con las llamas eternas?
15 El que anda en justicia y habla con rectitud; el que rehúsa ganancias fraudulentas, el que se sacude la palma de la mano para no aceptar soborno, el que se tapa las orejas para no oír hablar de sangre, y cierra sus ojos para no ver el mal.
16 Ese morará en las alturas, subirá a refugiarse en la fortaleza de las peñas, se le dará su pan y tendrá el agua segura.
17 Tus ojos contemplarán un rey en su belleza, verán una tierra dilatada.
18 Tu corazón musitará con sobresalto: «¿Dónde está el que contaba, dónde el que pesaba, dónde el que contaba torres?»
19 Y no verás al pueblo audaz, pueblo de lenguaje oscuro, incomprensible, al bárbaro cuya lengua no se entiende.
20 Contempla a Sión, villa de nuestras solemnidades: tus ojos verán a Jerusalén, albergue fijo, tienda sin trashumancia, cuyas clavijas no serán removidas nunca y cuyas cuerdas no serán rotas.
21 Sino que allí Yahveh será magnífico para con nosotros; como un lugar de ríos y amplios canales, por donde no ande ninguna embarcación de remos, ni navío de alto bordo lo atraviese.
22 (Porque Yahveh es nuestro juez, Yahveh nuestro legislador, Yahveh nuestro rey: él nos salvará.)
23 Se han distendido las cuerdas, no sujetan derecho el mástil, no despliegan estandarte. Entonces será repartido un botín numeroso: hasta los cojos tendrán botín,
24 y no dirá ningún habitante: «Estoy enfermo»; al pueblo que allí mora le será perdonada su culpa.
Reflexión del capítulo 33
El capítulo trigesimotercero comienza con un ay contra el destructor que aún no ha sido destruido y el traidor que aún no ha sido traicionado, y anuncia que cuando acabe de destruir será destruido él mismo. El pueblo, en su angustia, eleva una oración humilde: ten piedad de nosotros, porque en ti esperamos; sé nuestra fuerza cada mañana y nuestra salvación en el tiempo de la angustia. Es una de las oraciones más sencillas y confiadas del libro. Dios responde levantándose, y ante su presencia los pueblos se dispersan y el botín se reparte. Entonces el profeta describe una visión de esperanza: los ojos del pueblo contemplarán a un rey en su hermosura y verán una tierra dilatada; ya no habrá más un pueblo insolente, ni el temor de los invasores. La ciudad de las solemnidades será un lugar de ríos anchos y canales, y ningún habitante dirá: estoy enfermo; el pecado del pueblo será perdonado. El capítulo enseña que la presencia de Dios es a la vez juicio para los soberbios y salvación para los humildes, y que el perdón es la mayor de las curaciones. La tradición cristiana leyó al rey en su hermosura como figura de Cristo y la ciudad de los ríos como imagen de la Iglesia.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Haz hoy una oración breve y confiada como la del pueblo: pide a Dios que sea tu fuerza cada mañana. Y si arrastras una culpa que te tiene atado, acude al sacramento del perdón, porque el texto promete que el pecado será perdonado. Reconocer que estamos enfermos es el primer paso para ser curados; el perdón es la salud más profunda del alma.
Oración
Señor, ten piedad de nosotros, porque en ti esperamos. Sé mi fuerza cada mañana y mi salvación en la angustia. Sana mi alma con tu perdón y déjame contemplarte como el rey de toda hermosura. Amén.
Acerca del libro de Isaías
El libro de Isaías es el más extenso de los profetas y uno de los más influyentes de toda la Biblia. Su figura central es Isaías, hijo de Amós, profeta de Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo, en los reinados de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Vivió la amenaza constante del imperio asirio, la crisis de la guerra siroefraimita y el sitio de Jerusalén por Senaquerib.
La obra que lleva su nombre es más amplia que un solo hombre: la investigación bíblica distingue tres grandes secciones, los capítulos 1 al 39, cercanos al profeta del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, escritos para consolar a los deportados en Babilonia; y los capítulos 56 al 66, dirigidos a la comunidad que volvió del destierro. Detrás late una tradición profética viva que conservó y actualizó su palabra a lo largo de los siglos.
El contexto de la alianza recorre todo el libro. Dios había elegido a David y a Sión, y el pueblo debía responder con fidelidad. Cuando esa respuesta falla, Isaías anuncia el juicio: la injusticia social, la idolatría y la confianza en los poderosos traen consecuencias reales. Pero nunca anuncia solo ruina: su gran tema es el resto fiel, el pequeño grupo que Dios preserva, y sobre todo la consolación, porque el Dios santo es también el que consuela a su pueblo y lo lleva en brazos.
Sus temas centrales son la santidad de Dios, la justicia que exige el culto verdadero, el resto fiel, el consuelo del destierro, la misión universal a las naciones y el Siervo del Señor.
Para la fe católica, Isaías enseña que no se puede separar la oración de la justicia y que Dios dirige la historia. Y sobre todo apunta a Cristo: en sus páginas encontramos al Emanuel, Dios con nosotros; el retoño del tronco de Jesé sobre quien reposa el Espíritu; el Siervo sufriente que carga con nuestras culpas y por cuyas heridas somos curados; el ungido que anuncia la buena nueva a los pobres; y la nueva creación. No es casualidad que sea el profeta más citado en el Nuevo Testamento.
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