Isaías

Antiguo Testamento | 66 capítulos | 1291 versículos

Is

Capítulo 26

1 Aquel día se cantará este cantar en tierra de Judá: «Ciudad fuerte tenemos; para protección se le han puesto murallas y antemuro.

2 Abrid las puertas, y entrará una gente justa que guarda fidelidad;

3 de ánimo firme y que conserva la paz, porque en ti confió.

4 Confiad en Yahveh por siempre jamás, porque en Yahveh tenéis una Roca eterna.

5 Porque él derroca a los habitantes de los altos, a la villa inacessible; la hace caer, la abaja hasta la tierra, la hace tocar el polvo;

6 la pisan pies, pies de pobres, pisadas de débiles.»

7 La senda del justo es recta; tú allanas la senda recta del justo.

8 Pues bien, en la senda de tus juicios te esperamos, Yahveh; tu nombre y tu recuerdo son el anhelo del alma.

9 Con toda mi alma te anhelo en la noche, y con todo mi espíritu por la mañana te busco. Porque cuando tú juzgas a la tierra, aprenden justicia los habitantes del orbe.

10 Aunque se haga gracia al malvado, no aprende justicia; en tierra recta se tuerce, y no teme la majestad de Yahveh.

11 Yahveh, alzada está tu mano, pero no la ven; verán tu celo por el pueblo y se avergonzarán, tu ira ardiente devorará a tus adversarios.

12 Yahveh, tú nos pondrás a salvo, que también llevas a cabo todas nuestras obras.

13 Yahveh, Dios nuestro, nos han dominado otros señores fuera de ti, pero no recordaremos otro Nombre sino el tuyo.

14 Los muertos no vivirán, las sombras no se levantarán, pues los has castigado, los has exterminado y has borrado todo recuerdo de ellos.

15 Has aumentado la nación, Yahveh, has aumentado la nación y te has glorificado, has ampliado todos los límites del país.

16 Yahveh, en el aprieto de tu castigo te buscamos; la angustia de la opresión era tu castigo para nosotros.

17 Como cuando la mujer encinta está próxima al parto sufre, y se queja en su trance, así éramos nosotros delante de ti, Yahveh.

18 Hemos concebido, tenemos dolores como si diésemos a luz viento; pero no hemos traído a la tierra salvación, y no le nacerán habitantes al orbe.

19 Revivirán tus muertos, tus cadáveres resurgirán, despertarán y darán gritos de júbilo los moradores del polvo; porque rocío luminoso es tu rocío, y la tierra echará de su seno las sombras.

20 Vete, pueblo mío, entra en tus cámaras y cierra tu puerta tras de ti, escóndete un instante hasta que pase la ira.

21 Porque he ahí a Yahveh que sale de su lugar a castigar la culpa de todos los habitantes de la tierra contra él; descubre la tierra sus manchas de sangre y no tapa ya a sus asesinados.

Reflexión del capítulo 26

El capítulo vigesimosexto es un cántico de confianza que podría llamarse la canción de la ciudad fuerte. El profeta proclama que tenemos una ciudad fortificada y que la salvación de Dios es muro y antemural, y abre las puertas para que entre el pueblo justo y fiel. Enseguida aparece una de las frases más bellas y más citadas de todo el libro: al hombre de espíritu firme le guardas la paz, porque en ti confía. La paz no es ausencia de problemas, sino el fruto de la confianza en Dios. El capítulo contrapone la suerte de los justos y de los soberbios, describe el anhelo del profeta que busca al Señor durante la noche, y termina con una afirmación asombrosa para su época: que los muertos vivan, que los cadáveres se levanten, que los que habitan el polvo despierten y canten. Es una de las expresiones más tempranas y luminosas de la esperanza en la resurrección en el Antiguo Testamento. El capítulo enseña que la confianza en Dios sostiene al justo incluso en la prueba, y que esa confianza tiene como horizonte la vida que vence a la muerte. La Iglesia leyó aquí un anuncio de la resurrección de Cristo y de la nuestra.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Practica hoy la confianza en medio de la inquietud: cuando algo te angustie, repite con calma que pones tu paz en Dios, no en que todo salga bien. Dedica unos minutos de silencio a buscarle, aunque sea de noche o de madrugada. Y vive esta jornada con la mirada puesta en la resurrección. La paz es el fruto de quien se apoya en Dios, no en sus certezas.

Oración

Señor, guarda mi espíritu firme y dame tu paz, porque en ti confío. Te busco de día y de noche; no te escondas de mí. Sostén mi esperanza en la vida que vence a la muerte. Que mi corazón repose en ti. Amén.

Acerca del libro de Isaías

El libro de Isaías es el más extenso de los profetas y uno de los más influyentes de toda la Biblia. Su figura central es Isaías, hijo de Amós, profeta de Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo, en los reinados de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Vivió la amenaza constante del imperio asirio, la crisis de la guerra siroefraimita y el sitio de Jerusalén por Senaquerib.

La obra que lleva su nombre es más amplia que un solo hombre: la investigación bíblica distingue tres grandes secciones, los capítulos 1 al 39, cercanos al profeta del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, escritos para consolar a los deportados en Babilonia; y los capítulos 56 al 66, dirigidos a la comunidad que volvió del destierro. Detrás late una tradición profética viva que conservó y actualizó su palabra a lo largo de los siglos.

El contexto de la alianza recorre todo el libro. Dios había elegido a David y a Sión, y el pueblo debía responder con fidelidad. Cuando esa respuesta falla, Isaías anuncia el juicio: la injusticia social, la idolatría y la confianza en los poderosos traen consecuencias reales. Pero nunca anuncia solo ruina: su gran tema es el resto fiel, el pequeño grupo que Dios preserva, y sobre todo la consolación, porque el Dios santo es también el que consuela a su pueblo y lo lleva en brazos.

Sus temas centrales son la santidad de Dios, la justicia que exige el culto verdadero, el resto fiel, el consuelo del destierro, la misión universal a las naciones y el Siervo del Señor.

Para la fe católica, Isaías enseña que no se puede separar la oración de la justicia y que Dios dirige la historia. Y sobre todo apunta a Cristo: en sus páginas encontramos al Emanuel, Dios con nosotros; el retoño del tronco de Jesé sobre quien reposa el Espíritu; el Siervo sufriente que carga con nuestras culpas y por cuyas heridas somos curados; el ungido que anuncia la buena nueva a los pobres; y la nueva creación. No es casualidad que sea el profeta más citado en el Nuevo Testamento.

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