Isaías

Antiguo Testamento | 66 capítulos | 1291 versículos

Is

Capítulo 48

1 Escucha esto, casa de Jacob, los que lleváis el nombre de Israel, los que habéis salido de las aguas de Judá. Los que juráis por el nombre de Yahveh, los que invocáis al Dios de Israel, mas no según verdad y justicia.

2 Porque lleváis el nombre de la ciudad santa y os apoyáis en el Dios de Israel, cuyo nombre es Yahveh Sebaot.

3 Yo anuncié desde hace tiempo las cosas pasadas, salieron de mi boca y las di a conocer; de pronto, las hice y se cumplieron.

4 Yo sabía que tú eres obstinado, que es tu cerviz una barra de hierro y tu frente de bronce.

5 Por eso te anuncié las cosas hace tiempo y antes que ocurrieran te las di a conocer, no sea que dijeras: «Las hizo mi ídolo, mi estatua, mi imagen fundida lo ordenó.»

6 Tú has oído todo esto, ¿no vas a admitirlo? Ahora te hago saber cosas nuevas, secretas, no sabidas,

7 que han sido creadas ahora, no hace tiempo, de las que hasta ahora nada oíste, para que no puedas decir: «Ya lo sabía.»

8 Ni las oíste ni las hiciste ni de antemano te fue abierto el oído, pues sé muy bien que tú eres pérfido y se te llama rebelde desde el seno materno.

9 Por amor de mi nombre retardé mi cólera, a causa de mi alabanza me contuve para no arrancarte.

10 Mira que te he apurado, y no había en ti plata, te he probado en el crisol de la desgracia.

11 Por mí, por mí, lo hago, pues ¿cómo mi nombre sería profanado? No cederé a otro mi gloria.

12 Escúchame, Jacob, Israel, a quien llamé: Yo soy, yo soy el primero y también soy el último.

13 Sí, es mi mano la que fundamentó la tierra y mi diestra la que extendió los cielos. Yo los llamo y todos se presentan.

14 Reuníos todos y escuchad: ¿Quién de entre ellos anunció estas cosas? «Mi amigo cumplirá mi deseo contra Babilonia y la raza de los caldeos.»

15 Yo mismo le he hablado, le he llamado, le he hecho que venga y triunfe en sus empresas.

16 Acercaos a mí y escuchad esto: Desde el principio no he hablado en oculto, desde que sucedió estoy yo allí. Y ahora el Señor Yahveh me envía con su espíritu.

17 Así dice Yahveh, tu redentor, el Santo de Israel. Yo, Yahveh, tu Dios, te instruyo en lo que es provechoso y te marco el camino por donde debes ir.

18 ¡Si hubieras atendido a mis mandatos, tu dicha habría sido como un río y tu victoria como las olas del mar!

19 ¡Tu raza sería como la arena los salidos de ti como sus granos! ¡Nunca habría sido arrancado ni borrado de mi presencia su nombre!

20 ¡Salid de Babilonia! ¡Huid de los caldeos! ¡Anunciad con voz de júbilo, hacedlo saber, proclamad hasta el extremo de la tierra, decid: Yahveh ha rescatado a su siervo Jacob!

21 No padecieron sed en los sequedales a donde los llevó; hizo brotar para ellos agua de la roca. Rompió la roca y corrieron las aguas.

22 No hay paz para los malvados, dice Yahveh.

Reflexión del capítulo 48

El capítulo cuadragesimoctavo se dirige a un pueblo obstinado, que jura por el nombre del Señor pero no lo hace con verdad ni con justicia. Dios recuerda que anunció las cosas desde el principio para que nadie pudiera atribuirlas a sus ídolos, y que conoce de antemano la terquedad de su pueblo, cuya cerviz es como un nervio de hierro. Sin embargo, el motivo de su paciencia es su propio nombre: por amor a mí mismo lo hago, para que no sea profanado. Después describe la prueba como un horno: te he purificado en el horno del sufrimiento, pero no como se purifica la plata, porque en el fuego de la desgracia el pueblo no se purificó del todo. A continuación se repite la gran afirmación: yo soy el primero y yo soy el último. Y el capítulo termina con dos frases decisivas: una invitación a salir de Babilonia, a escapar del destierro, y una advertencia solemne: no hay paz para los malvados. El capítulo enseña que Dios es paciente por fidelidad a sí mismo, pero no confunde la paciencia con la complicidad, y que la paz solo florece en quien acepta caminar en su verdad. La tradición cristiana leyó la salida de Babilonia como figura de la conversión y de la liberación del pecado.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Detecta hoy una terquedad concreta: algo que sabes que debes cambiar y llevas tiempo postergando. No esperes a que el fuego te obligue: da el primer paso hoy. Y si arrastras una situación que te esclaviza, atrévete a salir de ella, aunque cueste, porque Dios no quiere que vivas en la mentira. Salir de la esclavitud siempre implica un primer paso valiente.

Oración

Señor, tú eres el primero y el último, y me has probado en el crisol. Perdona mi terquedad y dame un corazón dócil a tu voz. Ayúdame a salir de lo que me esclaviza y a caminar en tu paz. Amén.

Acerca del libro de Isaías

El libro de Isaías es el más extenso de los profetas y uno de los más influyentes de toda la Biblia. Su figura central es Isaías, hijo de Amós, profeta de Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo, en los reinados de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Vivió la amenaza constante del imperio asirio, la crisis de la guerra siroefraimita y el sitio de Jerusalén por Senaquerib.

La obra que lleva su nombre es más amplia que un solo hombre: la investigación bíblica distingue tres grandes secciones, los capítulos 1 al 39, cercanos al profeta del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, escritos para consolar a los deportados en Babilonia; y los capítulos 56 al 66, dirigidos a la comunidad que volvió del destierro. Detrás late una tradición profética viva que conservó y actualizó su palabra a lo largo de los siglos.

El contexto de la alianza recorre todo el libro. Dios había elegido a David y a Sión, y el pueblo debía responder con fidelidad. Cuando esa respuesta falla, Isaías anuncia el juicio: la injusticia social, la idolatría y la confianza en los poderosos traen consecuencias reales. Pero nunca anuncia solo ruina: su gran tema es el resto fiel, el pequeño grupo que Dios preserva, y sobre todo la consolación, porque el Dios santo es también el que consuela a su pueblo y lo lleva en brazos.

Sus temas centrales son la santidad de Dios, la justicia que exige el culto verdadero, el resto fiel, el consuelo del destierro, la misión universal a las naciones y el Siervo del Señor.

Para la fe católica, Isaías enseña que no se puede separar la oración de la justicia y que Dios dirige la historia. Y sobre todo apunta a Cristo: en sus páginas encontramos al Emanuel, Dios con nosotros; el retoño del tronco de Jesé sobre quien reposa el Espíritu; el Siervo sufriente que carga con nuestras culpas y por cuyas heridas somos curados; el ungido que anuncia la buena nueva a los pobres; y la nueva creación. No es casualidad que sea el profeta más citado en el Nuevo Testamento.

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