Isaías

Antiguo Testamento | 66 capítulos | 1291 versículos

Is

Capítulo 52

1 ¡Despierta, despierta! ¡Revístete de tu fortaleza, Sión! ¡Vístete tus ropas de gala, Jerusalén, Ciudad Santa! Porque no volverán a entrar en ti incircuncisos ni impuros.

2 Sacúdete el polvo, levántate, cautiva Jerusalén, Líbrate de las ligaduras de tu cerviz, cautiva hija de Sión.

3 Porque así dice Yahveh: De balde fuisteis vendidos, y sin plata seréis rescatados.

4 Sí, así dice el Señor Yahveh: A Egipto bajó mi pueblo en un principio, a ser forastero allí, y luego Asiria le oprimió sin motivo.

5 Y ahora, ¿qué voy a hacer aquí - oráculo de Yahveh - pues mi pueblo ha sido arrebatado sin motivo? Sus dominadores profieren gritos - oráculo de Yahveh - y todo a lo largo del día mi nombre es blasfemado.

6 Por eso mi pueblo conocerá mi nombre en aquel día y comprenderá que yo soy el que decía: «Aquí estoy.»

7 ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: «Ya reina tu Dios!»

8 ¡Una voz! Tus vigías alzan la voz, a una dan gritos de júbilo, porque con sus propios ojos ven el retorno de Yahveh a Sión.

9 Prorrumpid a una en gritos de júbilo, soledades de Jerusalén, porque ha consolado Yahveh a su pueblo, ha rescatado a Jerusalén.

10 Ha desnudado Yahveh su santo brazo a los ojos de todas las naciones, y han visto todos los cabos de la tierra la salvación de nuestro Dios.

11 ¡Apartaos, apartaos, salid de allí! ¡Cosa impura no toquéis! ¡Salid de en medio de ella, manteneos limpios, portadores del ajuar de Yahveh!

12 Pues sin prisa habréis de salir, no iréis a la desbandada, que va al frente de vosotros Yahveh, y os cierra la retaguardia el Dios de Israel.

13 He aquí que prosperará mi Siervo, será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera.

14 Así como se asombraron de él muchos - pues tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre, ni su apariencia era humana -

15 otro tanto se admirarán muchas naciones; ante él cerrarán los reyes la boca, pues lo que nunca se les contó verán, y lo que nunca oyeron reconocerán.

Reflexión del capítulo 52

El capítulo quincuagesimosegundo es un canto de liberación. El profeta invita a Sión a despertar, a sacudirse el polvo, a soltarse las cadenas y a ponerse sus vestiduras de fiesta, porque el Señor ha consolado a su pueblo y ha redimido a Jerusalén. La imagen central es la del mensajero que llega corriendo por los montes con la buena noticia de la paz: cuán bellos resultan, cruzando los montes, los pies del mensajero de la paz, del que trae la dicha, del que pregona la salvación. Es una de las expresiones más bellas de la Escritura, y san Pablo la citó al hablar de la predicación del evangelio. Los centinelas alzan la voz y cantan juntos, porque ven al Señor cara a cara. El Señor ha desnudado su brazo santo ante las naciones, y todos los confines de la tierra verán la salvación de nuestro Dios. La última parte del capítulo abre el cuarto cántico del Siervo, anunciando que este será exaltado y ensalzado, aunque su aspecto esté tan desfigurado que no parezca humano. El capítulo enseña que la salvación se anuncia con alegría y que el camino hacia la gloria del Siervo pasa por la humillación. La tradición cristiana leyó estos versículos como profecía de la pasión y de la exaltación de Cristo.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Sé hoy mensajero de buenas noticias: escribe, llama o visita a alguien que necesita oír una palabra de paz. Y si estás atravesando una humillación o una caída, recuerda que el Siervo fue desfigurado antes de ser exaltado; no confundas el sufrimiento presente con el final de tu historia. Anunciar la paz con la propia vida es la misión más hermosa.

Oración

Señor, gracias por los que me anuncian tu paz. Hazme mensajero alegre de tu salvación y enséñame a esperar la exaltación después de la prueba, confiando en tu promesa. Que mis pies lleven tu paz a quien la necesita. Amén.

Acerca del libro de Isaías

El libro de Isaías es el más extenso de los profetas y uno de los más influyentes de toda la Biblia. Su figura central es Isaías, hijo de Amós, profeta de Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo, en los reinados de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Vivió la amenaza constante del imperio asirio, la crisis de la guerra siroefraimita y el sitio de Jerusalén por Senaquerib.

La obra que lleva su nombre es más amplia que un solo hombre: la investigación bíblica distingue tres grandes secciones, los capítulos 1 al 39, cercanos al profeta del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, escritos para consolar a los deportados en Babilonia; y los capítulos 56 al 66, dirigidos a la comunidad que volvió del destierro. Detrás late una tradición profética viva que conservó y actualizó su palabra a lo largo de los siglos.

El contexto de la alianza recorre todo el libro. Dios había elegido a David y a Sión, y el pueblo debía responder con fidelidad. Cuando esa respuesta falla, Isaías anuncia el juicio: la injusticia social, la idolatría y la confianza en los poderosos traen consecuencias reales. Pero nunca anuncia solo ruina: su gran tema es el resto fiel, el pequeño grupo que Dios preserva, y sobre todo la consolación, porque el Dios santo es también el que consuela a su pueblo y lo lleva en brazos.

Sus temas centrales son la santidad de Dios, la justicia que exige el culto verdadero, el resto fiel, el consuelo del destierro, la misión universal a las naciones y el Siervo del Señor.

Para la fe católica, Isaías enseña que no se puede separar la oración de la justicia y que Dios dirige la historia. Y sobre todo apunta a Cristo: en sus páginas encontramos al Emanuel, Dios con nosotros; el retoño del tronco de Jesé sobre quien reposa el Espíritu; el Siervo sufriente que carga con nuestras culpas y por cuyas heridas somos curados; el ungido que anuncia la buena nueva a los pobres; y la nueva creación. No es casualidad que sea el profeta más citado en el Nuevo Testamento.

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