Isaías
Antiguo Testamento | 66 capítulos | 1291 versículos
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Capítulo 64 de 66Capítulo 64
1 como prende el fuego en la hojarasca, como el fuego hace hervir al agua - para dar a conocer tu nombre a tus adversarios, y hacer temblar a las naciones ante ti,
2 haciendo tú cosas terribles, inesperadas. (Tú descendiste: ante tu faz, los montes se derretirán.)
3 Nunca se oyó. No se oyó decir, ni se escuchó, ni ojo vio a un Dios, sino a ti, que tal hiciese para el que espera en él.
4 Te haces encontradizo de quienes se alegran y practican justicia y recuerdan tus caminos. He aquí que estuviste enojado, pero es que fuimos pecadores; estamos para siempre en tu camino y nos salvaremos.
5 Somos como impuros todos nosotros, como paño inmundo todas nuestras obras justas. Caímos como la hoja todos nosotros, y nuestras culpas como el viento nos llevaron.
6 No hay quien invoque tu nombre, quien se despierte para asirse a ti. Pues encubriste tu rostro de nosotros, y nos dejaste a merced de nuestras culpas.
7 Pues bien, Yahveh, tú eres nuestro Padre. Nosotros la arcilla, y tú nuestro alfarero, la hechura de tus manos todos nosotros.
8 No te irrites, Yahveh, demasiado, ni para siempre recuerdes la culpa. Ea, mira, todos nosotros somos tu pueblo.
9 Tus ciudades santas han quedado desiertas, Sión desierta ha quedado, Jerusalén desolada.
10 Nuestra Casa santa y gloriosa, en donde te alabaron nuestros padres, ha parado en hoguera de fuego, y todas nuestras cosas más queridas han parado en ruinas.
11 ¿Es que ante esto te endurecerás, Yahveh, callarás y nos humillarás sin medida?
Reflexión del capítulo 64
El capítulo sesenta y cuatro es una oración comunitaria de una intensidad extraordinaria. Comienza con un grito de deseo: ojalá rasgaras el cielo y bajaras. El profeta anhela que Dios se manifieste como en los tiempos antiguos, cuando hizo cosas terribles que nadie esperaba, y recuerda que nunca se oyó ni se vio a un Dios que hiciera tanto por quien espera en él. Pero en seguida el tono se vuelve humilde y sincero: el pueblo reconoce su pecado, se compara con un paño manchado y con hojas secas arrastradas por el viento, y confiesa que nadie invoca el nombre de Dios ni se esfuerza por aferrarse a él. Reconoce que Dios está enojado y que el pueblo merece su silencio. Y entonces pronuncia una de las oraciones más entrañables del Antiguo Testamento: sin embargo, tú eres nuestro padre; nosotros somos la arcilla y tú el alfarero, y todos somos obra de tus manos. No te irrites sin medida, no recuerdes siempre nuestra culpa; míranos, porque somos tu pueblo. Enseña que la oración más verdadera nace de la humildad y de la confianza filial, y que reconocerse barro en manos de Dios es el camino de la esperanza. La tradición cristiana leyó esta súplica como un grito de adviento, el anhelo de que Dios venga a salvarnos.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Haz hoy una oración sin adornos: reconoce delante de Dios lo que no va bien en ti y pídele que te modele. Déjate trabajar como el barro en manos del alfarero, sin resistirte. Y si alguien te ha herido, recuerda que también tú eres barro, y trata a los demás con la misma paciencia que pides para ti. Dejarse modelar por Dios es más sabio que endurecerse.
Oración
Señor, tú eres nuestro padre y nosotros la arcilla: moldeame con tus manos. Reconozco mi culpa y te pido que no la recuerdes para siempre. Ven a mi encuentro, porque te espero como el que aguarda el amanecer. Amén.
Acerca del libro de Isaías
El libro de Isaías es el más extenso de los profetas y uno de los más influyentes de toda la Biblia. Su figura central es Isaías, hijo de Amós, profeta de Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo, en los reinados de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Vivió la amenaza constante del imperio asirio, la crisis de la guerra siroefraimita y el sitio de Jerusalén por Senaquerib.
La obra que lleva su nombre es más amplia que un solo hombre: la investigación bíblica distingue tres grandes secciones, los capítulos 1 al 39, cercanos al profeta del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, escritos para consolar a los deportados en Babilonia; y los capítulos 56 al 66, dirigidos a la comunidad que volvió del destierro. Detrás late una tradición profética viva que conservó y actualizó su palabra a lo largo de los siglos.
El contexto de la alianza recorre todo el libro. Dios había elegido a David y a Sión, y el pueblo debía responder con fidelidad. Cuando esa respuesta falla, Isaías anuncia el juicio: la injusticia social, la idolatría y la confianza en los poderosos traen consecuencias reales. Pero nunca anuncia solo ruina: su gran tema es el resto fiel, el pequeño grupo que Dios preserva, y sobre todo la consolación, porque el Dios santo es también el que consuela a su pueblo y lo lleva en brazos.
Sus temas centrales son la santidad de Dios, la justicia que exige el culto verdadero, el resto fiel, el consuelo del destierro, la misión universal a las naciones y el Siervo del Señor.
Para la fe católica, Isaías enseña que no se puede separar la oración de la justicia y que Dios dirige la historia. Y sobre todo apunta a Cristo: en sus páginas encontramos al Emanuel, Dios con nosotros; el retoño del tronco de Jesé sobre quien reposa el Espíritu; el Siervo sufriente que carga con nuestras culpas y por cuyas heridas somos curados; el ungido que anuncia la buena nueva a los pobres; y la nueva creación. No es casualidad que sea el profeta más citado en el Nuevo Testamento.
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