Isaías
Antiguo Testamento | 66 capítulos | 1291 versículos
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Capítulo 25 de 66Capítulo 25
1 Yahveh, tú eres mi Dios, yo te ensalzo, alabo tu nombre, porque has hecho maravillas y planes muy de antemano que no fallan.
2 Porque has puesto la ciudad como un majano, y la villa fortificada, hecha como una ruina; el alcázar de orgullosos no es ya ciudad, y nunca será reedificado.
3 Por eso te glorificará un pueblo poderoso, villa de gentes despóticas te temerá.
4 Porque fuiste fortaleza para el débil, fortaleza para el pobre en su aprieto, parapeto contra el temporal, sombra contra el calor. Porque el aliento de los déspotas es como lluvia de invierno.
5 Como calor en sequedal humillarás el estrépito de los poderosos; como el calor a la sombra de una nube, el himno de los déspotas se debilitará.
6 Hará Yahveh Sebaot a todos los pueblos en este monte un convite de manjares frescos, convite de buenos vinos: manjares de tuétanos, vinos depurados;
7 consumirá en este monte el velo que cubre a todos los pueblos y la cobertura que cubre a todos los gentes;
8 consumirá a la Muerte definitivamente. Enjugará el Señor Yahveh las lágrimas de todos los rostros, y quitará el oprobio de su pueblo de sobre toda la tierra, porque Yahveh ha hablado.
9 Se dirá aquel día: «Ahí tenéis a nuestro Dios: esperamos que nos salve; éste es Yahveh en quien esperábamos; nos regocijamos y nos alegramos por su salvación.»
10 Porque la mano de Yahveh reposará en este monte, Moab será aplastado en su sitio como se aplasta la paja en el muladar.
11 Extenderá en medio de él sus manos como las extiende el nadador al nadar, pero Yahveh abajará su altivez y el esfuerzo de sus manos.
12 La fortificación inacessible de tus murallas derrocará, abajará, la hará tocar la tierra, hasta el polvo.
Reflexión del capítulo 25
El capítulo vigesimoquinto es un cántico de alabanza que responde al juicio del capítulo anterior. El profeta bendice al Señor porque ha realizado sus designios maravillosos, ha derribado la ciudad de los soberbios y se ha convertido en refugio del pobre y del necesitado en su angustia. Es el Dios de los pequeños el que es alabado, no el de los poderosos. La cumbre del capítulo es la imagen del banquete que el Señor prepara sobre el monte para todos los pueblos: un festín de manjares suculentos y vinos añejos, en el que se descorre el velo que cubría a las naciones. Allí el Señor destruye la muerte para siempre, enjuga las lágrimas de todos los rostros y quita el oprobio de su pueblo. La promesa es asombrosa por su universalidad: no se invita a un solo pueblo, sino a todos. Y es asombrosa por su contenido: la muerte misma es vencida. La tradición cristiana leyó este texto como una de las profecías más claras de la victoria de Cristo sobre la muerte, y el Apocalipsis lo retoma al decir que Dios enjugará toda lágrima. La liturgia lo usa como anuncio de la esperanza de la resurrección y del banquete del Reino.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Cuando la tristeza o el duelo te pesen, recuerda la promesa de que la muerte será destruida y toda lágrima enjugada. No es un consuelo vacío: es la meta hacia la que caminas. Hoy elige un gesto de esperanza: acompaña a alguien que sufre o participa conscientemente en la eucaristía, anticipo de ese banquete. La esperanza cristiana no niega el dolor, pero le pone un horizonte.
Oración
Señor, tú preparas un banquete para todos los pueblos y prometes destruir la muerte y enjugar toda lágrima. Dame esperanza en medio del dolor y enséñame a vivir orientado hacia tu Reino. Que nunca pierda la confianza en tu victoria. Amén.
Acerca del libro de Isaías
El libro de Isaías es el más extenso de los profetas y uno de los más influyentes de toda la Biblia. Su figura central es Isaías, hijo de Amós, profeta de Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo, en los reinados de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Vivió la amenaza constante del imperio asirio, la crisis de la guerra siroefraimita y el sitio de Jerusalén por Senaquerib.
La obra que lleva su nombre es más amplia que un solo hombre: la investigación bíblica distingue tres grandes secciones, los capítulos 1 al 39, cercanos al profeta del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, escritos para consolar a los deportados en Babilonia; y los capítulos 56 al 66, dirigidos a la comunidad que volvió del destierro. Detrás late una tradición profética viva que conservó y actualizó su palabra a lo largo de los siglos.
El contexto de la alianza recorre todo el libro. Dios había elegido a David y a Sión, y el pueblo debía responder con fidelidad. Cuando esa respuesta falla, Isaías anuncia el juicio: la injusticia social, la idolatría y la confianza en los poderosos traen consecuencias reales. Pero nunca anuncia solo ruina: su gran tema es el resto fiel, el pequeño grupo que Dios preserva, y sobre todo la consolación, porque el Dios santo es también el que consuela a su pueblo y lo lleva en brazos.
Sus temas centrales son la santidad de Dios, la justicia que exige el culto verdadero, el resto fiel, el consuelo del destierro, la misión universal a las naciones y el Siervo del Señor.
Para la fe católica, Isaías enseña que no se puede separar la oración de la justicia y que Dios dirige la historia. Y sobre todo apunta a Cristo: en sus páginas encontramos al Emanuel, Dios con nosotros; el retoño del tronco de Jesé sobre quien reposa el Espíritu; el Siervo sufriente que carga con nuestras culpas y por cuyas heridas somos curados; el ungido que anuncia la buena nueva a los pobres; y la nueva creación. No es casualidad que sea el profeta más citado en el Nuevo Testamento.
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