Isaías

Antiguo Testamento | 66 capítulos | 1291 versículos

Is

Capítulo 40

1 Consolad, consolad a mi pueblo - dice vuestro Dios.

2 Hablad al corazón de Jerusalén y decidle bien alto que ya ha cumplido su milicia, ya ha satisfecho por su culpa, pues ha recibido de mano de Yahveh castigo doble por todos sus pecados.

3 Una voz clama: «En el desierto abrid camino a Yahveh, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios.

4 Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie.

5 Se revelará la gloria de Yahveh, y toda criatura a una la verá. Pues la boca de Yahveh ha hablado.»

6 Una voz dice: «¡Grita!» Y digo: «¿Qué he de gritar?» - «Toda carne es hierba y todo su esplendor como flor del campo.

7 La flor se marchita, se seca la hierba, en cuanto le dé el viento de Yahveh (pues, cierto, hierba es el pueblo).

8 La hierba se seca, la flor se marchita, mas la palabra de nuestro Dios permanece por siempre.

9 Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén, clama sin miedo. Di a las ciudades de Judá: «Ahí está vuestro Dios.»

10 Ahí viene el Señor Yahveh con poder, y su brazo lo sojuzga todo. Ved que su salario le acompaña, y su paga le precede.

11 Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas.

12 ¿Quién midió los mares con el cuenco de la mano, y abarcó con su palmo la dimensión de los cielos, metió en un tercio de medida el polvo de la tierra, pesó con la romana los montes, y los cerros con la balanza?

13 ¿Quién abarcó el espíritu de Yahveh, y como consejero suyo le enseñó?

14 ¿Con quién se aconsejó, quién le explicó y le enseñó la senda de la justicia, y le enseñó la ciencia, y el camino de la inteligencia le mostró?

15 Las naciones son como gota de un cazo, como escrúpulo de balanza son estimadas. Las islas como una chinita pesan.

16 El Líbano no basta para la quema, ni sus animales para holocausto.

17 Todas las naciones son como nada ante él, como nada y vacío son estimadas por él.

18 Pues ¿con quién asemejaréis a Dios, qué semejanza le aplicaréis?

19 El fundidor funde la estatua, el orfebre con oro la recubre y funde cadenas de plata.

20 El que presenta una ofrenda de pobre escoge madera incorruptible, se busca un hábil artista para erigir una estatua que no vacile.

21 ¿No lo sabíais? ¿No lo habíais oído? ¿No os lo había mostrado desde el principio? ¿No lo entendisteis desde que se fundó la tierra?

22 El está sentado sobre el orbe terrestre, cuyos habitantes son como saltamontes; él expande los cielos como un tul, y los ha desplegado como una tienda que se habita.

23 El aniquila a los tiranos, y a los árbitros de la tierra los reduce a la nada.

24 Apenas han sido plantados, apenas sembrados, apenas arraiga en tierra su esqueje, cuando sopla sobre ellos y se secan, y una ráfaga como tamo se los lleva.

25 ¿Con quién me asemejaréis y seré igualado?, dice el Santo.

26 Alzad a lo alto los ojos y ved: ¿quién ha hecho esto? El que hace salir por orden al ejército celeste, y a cada estrella por su nombre llama. Gracias a su esfuerzo y al vigor de su energía, no falta ni una.

27 ¿Por qué dices, Jacob, y hablas, Israel: «Oculto está mi camino para Yahveh, y a Dios se le pasa mi derecho?»

28 ¿Es que no lo sabes? ¿Es que no lo has oído? Que Dios desde siempre es Yahveh, creador de los confines de la tierra, que no se cansa ni se fatiga, y cuya inteligencia es inescrutable.

29 Que al cansado da vigor, y al que no tiene fuerzas la energía le acrecienta.

30 Los jóvenes se cansan, se fatigan, los valientes tropiezan y vacilan,

31 mintras que a los que esperan en Yahveh él les renovará el vigor, subirán con alas como de águilas, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse.

Reflexión del capítulo 40

El capítulo cuadragésimo abre el llamado libro de la consolación y contiene algunas de las palabras más hermosas de toda la Biblia. Una voz proclama: consolad, consolad a mi pueblo, hablad al corazón de Jerusalén, porque su servidumbre ha terminado y su culpa está perdonada. Después se alza el grito del que prepara el camino del Señor en el desierto, allanando los senderos: una voz que los evangelios aplicarán a Juan el Bautista. El profeta contrasta la fragilidad humana con la firmeza de Dios: toda carne es hierba y su belleza como flor del campo, la hierba se seca y la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre. Luego anuncia la llegada del Señor como un pastor que reúne su rebaño, lleva en brazos a los corderos y guía con cuidado a las ovejas madres. Y termina con una promesa que ha sostenido a generaciones enteras: los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, levantan el vuelo como águilas, corren sin cansarse y caminan sin fatigarse. El capítulo enseña que el consuelo de Dios es real, que su palabra es lo único que permanece y que la esperanza confiada devuelve las fuerzas. La tradición cristiana lo leyó como anuncio de la venida de Cristo.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Si estás agotado, no te exijas más de lo que puedes: date permiso para esperar en Dios y recuperar fuerzas. Hoy elige una forma concreta de descansar en él: una oración pausada, un paseo en silencio, un rato sin pantallas. Y consuela a alguien: di una palabra que levante, como Dios quiere levantar a su pueblo. Consolar es compartir el consuelo que hemos recibido.

Oración

Señor, tú consuelas a tu pueblo y llevas a los corderos en tus brazos. Renueva mis fuerzas cuando estoy cansado y enséñame a esperar en ti. Que tu palabra, que permanece para siempre, sostenga mi esperanza. Amén.

Acerca del libro de Isaías

El libro de Isaías es el más extenso de los profetas y uno de los más influyentes de toda la Biblia. Su figura central es Isaías, hijo de Amós, profeta de Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo, en los reinados de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Vivió la amenaza constante del imperio asirio, la crisis de la guerra siroefraimita y el sitio de Jerusalén por Senaquerib.

La obra que lleva su nombre es más amplia que un solo hombre: la investigación bíblica distingue tres grandes secciones, los capítulos 1 al 39, cercanos al profeta del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, escritos para consolar a los deportados en Babilonia; y los capítulos 56 al 66, dirigidos a la comunidad que volvió del destierro. Detrás late una tradición profética viva que conservó y actualizó su palabra a lo largo de los siglos.

El contexto de la alianza recorre todo el libro. Dios había elegido a David y a Sión, y el pueblo debía responder con fidelidad. Cuando esa respuesta falla, Isaías anuncia el juicio: la injusticia social, la idolatría y la confianza en los poderosos traen consecuencias reales. Pero nunca anuncia solo ruina: su gran tema es el resto fiel, el pequeño grupo que Dios preserva, y sobre todo la consolación, porque el Dios santo es también el que consuela a su pueblo y lo lleva en brazos.

Sus temas centrales son la santidad de Dios, la justicia que exige el culto verdadero, el resto fiel, el consuelo del destierro, la misión universal a las naciones y el Siervo del Señor.

Para la fe católica, Isaías enseña que no se puede separar la oración de la justicia y que Dios dirige la historia. Y sobre todo apunta a Cristo: en sus páginas encontramos al Emanuel, Dios con nosotros; el retoño del tronco de Jesé sobre quien reposa el Espíritu; el Siervo sufriente que carga con nuestras culpas y por cuyas heridas somos curados; el ungido que anuncia la buena nueva a los pobres; y la nueva creación. No es casualidad que sea el profeta más citado en el Nuevo Testamento.

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