Isaías
Antiguo Testamento | 66 capítulos | 1291 versículos
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Capítulo 65 de 66Capítulo 65
1 Me he hecho encontradizo de quienes no preguntaban por mí; me he dejado hallar de quienes no me buscaban. Dije: «Aquí estoy, aquí estoy» a gente que no invocaba mi nombre.
2 Alargué mis manos todo el día hacia un pueblo rebelde que sigue un camino equivocado en pos de sus pensamientos;
3 pueblo que me irrita en mi propia cara de continuo, que sacrifican en los jardines y queman incienso sobre ladrillos;
4 que habitan en tumbas y en antros hacen noche; que comen carne de cerdo y bazofia descompuesta en sus cacharros;
5 los que dicen: «Quédate ahí, no te llegues a mí, que te santificaría.» Estos son humo en mi nariz, fuego que abrasa siempre.
6 Mirad que está escrito delante de mí: no callaré hasta no haber puesto su paga en su seno,
7 la de vuestras culpas y las de vuestros padres juntamente - dice Yahveh - que quemaron incienso en los montes y en las colinas me afrentaron; pero yo voy a medirles la paga de su obra y se la pondré en su seno.
8 Así dice Yahveh: Como cuando se encuentra mosto en el racimo y se dice: «No lo eches a perder, porque es una bendición», así haré yo por amor de mis siervos, evitando destruirlos a todos.
9 Sacaré de Jacob simiente y de Judá heredero de mis montes; los heredarán mis elegidos y mis siervos morarán allí.
10 Sarón será majada de ovejas y el valle de Akor corral de vacas para mi pueblo, los que me buscaron.
11 Mas vosotros, los que abandonáis a Yahveh, los que olvidáis mi monte santo, los que ponéis una mesa a Gad y llenáis una copa a Mení,
12 Yo os destino a la espada y todos vosotros caeréis degollados, porque os llamé y no respondisteis, hablé y no oísteis, sino que hicisteis lo que me desagrada, y lo que no me gusta elegisteis.
13 Por tanto, así dice el Señor Yahveh: Mirad que mis siervos comerán, mas vosotros tendréis hambre; mirad que mis siervos beberán, mas vosotros tendréis sed; mirad que mis siervos se alegrarán, mas vosotros padeceréis vergüenza;
14 mirad que mis siervos cantarán con corazón dichoso, mas vosotros gritaréis con corazón triste, y con espíritu quebrantado gemiréis.
15 Dejaréis vuestro nombre a mis elegidos para que sirva de imprecación: «¡Así te haga morir el Señor Yahveh...!», pero a sus siervos les dará un nombre nuevo
16 tal que, quien desee ser bendecido en la tierra, deseará serlo en el Dios del Amén, y quien jurare en la tierra, jurará en el Dios del Amén; cuando se hayan olvidado las angustias primeras, y cuando estén ocultas a mis ojos.
17 Pues he aquí que yo creo cielos nuevos y tierra nueva, y no serán mentados los primeros ni vendrán a la memoria;
18 antes habrá gozo y regocijo por siempre jamás por lo que voy a crear. Pues he aquí que yo voy a crear a Jerusalén «Regocijo», y a su pueblo «Alegría»;
19 me regocijaré por Jerusalén y me alegraré por mi pueblo, sin que se oiga allí jamás lloro ni quejido.
20 No habrá allí jamás niño que viva pocos días, o viejo que no llene sus días, pues morir joven será morir a los cien años, y el que no alcance los cien años será porque está maldito.
21 Edificarán casas y las habitarán, palatarán viñas y comerán su fruto.
22 No edificarán para que otro habite, no plantarán para que otro coma, pues cuanto vive un árbol vivirá mi pueblo, y mis elegidos disfrutarán del trabajo de sus manos.
23 No se fatigarán en vano ni tendrán hijos para sobresalto, pues serán raza bendita de Yahveh ellos y sus retoños con ellos.
24 Antes que me llamen, yo responderé; aún estarán hablando, y yo les escucharé.
25 Lobo y cordero pacerán a una, el león comerá paja como el buey , y la serpiente se alimentará de polvo, no harán más daño ni perjuicio en todo mi santo monte - dice Yahveh.
Reflexión del capítulo 65
El capítulo sesenta y cinco es la respuesta de Dios a la oración anterior, y comienza con una frase desconcertante: yo estaba dispuesto a dejarme encontrar por quienes no me buscaban. Es la revelación de un Dios que sale al encuentro incluso de un pueblo rebelde que lo provocaba continuamente con sus ritos y sus ídolos. Después el Señor anuncia el juicio sobre los que persistieron en el mal, pero reserva un resto, como un racimo en el que todavía hay jugo. Y entonces pronuncia una de las promesas más grandes de toda la Biblia: voy a crear unos cielos nuevos y una tierra nueva, y no se recordarán las cosas antiguas. La alegría será duradera, porque el mismo Dios se alegrará en Jerusalén y en su pueblo. Ya no habrá llanto ni clamor, no morirán los niños al nacer ni los ancianos antes de tiempo, se edificarán casas y se plantarán viñas y se comerá de su fruto. Y la cumbre llega al final: el lobo y el cordero pacerán juntos, el león se alimentará de paja igual que el buey, y nadie hará daño en todo el monte santo. Enseña que Dios no solo restaura: crea de nuevo, y que su proyecto es una reconciliación total de la creación. La tradición cristiana leyó este texto como anuncio de la nueva creación que se inaugura en Cristo y se consumará al final de los tiempos, como recuerda el Apocalipsis.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Vive hoy como quien ya pertenece a la creación nueva: no te dejes arrastrar por la queja ni por la nostalgia de lo viejo. Planta algo que dé fruto a largo plazo —una relación, un hábito, una obra buena— aunque no veas los resultados. Y trabaja por la reconciliación: sé tú quien haga posible que el lobo y el cordero pacer juntos, empezando por tu entorno. Dios crea de nuevo; nosotros estamos llamados a colaborar con esa novedad.
Oración
Señor, tú creas cielos nuevos y tierra nueva y prometes que no se recordará lo antiguo. Hazme parte de tu nueva creación y ayúdame a vivir desde la esperanza, sembrando hoy lo que florecerá mañana. Amén.
Acerca del libro de Isaías
El libro de Isaías es el más extenso de los profetas y uno de los más influyentes de toda la Biblia. Su figura central es Isaías, hijo de Amós, profeta de Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo, en los reinados de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Vivió la amenaza constante del imperio asirio, la crisis de la guerra siroefraimita y el sitio de Jerusalén por Senaquerib.
La obra que lleva su nombre es más amplia que un solo hombre: la investigación bíblica distingue tres grandes secciones, los capítulos 1 al 39, cercanos al profeta del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, escritos para consolar a los deportados en Babilonia; y los capítulos 56 al 66, dirigidos a la comunidad que volvió del destierro. Detrás late una tradición profética viva que conservó y actualizó su palabra a lo largo de los siglos.
El contexto de la alianza recorre todo el libro. Dios había elegido a David y a Sión, y el pueblo debía responder con fidelidad. Cuando esa respuesta falla, Isaías anuncia el juicio: la injusticia social, la idolatría y la confianza en los poderosos traen consecuencias reales. Pero nunca anuncia solo ruina: su gran tema es el resto fiel, el pequeño grupo que Dios preserva, y sobre todo la consolación, porque el Dios santo es también el que consuela a su pueblo y lo lleva en brazos.
Sus temas centrales son la santidad de Dios, la justicia que exige el culto verdadero, el resto fiel, el consuelo del destierro, la misión universal a las naciones y el Siervo del Señor.
Para la fe católica, Isaías enseña que no se puede separar la oración de la justicia y que Dios dirige la historia. Y sobre todo apunta a Cristo: en sus páginas encontramos al Emanuel, Dios con nosotros; el retoño del tronco de Jesé sobre quien reposa el Espíritu; el Siervo sufriente que carga con nuestras culpas y por cuyas heridas somos curados; el ungido que anuncia la buena nueva a los pobres; y la nueva creación. No es casualidad que sea el profeta más citado en el Nuevo Testamento.
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