Isaías
Antiguo Testamento | 66 capítulos | 1291 versículos
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Capítulo 6 de 66Capítulo 6
1 El año de la muerte del rey Ozías vi al Señor sentado en un trono excelso y elevado, y sus haldas llenaban el templo.
2 Unos serafines se mantenían erguidos por encima de él; cada uno tenía seis alas: con un par se cubrían la faz, con otro par se cubrían los pies, y con el otro par aleteaban,
3 Y se gritaban el uno al otro: «Santo, santo, santo, Yahveh Sebaot: llena está toda la tierra de su gloria.».
4 Se conmovieron los quicios y los dinteles a la voz de los que clamaban, y la Casa se llenó de humo.
5 Y dije: «¡Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros, y entre un pueblo de labios impuros habito: que al rey Yahveh Sebaot han visto mis ojos!»
6 Entonces voló hacia mí uno de los serafines con una brasa en la mano, que con las tenazas había tomado de sobre el altar,
7 y tocó mi boca y dijo: «He aquí que esto ha tocado tus labios: se ha retirado tu culpa, tu pecado está expiado.»
8 Y percibí la voz del Señor que decía: «¿A quién enviaré? ¿y quién irá de parte nuestra»? Dije: «Heme aquí: envíame.»
9 Dijo: «Ve y di a ese pueblo: "Escuchad bien, pero no entendáis, ved bien, pero no comprendáis."
10 Engorda el corazón de ese pueblo hazle duro de oídos, y pégale los ojos, no sea que vea con sus ojos. y oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se convierta y se le cure.»
11 Yo dije: «¿Hasta dónde, Señor?» Dijo: «Hasta que se vacíen las ciudades y queden sin habitantes, las casas sin hombres, la campiña desolada,
12 y haya alejado Yahveh a las gentes, y cunda el abandono dentro del país.
13 Aun el décimo que quede en él volverá a ser devastado como la encina o el roble, en cuya tala queda un tocón: semilla santa será su tocón.»
Reflexión del capítulo 6
El capítulo sexto es el corazón vocacional del libro. Cuando murió el rey Ozías, Isaías contempla al Señor sentado en un trono alto y excelso, con el templo lleno del borde de su manto, mientras los serafines proclaman sin cesar que toda la tierra está llena de su gloria. Ante esa santidad, el profeta se descubre perdido: se sabe hombre de labios impuros y miembro de un pueblo impuro. Pero Dios no lo rechaza: un serafín toma un carbón encendido del altar y le purifica los labios, y la culpa queda borrada. Entonces Isaías escucha la voz divina que busca un mensajero y responde con la frase que resume toda vocación: «aquí estoy, envíame». La misión que recibe es dura: hablará a un pueblo que oirá sin entender y verá sin comprender, porque se ha cerrado a la conversión; solo un resto, el tronco santo, sobrevivirá. El capítulo enseña que la santidad de Dios es el punto de partida de toda misión, que nadie es digno por sí mismo y que la purificación precede al envío. La liturgia cristiana tomó de aquí el «Santo, Santo, Santo» que la Iglesia canta en cada misa.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Antes de hablar de Dios, deja que él purifique tu boca y tu corazón: pide perdón en la confesión o examina tu conciencia con sinceridad. Después responde con generosidad a un servicio concreto que hoy te pide la comunidad. La misión nace de la adoración, no de la propia suficiencia. Di hoy tu propio «aquí estoy». La misión empieza cuando dejamos que Dios nos purifique.
Oración
Santo, Santo, Santo eres, Señor. Reconozco mis labios impuros y te pido que me purifiques. Aquí estoy: envíame a donde quieras, y dame valentía para responder con fe a tu llamada. Que mi vida entera sea un sí a tu voluntad. Amén.
Acerca del libro de Isaías
El libro de Isaías es el más extenso de los profetas y uno de los más influyentes de toda la Biblia. Su figura central es Isaías, hijo de Amós, profeta de Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo, en los reinados de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Vivió la amenaza constante del imperio asirio, la crisis de la guerra siroefraimita y el sitio de Jerusalén por Senaquerib.
La obra que lleva su nombre es más amplia que un solo hombre: la investigación bíblica distingue tres grandes secciones, los capítulos 1 al 39, cercanos al profeta del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, escritos para consolar a los deportados en Babilonia; y los capítulos 56 al 66, dirigidos a la comunidad que volvió del destierro. Detrás late una tradición profética viva que conservó y actualizó su palabra a lo largo de los siglos.
El contexto de la alianza recorre todo el libro. Dios había elegido a David y a Sión, y el pueblo debía responder con fidelidad. Cuando esa respuesta falla, Isaías anuncia el juicio: la injusticia social, la idolatría y la confianza en los poderosos traen consecuencias reales. Pero nunca anuncia solo ruina: su gran tema es el resto fiel, el pequeño grupo que Dios preserva, y sobre todo la consolación, porque el Dios santo es también el que consuela a su pueblo y lo lleva en brazos.
Sus temas centrales son la santidad de Dios, la justicia que exige el culto verdadero, el resto fiel, el consuelo del destierro, la misión universal a las naciones y el Siervo del Señor.
Para la fe católica, Isaías enseña que no se puede separar la oración de la justicia y que Dios dirige la historia. Y sobre todo apunta a Cristo: en sus páginas encontramos al Emanuel, Dios con nosotros; el retoño del tronco de Jesé sobre quien reposa el Espíritu; el Siervo sufriente que carga con nuestras culpas y por cuyas heridas somos curados; el ungido que anuncia la buena nueva a los pobres; y la nueva creación. No es casualidad que sea el profeta más citado en el Nuevo Testamento.
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