Isaías

Antiguo Testamento | 66 capítulos | 1291 versículos

Is

Capítulo 37

1 Cuando lo oyó el rey Ezequías desgarró sus vestidos, se cubrió de sayal y se fue a la Casa de Yahveh.

2 Envió a Elyaquim, mayordomo, a Sebná, secretario, y a los sacerdotes ancianos cubiertos de sayal donde el profeta Isaías, hijo de Amós.

3 Ellos le dijeron: «Así habla Ezequías: Este día es día de angustia, de castigo y de vergüenza. Los hijos están para salir del seno, pero no hay fuerza para dar a luz.

4 ¿No habrá oído Yahveh tu Dios las palabras del copero mayor al que ha enviado el rey de Asur, su señor, para insultar al Dios vivo? ¿No castigará Yahveh tu Dios las palabras que ha oído? Dirige una plegaria en favor del Resto que aún queda!»

5 Cuando los siervos del rey Ezequías llegaron donde Isaías,

6 éste les dijo: «Así diréis a vuestro señor: Esto dice Yahveh: No tengas miedo por las palabras que has oído, con las que me insultaron los criados del rey de Asur.

7 Voy a poner en él un espíritu, oirá una noticia y se volverá a su tierra, y en su tierra yo lo haré caer a espada.»

8 El copero mayor se volvió y encontró al rey de Asur atacando a Libná , pues había oído que había partido de Lakís,

9 porque había recibido esta noticia acerca de Tirhacá, rey de Kus: «Ha salido a guerrear contra ti.» Senaquerib volvió a enviar mensajeros para decir a Ezequías:

10 «Así hablaréis a Ezequías, rey de Judá: No te engañe tu Dios en el que confías pensando: "No será entregada Jerusalén en manos del rey de Asur".

11 Bien has oído lo que los reyes de Asur han hecho a todos los países, entregándolos al anatema, ¡y tú te vas a librar!

12 ¿Acaso los dioses de las naciones salvaron a aquellos que mis padres aniquilaron, a Gozán, a Jarán, a Résef, a los edenitas que estaban en Tel Basar?

13 ¿Dónde está el rey de Jamat, el rey de Arpad, el rey de Laír, de Sefarváyim, de Hená y de Ivvá?»

14 Ezequías tomó la carta de manos de los mensajeros y la leyó. Luego subió a la Casa de Yahveh y Ezequías la desenrolló ante Yahveh.

15 Hizo Ezequías esta plegaria ante Yahveh:

16 «Yahveh Sebaot, Dios de Israel, que estás sobre los Querubines, tú sólo eres Dios en todos los reinos de la tierra, tú el que has hecho los cielos y la tierra.

17 «Tiende, Yahveh, tu oído y escucha; abre, Yahveh, tus ojos y mira. Oye las palabras con que Senaquerib ha enviado a insultar al Dios vivo.

18 Es verdad, Yahveh, que los reyes de Asur han exterminado a todas las naciones y su territorio,

19 y han entregado sus dioses al fuego, porque ellos no son dioses, sino hechuras de mano de hombre, de madera y de piedra, y por eso han sido aniquilados.

20 Ahora, pues, Yahveh, Dios nuestro, sálvanos de su mano, y sabrán todos los reinos de la tierra que sólo tú eres Dios, Yahveh.»

21 Isaías, hijo de Amós, envió a decir a Ezequías: «Así dice Yahveh, Dios de Israel, a quien has suplicado acerca de Senaquerib, rey de Asur.

22 Esta es la palabra que Yahveh pronuncia conta él: Ella te desprecia, ella te hace burla, la virgen hija de Sión. Mueve la cabeza a tus espaldas la hija de Jerusalén.

23 ¿A quién has insultado y blasfemado? ¿Contra quién has alzado tu voz y levantas tus ojos altaneros? ¡Contra el Santo de Israel!

24 Por tus siervos insultas a Adonay y dices: "Con mis muchos carros subo a las cumbres de los montes, a las laderas del Líbano, derribo la altura de sus cedros, la flor de sus cipreses, alcanzo el postrer de sus refugios su jardín del bosque.

25 Yo he cavado y bebido en extranjeras aguas. Secaré bajo la planta de mis pies, todos los Nilos del Egipto."

26 ¿Lo oyes bien? Desde antiguo lo tengo preparado; desde viejos días lo había planeado, ahora lo ejecuto. Tú has convertido en cúmulos de ruinas las fuertes ciudades.

27 Sus habitantes, de débiles manos, confusos y aterrados, son planta del campo, verdor de hierba, hierba de tejados, pasto quemado por el viento de Oriente.

28 Si te alzas o te sientas, si sales o entras, yo lo sé; (y que te alzas airado contra mí).

29 Pues que te alzas airado contra mí y tu arrogancia ha subido a mis oídos, voy a poner mi anillo en tus narices, mi brida en tu boca, y voy a devolverte por la ruta por la que has venido.

30 La señal será ésta: Este año se comerá lo que rebrote, lo que nazca de sí al año siguiente. Al año tercero sembrad y segad, plantad las viñas y comed su fruto.

31 El resto que se salve de la casa de Judá echará raíces por debajo y fruto en lo alto.

32 Pues saldrá un Resto de Jerusalén, y supervivientes del monte Sión; el celo de Yahveh Sebaot lo hará.

33 Por eso, así dice Yahveh del rey de Asiria: No entrará en esta ciudad, no lanzará flechas en ella, no le opondrá escudo, ni alzará en contra de ella empalizada.

34 Volverá por la ruta que ha traído. No entrará en esta ciudad, oráculo de Yahveh.

35 Yo progegeré a esta ciudad para salvarla, por quien soy y por mi siervo David.»

36 Aquella misma noche salió el Angel de Yahveh e hirió en el campamento asirio a ciento ochenta y cinco mil hombres; a la hora de despertarse, por la mañana, no había más que cadáveres.

37 Senaquerib, rey de Asiria, partió y, volviéndose, se quedó en Nínive.

38 Y sucedió que estando él postrado en el templo de su dios Nisrok, sus hijos Adrammélek y Saréser le mataron a espada y se pusieron a salvo en el país de Ararat. Su hijo Asarjaddón reinó en su lugar.

Reflexión del capítulo 37

El capítulo trigesimoséptimo narra la respuesta de Dios a la crisis. Ezequías rasga sus vestiduras, se cubre de saco y entra en el templo, y envía a sus oficiales a consultar al profeta Isaías. Este le responde que no tema las palabras que ha oído, porque el rey de Asiria volverá a su tierra y caerá por la espada. Pero cuando llega una nueva carta amenazante, Ezequías sube al templo, la despliega ante el Señor y pronuncia una oración memorable: reconoce a Dios como el que está sentado sobre los querubines y como el único Dios de todos los reinos de la tierra, y pide ser librado para que todos sepan quién es el Señor. No pide por sí mismo, sino por la gloria de Dios. Isaías transmite entonces el oráculo: el Señor defenderá la ciudad y no será tomada. Esa noche el ángel del Señor hiere el campamento asirio, Senaquerib se retira y es asesinado por sus propios hijos. El capítulo enseña que la oración humilde y confiada tiene un poder real, y que Dios escucha cuando le pedimos lo que honra su nombre. La tradición cristiana leyó este episodio como prueba de que la fe vence donde la fuerza fracasa.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Cuando enfrentes un problema que te supera, sigue el ejemplo de Ezequías: escribe lo que te angustia y ponlo delante de Dios en oración, pidiendo no solo tu alivio, sino que él sea glorificado. Y no te quedes solo: busca la palabra de alguien que te ayude a leer la situación con fe. La oración no es el último recurso, sino el primero.

Oración

Señor, tú estás sentado sobre los querubines y eres el Dios de todos los reinos. Escucha mi oración y defiéndeme, no por mi mérito, sino para que tu nombre sea conocido. Confío en tu poder. Amén.

Acerca del libro de Isaías

El libro de Isaías es el más extenso de los profetas y uno de los más influyentes de toda la Biblia. Su figura central es Isaías, hijo de Amós, profeta de Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo, en los reinados de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Vivió la amenaza constante del imperio asirio, la crisis de la guerra siroefraimita y el sitio de Jerusalén por Senaquerib.

La obra que lleva su nombre es más amplia que un solo hombre: la investigación bíblica distingue tres grandes secciones, los capítulos 1 al 39, cercanos al profeta del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, escritos para consolar a los deportados en Babilonia; y los capítulos 56 al 66, dirigidos a la comunidad que volvió del destierro. Detrás late una tradición profética viva que conservó y actualizó su palabra a lo largo de los siglos.

El contexto de la alianza recorre todo el libro. Dios había elegido a David y a Sión, y el pueblo debía responder con fidelidad. Cuando esa respuesta falla, Isaías anuncia el juicio: la injusticia social, la idolatría y la confianza en los poderosos traen consecuencias reales. Pero nunca anuncia solo ruina: su gran tema es el resto fiel, el pequeño grupo que Dios preserva, y sobre todo la consolación, porque el Dios santo es también el que consuela a su pueblo y lo lleva en brazos.

Sus temas centrales son la santidad de Dios, la justicia que exige el culto verdadero, el resto fiel, el consuelo del destierro, la misión universal a las naciones y el Siervo del Señor.

Para la fe católica, Isaías enseña que no se puede separar la oración de la justicia y que Dios dirige la historia. Y sobre todo apunta a Cristo: en sus páginas encontramos al Emanuel, Dios con nosotros; el retoño del tronco de Jesé sobre quien reposa el Espíritu; el Siervo sufriente que carga con nuestras culpas y por cuyas heridas somos curados; el ungido que anuncia la buena nueva a los pobres; y la nueva creación. No es casualidad que sea el profeta más citado en el Nuevo Testamento.

Compartir

Enlace copiado