Isaías

Antiguo Testamento | 66 capítulos | 1291 versículos

Is

Capítulo 54

1 Grita de júbilo, estéril que no das a luz, rompe en gritos de júbilo y alegría, la que no ha tenido los dolores; que más son los hijos de la abandonada, que los hijos de la casada, dice Yahveh.

2 Ensancha el espacio de tu tienda las cortinas extiende, no te detengas; alarga tus sogas, tus clavijas asegura;

3 porque a derecha e izquierda te expandirás, tu prole heredará naciones y ciudades desoladas poblarán.

4 No temas, que no te avergonzarás, ni te sonrojes, que no quedarás confundida, pues la vergüenza de tu mocedad olvidarás, y la afrenta de tu viudez no recordarás jamás.

5 Porque tu esposo es tu Hacedor, Yahveh Sebaot es su nombre; y el que te rescata, el Santo de Israel, Dios de toda la tierra se llama.

6 Porque como a mujer abandonada y de contristado espíritu, te llamó Yahveh; y la mujer de la juventud ¿es repudiada? - dice tu Dios.

7 Por un breve instante te abandoné, pero con gran compasión te recogeré.

8 En un arranque de furor te oculté mi rostro por un instante, pero con amor eterno te he compadecido - dice Yahveh tu Redentor.

9 Será para mí como en tiempos de Noé: como juré que no pasarían las aguas de Noé más sobre la tierra, así he jurado que no me irritaré mas contra ti ni te amenazaré.

10 Porque los montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará y mi alianza de paz no se moverá - dice Yahveh, que tiene compasión de ti.

11 Pobrecilla, azotada por los vientos, no consolada, mira que yo asiento en carbunclos tus piedras y voy a cimentarte con zafiros.

12 Haré de rubí tus baluartes, tus puertas de piedras de cuarzo y todo tu término de piedras preciosas.

13 Todos tus hijos serán discípulos de Yahveh, y será grande la dicha de tus hijos.

14 En justicia serás consolidada. Manténte lejos de la opresión, pues ya no temerás, y del terror, pues no se acercará a ti.

15 Si alguien te ataca, no será de parte mía; quienquiera que te ataque, contra ti se estrellará.

16 He aquí que yo he creado al herrero, que sopla en el fuego las brasas y saca los instrumentos para su trabajo.

17 Yo he creado al destructor para aniquilar. Ningún arma forjada contra ti tendrá éxito, e impugnarás a toda lengua que se levante a juicio contigo. Tal será la heredad de los siervos de Yahveh y las victorias que alcanzarán por mí - oráculo de Yahveh -.

Reflexión del capítulo 54

El capítulo quincuagesimocuarto es la respuesta luminosa al Siervo sufriente: después de la humillación viene la fecundidad. El profeta invita a cantar a la estéril que no dio a luz, a ensanchar la tienda y alargar las cuerdas, porque los hijos de la abandonada serán más numerosos que los de la casada. La imagen es la de Sión, que se sintió estéril y olvidada durante el destierro, y que ahora recibe la promesa de una descendencia inmensa. El Señor se presenta como el esposo de su pueblo: tu esposo es tu Hacedor, el Santo de Israel es tu redentor. Reconoce que la había abandonado un momento, en un arrebato de ira, pero que ahora la recoge con gran compasión, y compara ese amor con el de Noé: como juré que las aguas no volverían a cubrir la tierra, así juro no volver a irritarme contra ti. Aunque los montes se muevan y las colinas vacilen, su amor no se apartará ni su alianza de paz vacilará. El capítulo termina con una promesa de protección: ningún arma forjada contra ti prosperará, y toda lengua que te acuse será condenada. Enseña que Dios convierte la esterilidad en fecundidad y que su alianza de paz es más firme que la creación misma. La tradición cristiana leyó este texto como anuncio de la nueva Jerusalén y de la Iglesia fecunda.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Si sientes que tu vida no da fruto —una relación estéril, un proyecto fracasado, años perdidos—, escucha la invitación a cantar antes de ver el fruto. Ensancha tu tienda: haz sitio, espera, confía. Y recuerda que ninguna acusación contra ti prosperará si Dios está de tu parte. Dios escribe con frecuencia la fecundidad después de la esterilidad. La esperanza canta antes de ver el fruto.

Oración

Señor, tú eres mi esposo y mi redentor, y tu amor no se aparta de mí. Cuando me sienta estéril u olvidado, ayúdame a confiar en tu promesa y a ensanchar mi corazón. Que tu alianza de paz me sostenga. Amén.

Acerca del libro de Isaías

El libro de Isaías es el más extenso de los profetas y uno de los más influyentes de toda la Biblia. Su figura central es Isaías, hijo de Amós, profeta de Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo, en los reinados de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Vivió la amenaza constante del imperio asirio, la crisis de la guerra siroefraimita y el sitio de Jerusalén por Senaquerib.

La obra que lleva su nombre es más amplia que un solo hombre: la investigación bíblica distingue tres grandes secciones, los capítulos 1 al 39, cercanos al profeta del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, escritos para consolar a los deportados en Babilonia; y los capítulos 56 al 66, dirigidos a la comunidad que volvió del destierro. Detrás late una tradición profética viva que conservó y actualizó su palabra a lo largo de los siglos.

El contexto de la alianza recorre todo el libro. Dios había elegido a David y a Sión, y el pueblo debía responder con fidelidad. Cuando esa respuesta falla, Isaías anuncia el juicio: la injusticia social, la idolatría y la confianza en los poderosos traen consecuencias reales. Pero nunca anuncia solo ruina: su gran tema es el resto fiel, el pequeño grupo que Dios preserva, y sobre todo la consolación, porque el Dios santo es también el que consuela a su pueblo y lo lleva en brazos.

Sus temas centrales son la santidad de Dios, la justicia que exige el culto verdadero, el resto fiel, el consuelo del destierro, la misión universal a las naciones y el Siervo del Señor.

Para la fe católica, Isaías enseña que no se puede separar la oración de la justicia y que Dios dirige la historia. Y sobre todo apunta a Cristo: en sus páginas encontramos al Emanuel, Dios con nosotros; el retoño del tronco de Jesé sobre quien reposa el Espíritu; el Siervo sufriente que carga con nuestras culpas y por cuyas heridas somos curados; el ungido que anuncia la buena nueva a los pobres; y la nueva creación. No es casualidad que sea el profeta más citado en el Nuevo Testamento.

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