Isaías

Antiguo Testamento | 66 capítulos | 1291 versículos

Is

Capítulo 63

1 - ¿Quién es ése que viene de Edom, de Bosrá, con ropaje teñido de rojo? ¿Ese del vestido esplendoroso, y de andar tan esforzado? - Soy yo que hablo con justicia, un gran libertador.

2 - Y ¿por qué está de rojo tu vestido, y tu ropaje como el de un lagarero?

3 - El lagar he pisado yo solo; de mi pueblo no hubo nadie conmigo. Los pisé con ira, los pateé con furia, y salpicó su sangre mis vestidos, y toda mi vestimenta he manchado.

4 ¡Era el día de la venganza que tenía pensada, el año de mi desquite era llegado!

5 Miré bien y no había auxiliador; me asombré de que no hubiera quien apoyase. Así que me salvó mi propio brazo, y fue mi furia la que me sostuvo.

6 Pisoteé a pueblos en mi ira, los pise con furia e hice correr por tierra su sangre.

7 Las misericordias de Yahveh quiero recordar, las alabanzas de Yahveh, por todo lo que nos ha premiado Yahveh, por la gran bondad para la casa de Israel, que tuvo con nosotros en su misericordia, y por la abundancia de sus bondades.

8 Dijo él: «De cierto que ellos son mi pueblo, hijos que no engañarán.» Y fue él su Salvador

9 en todas sus angustias. No fue un mensajero ni un ángel: él mismo en persona los liberó. Por su amor y su compasión él los rescató: los levantó y los llevó todos los días desde siempre.

10 Mas ellos se rebelaron y contristaron a su Espíritu santo, y él se convirtió en su enemigo, guerreó contra ellos.

11 Entonces se acordó de los días antiguos, de Moisés su siervo. ¿Dónde está el que los sacó de la mar, el pastor de su rebaño? ¿Dónde el que puso en él su Espíritu santo,

12 el que hizo que su brazo fuerte marchase al lado de Moisés, el que hendió las aguas ante ellos para hacerse un nombre eterno,

13 el que les hizo andar por los abismos como un caballo por el desierto, sin que tropezaran,

14 cual ganado que desciende al valle? El Espíritu de Yahveh los llevó a descansar. Así guiaste a tu pueblo, para hacerte un nombre glorioso.

15 observa desde los cielos y ve desde tu aposento santo y glorioso. ¿Dónde está tu celo y tu fuerza, la conmoción de tus entrañas? ¿Es que tus entrañas se han cerrado para mí?

16 Porque tú eres nuestro Padre, que Abraham no nos conoce, ni Israel nos recuerda. Tú, Yahveh, eres nuestro Padre, tu nombre es «El que nos rescata» desde siempre.

17 ¿Por qué nos dejaste errar, Yahveh, fuera de tus caminos, endurecerse nuestros corazones lejos de tu temor? Vuélvete, por amor de tus siervos, por las tribus de tu heredad.

18 ¿Por qué el enemigo ha invalido tu santuario, tu santuario han pisoteado nuestros opresores?

19 Somos desde antiguo gente a la que no gobiernas, no se nos llama por tu nombre. ¡Ah si rompieses los cielos y descendieses - ante tu faz los montes se derretirían,

Reflexión del capítulo 63

El capítulo sesenta y tres comienza con una escena sobrecogedora: alguien viene de Edom con las vestiduras manchadas de rojo, con la ropa como el que pisa el lagar. El profeta pregunta quién es, y la respuesta es el propio Señor, que ha pisado el lagar él solo y ha derramado la sangre de los pueblos como un vendimiador. Es la imagen del guerrero divino que juzga a las naciones, y anuncia que la justicia de Dios es implacable con la opresión. Pero el capítulo da después un giro profundo: el profeta recuerda las misericordias del Señor, sus alabanzas, todo lo que ha hecho por su pueblo. Dice que él se hizo su salvador en todas sus angustias, que no fue un enviado ni un ángel, sino el propio Señor quien los salvó, y que por su amor y su compasión los rescató y los llevó en brazos. Este contraste entre el guerrero que juzga y el padre que carga a su hijo es uno de los más ricos del libro. El capítulo termina con una queja: el pueblo reconoce que Dios se ha apartado y pregunta por qué endurece su corazón, pero sigue llamándolo padre y redentor. Enseña que el mismo Dios que juzga el mal es el que salva con ternura, y que incluso en el abandono podemos seguir llamándolo padre. La tradición cristiana leyó el lagar pisado como figura de la pasión de Cristo.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Cuando recuerdes tu propia historia, no te quedes en los errores: haz memoria de las veces en que Dios te sostuvo, como el profeta recuerda sus misericordias. Agradece hoy uno de esos momentos. Y si sientes que él está lejos, no dejes de llamarlo padre; la oración en la sequedad es también un acto de fe. Recordar la misericordia recibida es el mejor antídoto contra el desánimo.

Oración

Señor, tú eres el que me salvó en todas mis angustias y me llevó en brazos por compasión. Gracias por las veces que me has sostenido sin que lo mereciera. Aunque te sienta lejos, sigo llamándote padre y redentor. Amén.

Acerca del libro de Isaías

El libro de Isaías es el más extenso de los profetas y uno de los más influyentes de toda la Biblia. Su figura central es Isaías, hijo de Amós, profeta de Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo, en los reinados de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Vivió la amenaza constante del imperio asirio, la crisis de la guerra siroefraimita y el sitio de Jerusalén por Senaquerib.

La obra que lleva su nombre es más amplia que un solo hombre: la investigación bíblica distingue tres grandes secciones, los capítulos 1 al 39, cercanos al profeta del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, escritos para consolar a los deportados en Babilonia; y los capítulos 56 al 66, dirigidos a la comunidad que volvió del destierro. Detrás late una tradición profética viva que conservó y actualizó su palabra a lo largo de los siglos.

El contexto de la alianza recorre todo el libro. Dios había elegido a David y a Sión, y el pueblo debía responder con fidelidad. Cuando esa respuesta falla, Isaías anuncia el juicio: la injusticia social, la idolatría y la confianza en los poderosos traen consecuencias reales. Pero nunca anuncia solo ruina: su gran tema es el resto fiel, el pequeño grupo que Dios preserva, y sobre todo la consolación, porque el Dios santo es también el que consuela a su pueblo y lo lleva en brazos.

Sus temas centrales son la santidad de Dios, la justicia que exige el culto verdadero, el resto fiel, el consuelo del destierro, la misión universal a las naciones y el Siervo del Señor.

Para la fe católica, Isaías enseña que no se puede separar la oración de la justicia y que Dios dirige la historia. Y sobre todo apunta a Cristo: en sus páginas encontramos al Emanuel, Dios con nosotros; el retoño del tronco de Jesé sobre quien reposa el Espíritu; el Siervo sufriente que carga con nuestras culpas y por cuyas heridas somos curados; el ungido que anuncia la buena nueva a los pobres; y la nueva creación. No es casualidad que sea el profeta más citado en el Nuevo Testamento.

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