Isaías
Antiguo Testamento | 66 capítulos | 1291 versículos
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Capítulo 57 de 66Capítulo 57
1 El justo perece, y no hay quien haga caso; los hombres buenos son arrebatados, y no hay quien lo considere. Cuando ante la desgracia es arrebatado el justo,
2 se va en paz. ¡Descansen en sus lechos todos los que anduvieron en camino recto!
3 Pero vosotros venid acá, hijos de hechicera, raza adúltera que te prostituyes:
4 ¿De quién os mofáis? ¿Contra quién abrís la boca y sacáis la lengua? ¿No sois vosotros engendros de pecado, prole bastarda?
5 Los que entráis en calor entre terebintos, bajo cualquier árbol frondoso, degolladores de niños en las torrenteras, debajo de los resquicios de las peñas.
6 En las piedras lisas del torrente tengas tu parte: ¡ellas, ellas te toquen en suerte! Que también sobre ellas vertiste libaciones, hiciste oblación. ¿Acaso con estas cosas me voy a aplacar?
7 Sobre montaña alta y empinada pusiste tu lecho. Hasta allí subiste a hacer el sacrificio.
8 Detrás de la puerta y de la jamba pusiste tu memorial. Sí, te desnudaste, subiste, y no conmigo, a tu lecho, y lo extendiste. Llegaste a un acuerdo con aquellos con quienes te plugo acostarte, mirando el monumento.
9 Te has acercado con aceite para Mélek, multiplicaste tus aromas. Enviaste a tus emisarios muy lejos, y los hiciste bajar hasta el seol.
10 De tanto caminar te cansaste, pero sin decir: «Me rindo.» Hallaste el vigor de tu mano, y así no quedaste debilitada.
11 Pues bien, ¿de quién te asustaste y tuviste miedo, que fuiste embustera, y de mí no te acordaste, no hiciste caso de ello? ¿No es que porque me callé desde siempre, a mí no me temiste?
12 Yo voy a denunciar tu virtud y tus hechos, y no te aprovecharán.
13 Cuando grites, que te salven los reunidos en torno a ti, que a todos ellos los llevará el viento, los arrebatará el aire. Pero aquel que se ampare en mí poseerá la tierra y heredará mi monte santo.
14 Entonces se dirá: Reparad, reparad, abrid camino, quitad los obstáculos del camino de mi pueblo.
15 Que así dice el Excelso y Sublime, el que mora por siempre y cuyo nombre es Santo. «En lo excelso y sagrado yo moro, y estoy también con el humillado y abatido de espíritu, para avivar el espíritu de los abatidos, para avivar el ánimo de los humillados.
16 Pues no disputaré por siempre ni estaré eternamente enojado, pues entonces el espíritu ante mí desmayaría y las almas que yo he creado.
17 Por culpa de su codicia me enojé y le herí, ocultándome en mi enojo. Pero el rebelde seguía su capricho.
18 Sus caminos vi. Yo le curaré y le guiaré, y le daré ánimos a él y a los que con él lloraban,
19 poniendo alabanza en los labios: ¡Paz, paz al de lejos y al de cerca! - dice Yahveh -. Yo le curaré.»
20 Los malos son como mar agitada cuando no puede calmarse, cuyas aguas lanzan cieno y lodo.
21 «No hay paz para los malvados» - dice mi Dios -.
Reflexión del capítulo 57
El capítulo quincuagesimoséptimo comienza con una observación amarga: el justo perece y nadie lo toma a pecho, los hombres de bien son arrebatados y nadie comprende que es a causa del mal, y que entran en la paz. Después el profeta denuncia con dureza la idolatría de su pueblo, que busca a otros dioses bajo los árboles y en los valles, y que se ha cansado de tanto vagar sin encontrar descanso. Reprocha también a los que se creen justos y desprecian a los demás, ayunando y discutiendo al mismo tiempo. Pero en medio de esas acusaciones aparece una de las afirmaciones más hermosas de todo el libro: así dice el Alto y Sublime, el que habita la eternidad: yo habito en lo alto y en lo santo, y también con el contrito y humilde de espíritu, para reanimar el corazón de los humildes. Es el Dios que une la trascendencia más absoluta con la cercanía más tierna. El capítulo termina con una promesa de sanación y de paz: he visto sus caminos, los curaré, los guiaré y les daré consuelo, paz al que está lejos y al que está cerca. Enseña que Dios se inclina hacia los humildes y que la paz es don suyo, no conquista del orgullo. La tradición cristiana leyó este texto como anuncio de la misericordia de Cristo, que habita con los pequeños.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Reconoce hoy tu propia pobreza interior: no te presentes ante Dios como el que ya está bien. Acércate a él como contrito y humilde, y pídele que reanime tu corazón cansado. Y no desprecies a nadie: la cercanía a Dios se mide por la humildad, no por el mérito. Dios está más cerca del humilde que del que se cree justo.
Oración
Señor, Alto y Sublime, tú habitas también con el humilde y el contrito. Sana mi corazón cansado y dame tu paz. Enséñame a acercarme a ti con sencillez y a no despreciar a nadie. Amén.
Acerca del libro de Isaías
El libro de Isaías es el más extenso de los profetas y uno de los más influyentes de toda la Biblia. Su figura central es Isaías, hijo de Amós, profeta de Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo, en los reinados de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Vivió la amenaza constante del imperio asirio, la crisis de la guerra siroefraimita y el sitio de Jerusalén por Senaquerib.
La obra que lleva su nombre es más amplia que un solo hombre: la investigación bíblica distingue tres grandes secciones, los capítulos 1 al 39, cercanos al profeta del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, escritos para consolar a los deportados en Babilonia; y los capítulos 56 al 66, dirigidos a la comunidad que volvió del destierro. Detrás late una tradición profética viva que conservó y actualizó su palabra a lo largo de los siglos.
El contexto de la alianza recorre todo el libro. Dios había elegido a David y a Sión, y el pueblo debía responder con fidelidad. Cuando esa respuesta falla, Isaías anuncia el juicio: la injusticia social, la idolatría y la confianza en los poderosos traen consecuencias reales. Pero nunca anuncia solo ruina: su gran tema es el resto fiel, el pequeño grupo que Dios preserva, y sobre todo la consolación, porque el Dios santo es también el que consuela a su pueblo y lo lleva en brazos.
Sus temas centrales son la santidad de Dios, la justicia que exige el culto verdadero, el resto fiel, el consuelo del destierro, la misión universal a las naciones y el Siervo del Señor.
Para la fe católica, Isaías enseña que no se puede separar la oración de la justicia y que Dios dirige la historia. Y sobre todo apunta a Cristo: en sus páginas encontramos al Emanuel, Dios con nosotros; el retoño del tronco de Jesé sobre quien reposa el Espíritu; el Siervo sufriente que carga con nuestras culpas y por cuyas heridas somos curados; el ungido que anuncia la buena nueva a los pobres; y la nueva creación. No es casualidad que sea el profeta más citado en el Nuevo Testamento.
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