Isaías
Antiguo Testamento | 66 capítulos | 1291 versículos
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Capítulo 8 de 66Capítulo 8
1 Yahveh me dijo: «Toma una placa grande, escribe en ella con buril: de Maher Salal Jas Baz,
2 y toma por fieles testigos míos al sacerdote Urías y a Zacarías, hijo de Baraquías.»
3 Me acerqué a la profetisa, que concibió y dio a luz un hijo, Yahveh me dijo: «Llámale Maher Salal Jas Baz,
4 pues antes que sepa el niño decir "papá" y "mamá", la riqueza de Damasco y el botín de Samaría serán llevados ante el rey de Asur.»
5 Volvió Yahveh a hablarme de nuevo:
6 «Porque ha rehusado ese pueblo las aguas de Siloé que van de vagar y se ha desmoralizado ante Rasón y el hijo de Remalías,
7 por lo mismo, he aquí que el Señor hace subir contra ellos las aguas del Río embravecidas y copiosas. Desbordará por todos sus cauces, (el rey de Asur y todo su esplendor) invadirá todas sus riberas.
8 Seguirá por Judá anegando a su paso, hasta llegar al cuello. Y la envergadura de sus alas abarcará la anchura de tu tierra, Emmanuel.
9 Sabedlo, pueblos: seréis destrozados; escuchad, confines todos de la tierra; en guardia: seréis destrozados; en guardia: seréis destrozados.
10 Trazad un plan: fracasará. Decid una palabra: no se cumplirá. Porque con nosotros está Dios.
11 Pues así me ha dicho Yahveh cuando me tomó de la mano y me apartó de seguir por el camino de ese pueblo:
12 No llaméis conspiración a lo que ese pueblo llama conspiración, ni temáis ni tembléis de lo que él teme.
13 A Yahveh Sebaot, a ése tened por santo, sea él vuestro temor y él vuestro temblor.
14 Será un santuario y piedra de tropiezo y peña de escándalo para entrambas Casas de Israel; lazo y trampa para los moradores de Jerusalén.
15 Allí tropezarán muchos, caerán, se estrellarán y serán atrapados y presos.
16 Envuelve el testimonio, sella la enseñanza entre mis discípulos.
17 Aguardaré por Yahveh, el que vela su faz de la casa de Jacob, y esperaré por él.
18 Aquí estamos yo y los hijos que me ha dado Yahveh, por señales y pruebas en Israel, de parte de Yahveh Sebaot, el que reside en el monte Sión.
19 Y cuando os dijeren: «Consultad a los nigromantes y a los adivinos que bisbisean y murmujean; ¿es que no consulta un pueblo a sus dioses, por los vivos a los muertos?»:
20 en pro de la enseñanza y el testimonio ¡Vaya si dirán cosa tal! Lo que no tiene provecho.
21 Pasará por allí lacerado y hambriento, y así que le dé el hambre, se enojará y faltará a su rey y a su Dios. Volverá el rostro a lo alto,
22 la tierra oteará, y sólo habrá cerrazón y negrura, lobreguez prieta y tiniebla espesa.
23 Pues, ¿no hay lobreguez para quien tiene apretura? Como el tiempo primero ultrajó a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí, así el postrero honró el camino del mar, allende el Jordán, el distrito de los Gentiles.
Reflexión del capítulo 8
El capítulo octavo continúa el anuncio del juicio con una señal viviente: Isaías debe poner a su hijo el nombre de Maher Salal Jas Baz, que significa «pronto al saqueo, presto a la presa», porque antes de que el niño aprenda a decir padre y madre, las riquezas de Damasco y el despojo de Samaria acabarán en manos del rey de Asiria. La amenaza se describe como un río caudaloso que desborda su cauce y llega hasta el cuello de Judá. Pero en medio de ese panorama sombrío aparece una de las afirmaciones más profundas del libro: el Señor es santuario, pero también piedra de tropiezo y roca de escándalo para las dos casas de Israel. Es decir, la misma presencia de Dios salva a unos y hace caer a otros, según la disposición de su corazón. El profeta exhorta a no llamar conspiración a todo lo que el pueblo teme, y a temer solo al Señor, guardando su enseñanza como un sello entre los discípulos. El texto enseña que la verdadera seguridad no está en calcular las amenazas, sino en confiar en Aquel que permanece cuando todo se derrumba. La Iglesia vio en esa piedra de tropiezo una figura de Cristo, piedra angular y a la vez escándalo para quien no cree.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Identifica hoy qué amenaza te quita la paz: la economía, la salud, la opinión de los demás. Nombra ese miedo ante Dios y decide no dejar que gobierne tus decisiones. Busca un momento de silencio para escuchar su palabra y actúa con serenidad, sabiendo quién sostiene tu vida. El que teme al Señor no vive esclavo de las malas noticias.
Oración
Señor, tú eres mi santuario y mi roca. No permitas que el miedo a las amenazas del mundo me aparte de ti. Sella tu enseñanza en mi corazón y dame serenidad para confiar en tu presencia. Amén.
Acerca del libro de Isaías
El libro de Isaías es el más extenso de los profetas y uno de los más influyentes de toda la Biblia. Su figura central es Isaías, hijo de Amós, profeta de Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo, en los reinados de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Vivió la amenaza constante del imperio asirio, la crisis de la guerra siroefraimita y el sitio de Jerusalén por Senaquerib.
La obra que lleva su nombre es más amplia que un solo hombre: la investigación bíblica distingue tres grandes secciones, los capítulos 1 al 39, cercanos al profeta del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, escritos para consolar a los deportados en Babilonia; y los capítulos 56 al 66, dirigidos a la comunidad que volvió del destierro. Detrás late una tradición profética viva que conservó y actualizó su palabra a lo largo de los siglos.
El contexto de la alianza recorre todo el libro. Dios había elegido a David y a Sión, y el pueblo debía responder con fidelidad. Cuando esa respuesta falla, Isaías anuncia el juicio: la injusticia social, la idolatría y la confianza en los poderosos traen consecuencias reales. Pero nunca anuncia solo ruina: su gran tema es el resto fiel, el pequeño grupo que Dios preserva, y sobre todo la consolación, porque el Dios santo es también el que consuela a su pueblo y lo lleva en brazos.
Sus temas centrales son la santidad de Dios, la justicia que exige el culto verdadero, el resto fiel, el consuelo del destierro, la misión universal a las naciones y el Siervo del Señor.
Para la fe católica, Isaías enseña que no se puede separar la oración de la justicia y que Dios dirige la historia. Y sobre todo apunta a Cristo: en sus páginas encontramos al Emanuel, Dios con nosotros; el retoño del tronco de Jesé sobre quien reposa el Espíritu; el Siervo sufriente que carga con nuestras culpas y por cuyas heridas somos curados; el ungido que anuncia la buena nueva a los pobres; y la nueva creación. No es casualidad que sea el profeta más citado en el Nuevo Testamento.
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