Isaías
Antiguo Testamento | 66 capítulos | 1291 versículos
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Capítulo 18 de 66Capítulo 18
1 ¡Ay, tierra de susurro de alas, la de allende los ríos de Kus,
2 la que envía por mar embajadores, y en barcos de juncos sobre la haz de las aguas! Id, mensajeros ligeros, a la nación esbelta y de brillante piel, al pueblo temible desde siempre, nación vigorosa y dominadora, cuya tierra surcan ríos.
3 Todos los moradores del orbe y habitantes de la tierra, al izarse pendón en los montes, mirad, al tañerse el cuerno, escuchad;
4 que así me ha dicho Yahveh: Estaré quedo y observaré desde mi puesto, como calor ardiente al brillar la luz, como nube de rocío en el calor de la siega.
5 Pues antes de la siega, al acabar la floración, cuando su fruto en cierne comience a madurar, cortará los sarmientos con la podadera y los pámpanos viciosos arrancará y podará.
6 Serán dejados juntamente a merced de las aves rapaces de los montes y de las bestias de la tierra; pasarán allí el verano las rapaces y toda bestia terrestre allí invernará.
7 En aquel tiempo se presentará un obsequio a Yahveh Sebaot, al lugar del nombre de Yahveh Sebaot, el monte Sión, de parte de un pueblo esbelto y de brillante piel, y de parte de un pueblo temible desde siempre, nación vigorosa y dominadora, cuya tierra surcan ríos.
Reflexión del capítulo 18
El capítulo decimoctavo se dirige a Cus, la tierra al sur de Egipto, hoy Etiopía y Sudán, famosa por sus ríos y por un pueblo de gran estatura. Isaías contempla a sus mensajeros que cruzan el mar en barcas ligeras y les dirige una palabra serena: el Señor observa desde su morada en silencio, como el calor ardiente antes de la cosecha, y cuando llegue el momento cortará los sarmientos y dejará el fruto a las aves del cielo y a las bestias de la tierra. La imagen es la de una siega que llega a su tiempo: la paciencia de Dios no es indiferencia, sino espera. El capítulo termina con una escena inesperada y hermosa: en aquel tiempo se traerán presentes al Señor de los ejércitos hasta el monte Sión, enviados por un pueblo alto y de piel lustrosa. Un pueblo lejano, extranjero, se pone en camino hacia la casa de Dios. El capítulo enseña que la paciencia divina deja espacio a la conversión, y que la salvación está destinada a todos los pueblos, incluso a los más remotos. La Iglesia leyó aquí un anuncio de la universalidad de la fe, que llega a todas las naciones.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Aprende hoy a esperar sin desesperar: si algo que pides tarda, no concluyas que Dios no escucha. Confía en su tiempo y sigue haciendo el bien. Y reza por un pueblo o una región del mundo que está lejos de la fe, para que también ellos se pongan en camino hacia Dios. La paciencia de Dios es también una invitación a la nuestra.
Oración
Señor, tú observas en silencio y actúas a su tiempo. Enséñame a esperar con confianza y a no desesperar cuando tarda tu respuesta. Que tu salvación llegue también a los pueblos más lejanos. Enséñame a confiar en tus tiempos. Amén.
Acerca del libro de Isaías
El libro de Isaías es el más extenso de los profetas y uno de los más influyentes de toda la Biblia. Su figura central es Isaías, hijo de Amós, profeta de Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo, en los reinados de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Vivió la amenaza constante del imperio asirio, la crisis de la guerra siroefraimita y el sitio de Jerusalén por Senaquerib.
La obra que lleva su nombre es más amplia que un solo hombre: la investigación bíblica distingue tres grandes secciones, los capítulos 1 al 39, cercanos al profeta del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, escritos para consolar a los deportados en Babilonia; y los capítulos 56 al 66, dirigidos a la comunidad que volvió del destierro. Detrás late una tradición profética viva que conservó y actualizó su palabra a lo largo de los siglos.
El contexto de la alianza recorre todo el libro. Dios había elegido a David y a Sión, y el pueblo debía responder con fidelidad. Cuando esa respuesta falla, Isaías anuncia el juicio: la injusticia social, la idolatría y la confianza en los poderosos traen consecuencias reales. Pero nunca anuncia solo ruina: su gran tema es el resto fiel, el pequeño grupo que Dios preserva, y sobre todo la consolación, porque el Dios santo es también el que consuela a su pueblo y lo lleva en brazos.
Sus temas centrales son la santidad de Dios, la justicia que exige el culto verdadero, el resto fiel, el consuelo del destierro, la misión universal a las naciones y el Siervo del Señor.
Para la fe católica, Isaías enseña que no se puede separar la oración de la justicia y que Dios dirige la historia. Y sobre todo apunta a Cristo: en sus páginas encontramos al Emanuel, Dios con nosotros; el retoño del tronco de Jesé sobre quien reposa el Espíritu; el Siervo sufriente que carga con nuestras culpas y por cuyas heridas somos curados; el ungido que anuncia la buena nueva a los pobres; y la nueva creación. No es casualidad que sea el profeta más citado en el Nuevo Testamento.
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