Isaías
Antiguo Testamento | 66 capítulos | 1291 versículos
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Capítulo 27 de 66Capítulo 27
1 Aquel día castigará Yahveh con su espada dura, grande, fuerte, a Leviatán, serpiente huidiza, a Leviatán, serpiente tortuosa, y matará al dragón que hay en el mar.
2 Aquel día se dirá: Viña deliciosa, cantadla.
3 Yo, Yahveh, soy su guardián. A su tiempo la regaré. Para que no se la castigue, de noche y de día la guardaré.
4 - Ya no tengo muralla. ¿Quién me ha convertido en espinos y abrojos? - Yo les haré guerra y los pisotearé, los quemaré todos a una,
5 o que se acojan a mi amparo, que hagan la paz conmigo, que conmigo hagan la paz.
6 En los días que vienen arraigará Jacob, echará Israel flores y frutos, y se llenará la haz de la tierra de sus productos.
7 ¿Acaso le ha herido como hirió a quien le hería? ¿ha sido muerto él como fueron muertos sus matadores?
8 Te querellaste con ella y la echaste, la despediste; la echó con su aliento áspero como viento de Oriente.
9 En verdad, con esto sería expiada la culpa de Jacob, y éste sería todo el fruto capaz de apartar su pecado; dejar todas las piedras que le sirven de ara de altar como piedras de cal desmenuzadas. Cipos y estelas del sol no se erigirán,
10 pues la ciudad fortificada ha quedado solitaria, mansión dejada y abandonada como un desierto donde el novillo pace, se tumba y ramonea.
11 Cuando se seca su ramaje es quebrado en astillas: vienen mujeres y le prenden fuego. Por no ser éste un pueblo inteligente, por eso no le tiene piedad su Hacedor, su Plasmador no le otorga gracia.
12 Aquel día vareará Yahveh desde la corriente del Río hasta el torrente de Egipto, y vosotros seréis reunidos de uno en uno, hijos de Israel.
13 Aquel día se tocará un cuerno grande, y vendrán los perdidos por tierra de Asur y los dispersos por tierra de Egipto, y adorarán a Yahveh en el monte santo de Jerusalén.
Reflexión del capítulo 27
El capítulo vigesimoséptimo cierra la sección apocalíptica con tres imágenes muy distintas. La primera presenta al Señor con su espada dura, grande y fuerte, castigando a Leviatán, la serpiente fugaz y tortuosa, el dragón que habita en el mar: un símbolo del caos y de las fuerzas hostiles que se oponen a Dios. La segunda retoma la imagen de la viña, pero ahora en clave de esperanza: el Señor la cuida, la riega a cada momento y la guarda de día y de noche, y su furor ha cesado. La tercera describe el día en que se tocará la gran trompeta y volverán los que estaban perdidos en Asiria y en Egipto, para adorar al Señor en el monte santo de Jerusalén. El capítulo enseña que Dios no solo juzga: también protege, cultiva y reúne. Su amor por su pueblo es paciente y vigilante, y su meta final es la comunión de todos los dispersos en su presencia. La tradición cristiana leyó la victoria sobre Leviatán como figura de la victoria de Cristo sobre el mal, y la trompeta final como anuncio de la reunión de los elegidos en el último día.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Confía hoy en que Dios cuida de tu vida con una atención constante, incluso cuando no lo notas. Si te sientes disperso o lejos, recuerda que él trabaja para reunirte. Da un paso hacia la comunidad: participa en la misa, busca a tu grupo, reconcilíate con alguien. La fe se sostiene también juntos; Dios no solo te juzga, te cultiva y te espera.
Oración
Señor, tú vences el caos y cuidas tu viña con paciencia. Gracias porque no dejas de protegerme ni de buscarme. Reúne a los que están dispersos y haz que yo vuelva siempre a ti. Amén.
Acerca del libro de Isaías
El libro de Isaías es el más extenso de los profetas y uno de los más influyentes de toda la Biblia. Su figura central es Isaías, hijo de Amós, profeta de Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo, en los reinados de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Vivió la amenaza constante del imperio asirio, la crisis de la guerra siroefraimita y el sitio de Jerusalén por Senaquerib.
La obra que lleva su nombre es más amplia que un solo hombre: la investigación bíblica distingue tres grandes secciones, los capítulos 1 al 39, cercanos al profeta del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, escritos para consolar a los deportados en Babilonia; y los capítulos 56 al 66, dirigidos a la comunidad que volvió del destierro. Detrás late una tradición profética viva que conservó y actualizó su palabra a lo largo de los siglos.
El contexto de la alianza recorre todo el libro. Dios había elegido a David y a Sión, y el pueblo debía responder con fidelidad. Cuando esa respuesta falla, Isaías anuncia el juicio: la injusticia social, la idolatría y la confianza en los poderosos traen consecuencias reales. Pero nunca anuncia solo ruina: su gran tema es el resto fiel, el pequeño grupo que Dios preserva, y sobre todo la consolación, porque el Dios santo es también el que consuela a su pueblo y lo lleva en brazos.
Sus temas centrales son la santidad de Dios, la justicia que exige el culto verdadero, el resto fiel, el consuelo del destierro, la misión universal a las naciones y el Siervo del Señor.
Para la fe católica, Isaías enseña que no se puede separar la oración de la justicia y que Dios dirige la historia. Y sobre todo apunta a Cristo: en sus páginas encontramos al Emanuel, Dios con nosotros; el retoño del tronco de Jesé sobre quien reposa el Espíritu; el Siervo sufriente que carga con nuestras culpas y por cuyas heridas somos curados; el ungido que anuncia la buena nueva a los pobres; y la nueva creación. No es casualidad que sea el profeta más citado en el Nuevo Testamento.
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