Isaías
Antiguo Testamento | 66 capítulos | 1291 versículos
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Capítulo 60 de 66Capítulo 60
1 ¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz, y la gloria de Yahveh sobre ti ha amanecido!
2 Pues mira cómo la oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos, mas sobre ti amanece Yahveh y su gloria sobre ti aparece.
3 Caminarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu alborada.
4 Alza los ojos en torno y mira: todos se reúnen y vienen a ti. Tus hijos vienen de lejos, y tus hijas son llevadas en brazos.
5 Tú entonces al verlo te pondrás radiante, se estremecerá y se ensanchará tu corazón, porque vendrán a ti los tesoros del mar, las riquezas de las naciones vendrán a ti.
6 Un sin fin de camellos te cubrirá, jóvenes dromedarios de Madián y Efá. Todos ellos de Sabá vienen portadores de oro e incienso y pregonando alabanzas a Yahveh.
7 Todas las ovejas de Quedar se apiñarán junto a ti, los machos cabríos de Nebayot estarán a tu servicio. Subirán en holocausto agradable a mi altar, y mi hermosa Casa hermosearé aún más.
8 ¿Quiénes son éstos que como nube vuelan, como palomas a sus palomares?
9 Los barcos se juntan para mí, los navíos de Tarsis en cabeza, para traer a tus hijos de lejos, junto con su plata y su oro, por el nombre de Yahveh tu Dios y por el Santo de Israel, que te hermosea.
10 Hijos de extranjeros construirán tus muros, y sus reyes se pondrán a tu servicio, porque en mi cólera te herí, pero en mi benevolencia he tenido compasión de ti.
11 Abiertas estarán tus puertas de continuo; ni de día ni de noche se cerrarán, para dejar entrar a ti las riquezas de las naciones, traídas por sus reyes.
12 Pues la nación y el reino que no se sometan a ti perecerán, esas naciones serán arruinadas por completo.
13 La gloria del Líbano vendrá a ti, el ciprés, el olmo y el boj a una, a embellecer mi Lugar Santo y honrar el lugar donde mis pies reposan.
14 Acudirán a ti encorvados los hijos de los que te humillaban, se postrarán a tus pies todos los que te menospreciaban, y te llamarán la Ciudad de Yahveh, la Sión del Santo de Israel.
15 En vez de estar tú abandonada, aborrecida y sin viandantes, yo te convertiré en lozanía eterna, gozo de siglos y siglos.
16 Te nutrirás con la leche de las naciones, con las riquezas de los reyes serás amamantada, y sabrás que yo soy Yahveh tu Salvador, y el que rescata, el Fuerte de Jacob.
17 En vez de bronce traeré oro, en vez de hierro traeré plata, en vez de madera, bronce, y en vez de piedras, hierro. Te pondré como gobernantes la Paz, y por gobierno la Justicia.
18 No se oirá más hablar de violencia en tu tierra, ni de despojo o quebranto en tus fronteras, antes llamarás a tus murallas «Salvación» y a tus puertas «Alabanza».
19 No será para ti ya nunca más el sol luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará de noche, sino que tendrás a Yahveh por luz eterna, y a tu Dios por tu hermosura.
20 No se pondrá jamás tu sol, ni tu luna menguará, pues Yahveh será para ti luz eterna, y se habrán acabado los días de tu luto.
21 Todos los de tu pueblo serán justos, para siempre heredarán la tierra; retoño de mis plantaciones, obra de mis manos para manifestar mi gloria.
22 El más pequeño vendrá a ser un millar, el más chiquito, una nación poderosa. Yo, Yahveh, a su tiempo me apresuraré a cumplirlo.
Reflexión del capítulo 60
El capítulo sexagésimo es uno de los más luminosos del libro. Comienza con una invitación imperiosa: levántate y resplandece, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor amanece sobre ti. La oscuridad cubre la tierra y los pueblos, pero sobre Sión amanece el Señor y su gloria se deja ver. A esa luz acuden las naciones y los reyes, y el profeta describe una peregrinación inmensa: los hijos e hijas que vuelven de lejos, los camellos de Madián y Efá, los tesoros del mar y las riquezas de los pueblos traídos a la ciudad santa. Los extranjeros reconstruirán sus murallas y sus reyes la servirán. El texto anuncia que las puertas de la ciudad estarán siempre abiertas, de día y de noche, para que entren las riquezas de las naciones, y que ya no habrá más violencia ni devastación. La cumbre del capítulo llega al final: no necesitarás el sol ni la luna, porque el Señor será tu luz eterna, y tus días de luto habrán terminado. Enseña que la salvación de Dios es universal y que su luz transforma la ciudad y la historia. La tradición cristiana leyó este texto como anuncio de la gloria de la nueva Jerusalén y de la Epifanía, y el Apocalipsis lo retoma al describir la ciudad que no necesita sol.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Levántate hoy y resplandece: no escondas tu fe ni tu alegría. Deja que tu manera de vivir atraiga a otros hacia Dios, como la luz atrae a los que caminan en la oscuridad. Y abre tus puertas: acoge, comparte, no te encierres. La luz que no se comparte se apaga; ser luz es la vocación de todo cristiano. Ser luz es una tarea diaria, no un momento aislado.
Oración
Señor, tú eres mi luz eterna y has hecho amanecer tu gloria sobre mí. Ayúdame a levantarme y resplandecer, a no esconder tu luz y a atraer a otros hacia ti. Que tu claridad guíe mis pasos. Amén.
Acerca del libro de Isaías
El libro de Isaías es el más extenso de los profetas y uno de los más influyentes de toda la Biblia. Su figura central es Isaías, hijo de Amós, profeta de Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo, en los reinados de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías. Vivió la amenaza constante del imperio asirio, la crisis de la guerra siroefraimita y el sitio de Jerusalén por Senaquerib.
La obra que lleva su nombre es más amplia que un solo hombre: la investigación bíblica distingue tres grandes secciones, los capítulos 1 al 39, cercanos al profeta del siglo VIII; los capítulos 40 al 55, escritos para consolar a los deportados en Babilonia; y los capítulos 56 al 66, dirigidos a la comunidad que volvió del destierro. Detrás late una tradición profética viva que conservó y actualizó su palabra a lo largo de los siglos.
El contexto de la alianza recorre todo el libro. Dios había elegido a David y a Sión, y el pueblo debía responder con fidelidad. Cuando esa respuesta falla, Isaías anuncia el juicio: la injusticia social, la idolatría y la confianza en los poderosos traen consecuencias reales. Pero nunca anuncia solo ruina: su gran tema es el resto fiel, el pequeño grupo que Dios preserva, y sobre todo la consolación, porque el Dios santo es también el que consuela a su pueblo y lo lleva en brazos.
Sus temas centrales son la santidad de Dios, la justicia que exige el culto verdadero, el resto fiel, el consuelo del destierro, la misión universal a las naciones y el Siervo del Señor.
Para la fe católica, Isaías enseña que no se puede separar la oración de la justicia y que Dios dirige la historia. Y sobre todo apunta a Cristo: en sus páginas encontramos al Emanuel, Dios con nosotros; el retoño del tronco de Jesé sobre quien reposa el Espíritu; el Siervo sufriente que carga con nuestras culpas y por cuyas heridas somos curados; el ungido que anuncia la buena nueva a los pobres; y la nueva creación. No es casualidad que sea el profeta más citado en el Nuevo Testamento.
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