Eclesiástico

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos

Sir

Capítulo 11

1 La sabiduría del humilde le hace erguir la cabeza, y le da asiento entre los grandes.

2 No alabes nunca a un hombre por su buen parecer, ni abomines de nadie por su aspecto.

3 Pequeña entre los que vuelan es la abeja, mas lo que ella elabora es lo más dulce.

4 No te gloríes del manto que te envuelve, el día de la gloria no te engrías; pues admirables son las obras del Señor, pero están ocultas a los hombres.

5 Muchos tiranos se sentaron en el suelo, y un desconocido se puso la diadema.

6 Muchos poderosos fueron muy deshonrados, y hombres ilustres entregados a otras manos.

7 Sin haberte informado no reprendas, reflexiona primero y haz luego tu reproche.

8 Sin haber escuchado no respondas ni interrumpas en medio del discuro.

9 Por lo que no te incumbe no discutas, y en las contiendas de los pecadores no te mezcles.

10 Hijo, no te metas en múltiples asuntos, si los multiplicas no saldrás bien parado; aunque los persigas no los alcanzarás ni podrás escapar aunque quieras huir.

11 Hay quien se agota, se fatiga y se apresura, y cuanto más, más tarde llega.

12 Hay quien es débil, necesitado de apoyo, falto de bienes y sobrado de pobreza, mas los ojos del Señor le miran para bien, él le recobra de su humillación.

13 Levanta su cabeza, y por él se admiran muchos.

14 Bienes y males, vida y muerte, pobreza y riqueza vienen del Señor.

17 El don del Señor con los piadosos permanece, y su complacencia les lleva por buen camino para siempre.

18 Hay quien se hace rico a fuerza de engaño y avaricia, y esta es la parte de su recompensa:

19 cuando dice: «Ya he logrado reposo, ahora voy a comer de mis bienes», no sabe qué tiempo va a venir, morirá y se lo dejará a otros.

20 Manténte en tu quehacer y conságrate a él, en tu tarea envejece.

21 No te admires de las obras del pecador, confía en el Señor y en tu esfuerzo persevera. Que es cosa fácil a los ojos del Señor enriquecer de golpe al indigente.

22 La bendición del Señor es la recompensa del piadoso, y en un instante hace florecer su bendición.

23 No digas: «¿De qué he menester? o ¿qué bienes me vendrán todavía?»

24 No digas: «Tengo bastante con ellos, ¿qué mal puede alcanzarme ahora?»

25 Día de bienes, olvido de males, día de males, olvido de bienes.

26 Que es fácil al Señor, el día de la muerte, pagar a cada uno según su proceder.

27 El mal de una hora el placer hace olvidar, al final del hombre se descubren sus obras.

28 Antes del fin no llames feliz a nadie, que sólo a su término es conocido el hombre.

29 No metas a cualquiera en tu casa, que son muchos los lazos del taimado.

30 Perdiz cautiva en su jaula, tal es el corazón del orgulloso, como el espía acecha tu caída.

31 Cambiando el bien por el mal, está al acecho, y a las cosas más limpias pone mancha.

32 Con una chispa se enciende un brasero, así el pecador tiende lazos en busca de sangre.

33 Guárdate del malvado, porque maquina el mal, no sea que te manche para siempre.

34 Mete en casa al extraño, y te traerá el desorden, te hará extraño a tu propia familia.

Reflexión del capítulo 11

El capítulo undécimo enseña a mirar sin precipitación. Ben Sirá empieza con el elogio del humilde: su saber lo levanta por encima de su condición y le gana un puesto entre los notables. Y de ahí saca una lección sobre las apariencias: no alabar a nadie por su buen parecer ni despreciar a nadie por su aspecto, porque la abeja es pequeña entre los que vuelan y lo que elabora es lo más dulce.

El sabio recuerda que las obras de Dios son admirables y a la vez están ocultas a los hombres, y que la fortuna cambia: tiranos sentados en el suelo, desconocidos con la diadema, poderosos deshonrados. De ahí su insistencia en no juzgar antes de informarse y en no responder antes de escuchar. Los bienes y los males, la vida y la muerte, la pobreza y la abundancia proceden de sus manos, y él sostiene al que no tiene a nadie.

El capítulo desemboca en dos consejos muy prácticos. El primero: permanece fiel a tu propio trabajo y pon en él tu empeño, sin asombrarte de lo que hace el pecador ni envidiar su suerte, porque la bendición de Dios hace florecer de repente al humilde. El segundo: no te declares feliz ni juzgues a nadie antes del final, ya que solo al término se conoce al hombre. Y una advertencia final contra el taimado, que acecha como espía para manchar lo más limpio.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Suspende hoy un juicio que hayas hecho sobre alguien por su apariencia o por lo que otros dicen. Antes de opinar, informa y escucha. No envidies al que prospera por caminos torcidos: sigue con paciencia tu propio trabajo. Y sé discreto al abrir tu casa y tu confianza, dando tiempo a conocer a quien se acerca. Dale tiempo al tiempo y no fuerces las cosas.

Oración

Señor, enséñame a no juzgar por las apariencias y a esperar el final antes de llamar feliz a nadie. Dame paciencia en mi trabajo y confianza en tu providencia, que levanta a los humildes. Amén.

Acerca del libro de Eclesiástico

El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.

El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.

Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.

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