Eclesiástico
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos
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Capítulo 16 de 52Capítulo 16
1 No desees multitud de hijos malvados, no te goces en tener hijos impíos.
2 Aunque sean muchos, no te goces en ellos, si con ellos no se halla el temor del Señor.
3 No pongas en su vida tu confianza, ni te creas seguro por ser muchos, que más vale uno que mil, y morir sin hijos que tener hijos impíos.
4 Pues uno solo inteligente poblará una ciudad mas la raza de los sin ley quedará despoblada.
5 Muchas cosas así han visto mis ojos, y más graves aún oyeron mis oídos.
6 En la reunión de los pecadores prende el fuego, contra la nación rebelde se inflama la Cólera.
7 No perdonó él a los antiguos gigantes que se rebelaron fiados de su fuerza.
8 No pasó por alto al vecindario de Lot, a los que abominaba por su orgullo.
9 No se apiadó de la nación perdida, de los que estaban engreídos en sus pecados.
10 Igual trató a los seiscientos mil de a pie que se habían unido en la dureza de su corazón.
11 Aunque fuera uno solo el de dura cerviz, sería asombroso que quedara impune. Pues misericordia e ira están con El, tan poderoso en perdón como pródigo en ira.
12 Tan grande como su misericordia es su severidad, según sus obras juzga al hombre.
13 No escapará el pecador con su rapiña, ni quedará fallida la paciencia del piadoso.
14 Para toda limosna tiene él un sitio, cada cual hallará según sus obras.
17 No digas: «Del Señor me esconderé, y ¿quién allá arriba se acordará de mí? Entre la gran muchedumbre no seré reconocido, pues ¿qué soy yo en la inmensa creación?»
18 Mira, el cielo, y el cielo de los cielos, el abismo y la tierra serán sacudidos a la hora de su visita.
19 A una los montes y los cimientos de la tierra bajo su mirada temblarán de espanto.
20 Mas en todo esto no piensa el corazón del hombre, y en sus caminos, ¿quién repara?
21 Hay tempestad que no ve el hombre, y la mayoría de sus obras se hacen en secreto.
22 «Las obras de la justicia, ¿quién las anuncia? ¿quién las aguarda? ¡Pues la alianza está lejos!»
23 Esto piensa el ruin de corazón; el estúpido, el perdido, sólo piensa necedades.
24 Escúchame, hijo, y el saber aprende, aplica tu corazón a mis palabras.
25 Con mesura te revelaré la doctrina, con precisión anunciaré el saber.
26 Cuando creó el Señor sus obras desde el principio, desde que las hizo les asignó su puesto.
27 Ordenó para la eternidad sus obras, desde sus comienzos por todas sus edades. Ni tienen hambre ni se cansan, y eso que no abandonan su tarea.
28 Ninguna choca con otra, jamás desobedecen su palabra.
29 Después de esto el Señor miró a la tierra, y de sus bienes la colmó.
30 De todo ser viviente cubrió su faz, y a ella vuelven todos.
Reflexión del capítulo 16
El capítulo decimosexto comienza con una advertencia sobre la familia que sorprende por su realismo: no desees multitud de hijos malvados ni pongas tu confianza en su número, porque más vale uno que mil y es preferible morir sin hijos que tenerlos impíos. La descendencia no es una garantía: lo que da valor a una casa no es la cantidad, sino el temor del Señor que habita en ella.
El sabio mira después a la historia para hablar del juicio de Dios. Recuerda a los gigantes de la antigüedad que cayeron por confiar en su propio poder, al vecindario de Lot castigado por su orgullo, a la nación perdida y a los seiscientos mil que endurecieron su corazón. De todos ellos saca una conclusión: misericordia e ira están en el Señor, tan poderoso para perdonar como severo para juzgar, y ni el malvado se salvará con lo robado ni quedará sin fruto la constancia del justo.
El capítulo desemboca en una mirada sobre la creación. Cuando el Señor hizo sus obras desde el principio, les asignó su puesto y las ordenó para siempre: no tienen hambre ni se cansan, no se estorban entre sí y nunca dejan de cumplir lo que él manda. Y frente a ese orden inmenso, el hombre se siente pequeño y tentado de esconderse, como si Dios pudiera olvidarlo. El sabio responde con serenidad: todo ser viviente está bajo su mirada, y a él vuelven todos.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Deja hoy de medir tu vida por cantidades —cuánto tienes, cuántos te siguen, cuánto produces— y mídela por la fidelidad a Dios. Si has confiado en tus fuerzas, reconoce tus límites ante él. Y contempla un momento la creación: el cielo, el mar, las estaciones, y deja que esa grandeza te devuelva la humildad y la confianza. Hazlo sin prisa hoy.
Oración
Señor, tú que has ordenado todas las cosas con sabiduría, enséñame a no confiar en mi propia fuerza. Que tu grandeza me humille sin desanimarme, y que viva sabiendo que tus ojos me acompañan siempre. Amén.
Acerca del libro de Eclesiástico
El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.
El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.
Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.
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