Eclesiástico
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos
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Capítulo 20 de 52Capítulo 20
1 Hay reprensión intempestiva, y hay silencioso de verdad sensato.
2 ¡Cuánto mejor reprender que estar airado!
3 El que se acusa de su falta evita la pena.
4 Como pasión de eunuco por desflorar a una moza, así el que ejecuta la justicia con violencia.
5 Hay silencioso tenido por sabio, y quien se hace odioso por su verborrea.
6 Hay quien se calla por no tener respuesta, y quien se calla porque sabe su hora.
7 El sabio guarda silencio hasta su hora, mas el fanfarrón e insensato adelanta el momento.
8 El desmedido en palabras se hace abominable, y el que pretende imponerse se hace odioso.
9 Hay quien encuentra fortuna en la desgracia, y hay suerte que acaba en postración.
10 Hay dádiva que no te da provecho, y dádiva que recibe el doble.
11 Hay postración causada por la gloria, y hay quien, desde la humillación, levanta la cabeza.
12 Hay quien compra mucho con poco dinero, pero luego lo paga siete veces más caro.
13 Por sus palabras se hace amable el sabio, mas los favores de los necios se malgastan.
14 El don del insensato no te sirve de nada, porque sus ojos no son uno, son muchos;
15 da poco y echa en cara mucho, y abre su boca como un pregonero; presta hoy y mañana reclama, es un hombre detestable este sujeto.
16 Dice el necio: «No tengo ni un amigo, no hay gratitud para mis beneficios;
17 los que comen mi pan tienen lengua insolente.» ¡Cuántos con frecuencia se ríen de él!
18 Mejor es resbalar en empredado que resbalar con la lengua, así la caída de los malos llega de repente.
19 Hombre sin gracia es cuento inoportuno por boca de ignorantes repetido.
20 De boca de necio no se acepta el proverbio, pues jamás lo dice a su hora.
21 Hay quien no puede pecar por indigencia: en su reposo no tendrá remordimiento.
22 Hay quien se pierde a sí mismo por vergüenza, por respeto a un insensato se pierde.
23 Hay quien por timidez hace promesas a su amigo, y así, por nada se gana un enemigo.
24 Gran baldón para un hombre la mentira en boca de ignorantes repetida.
25 Es preferible un ladrón que el que persiste en la mentira, aunque ambos heredarán la perdición.
26 El hábito de mentiroso es una deshonra, su vergüenza le acompaña sin cesar.
27 Por sus palabras el sabio se hace grande, y el hombre sensato a los grandes agrada.
28 El que cultiva la tierra llena hasta arriba su granero, el que agrada a los grandes expía la injusticia.
29 Presentes y regalos ciegan los ojos de los sabios, como bozal en boca ahogan los reproches.
30 Sabiduría escondida y tesoro invisible, ¿qué provecho hay en ambos?
31 Más vale hombre que oculta su necedad, que hombre que oculta su sabiduría.
Reflexión del capítulo 20
El capítulo vigésimo es una galería de contrastes. Ben Sirá observa que hay reprensiones intempestivas y silencios verdaderamente sensatos, y que hay quien pasa por sabio solo porque calla, y quien se hace odioso por hablar demasiado. La clave no está en callar siempre ni en hablar siempre, sino en conocer la hora: el sabio guarda silencio hasta su momento, mientras el insensato se adelanta y dice lo que no toca.
El sabio aplica esta sabiduría del momento a los bienes y a los favores. Hay regalos que no sirven de nada y dádivas que se reciben el doble; hay quien compra mucho con poco y luego lo paga carísimo. Su retrato del necio que da es implacable: da poco y lo echa en cara mucho, presta hoy y reclama mañana, y se queja de que nadie le agradece lo que hace. Y añade una advertencia sobre la mentira: el hábito de mentir es una deshonra que acompaña al hombre sin cesar.
El capítulo cierra con una sentencia que resume su enseñanza y que invita a pensar: hay sabiduría escondida y tesoro invisible que de nada sirven, y a veces es preferible el que oculta su necedad al que oculta su sabiduría. Es decir, los dones recibidos no son para enterrarlos, sino para ponerlos a tiempo al servicio de los demás.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Elige hoy bien el momento para hablar: si tienes que corregir a alguien, hazlo con oportunidad y sin dureza. No eches en cara lo que das, ni reclames mañana lo que ofreciste hoy. Y no entierres el talento que Dios te ha dado: ponlo hoy al servicio de alguien, sin falsa modestia ni miedo al qué dirán. Hazlo hoy con alegría y sencillez.
Oración
Señor, dame la sabiduría de callar cuando conviene y de hablar cuando es necesario. Líbrame de la mentira y del reproche al dar, y que no entierre los dones que me has confiado. Y que te sea fiel. Amén.
Acerca del libro de Eclesiástico
El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.
El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.
Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.
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