Eclesiástico

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos

Sir

Capítulo 14

1 Feliz el hombre que no se ha deslizado con su boca, ni sufre tormento por la tristeza del pecado.

2 Feliz aquel a quien su conciencia no reprocha, y que no queda corrido en su esperanza.

3 Para el hombre mezquino no es buena la riqueza, para el envidioso, ¿de qué sirve el dinero?

4 Quien amontona a expensas de sí mismo, para otros amontona, con sus bienes se regalarán otros.

5 El que es malo para sí, ¿para quién será bueno? No logrará contento en medio de sus tesoros.

6 Nadie peor que el que se tortura a sí mismo, esa es la paga de su maldad.

7 Aun si llega a hacer el bien, lo hace por descuido, al final dejará ver su maldad.

8 Malo es el de ojo envidioso, que vuelve su rostro y desprecia a los demás.

9 El ojo del avaro no se satisface con su suerte, la avaricia seca el alma.

10 El ojo malo se alampa por el pan, hambriento está en su propia mesa.

11 Hijo, trátate bien, conforme a lo que tengas, y presenta dignamente tus ofrendas al Señor.

12 Recuerda que la muerte no se tardará, y que el pacto del seol no se te ha revelado.

13 Antes de morir, haz el bien a tu amigo, según tus medios dale con largueza.

14 No te prives de pasarte un buen día, no se te escape la posesión de un deseo legítimo.

15 ¿No dejarás a otro el fruto de tus trabajos y el de tus fatigas, para que a suertes se reparta?

16 Da y recibe, y recrea tu alma, que en el seol no se puede esperar buena vida.

17 Toda carne como un vestido envejece, pues ley eterna es: hay que morir.

18 Lo mismo que las hojas sobre árbol tupido, que unas caen y otras brotan, así la generación de carne y sangre: una muere y otra nace.

19 Toda obra corruptible desaparece, y su autor se irá con ella.

20 Feliz el hombre que se ejercita en la sabiduría, y que en su inteligencia reflexiona,

21 que medita sus caminos en su corazón, y sus secretos considera.

22 Sale en su busca como el que sigue el rastro, y en sus caminos se pone al acecho.

23 Se asoma a sus ventanas, y a sus puertas escucha.

24 Acampa muy cerca de su casa, y clava la clavija en sus muros.

25 Monta su tienda junto a ella, y se alberga en su albergue dichoso.

26 Pone sus hijos a su abrigo, y bajo sus ramas se cobija.

27 Por ella es protegido del calor, y en su gloria se alberga.

Reflexión del capítulo 14

El capítulo decimocuarto empieza celebrando una felicidad que no depende de la abundancia: la del hombre cuya conciencia no le reprocha nada y cuya boca no le ha tendido trampas. Frente a esa dicha, Ben Sirá dibuja con trazos sombríos al mezquino, al envidioso y al avaro, para quienes la riqueza no sirve de nada, porque el ojo malo nunca se sacia y la avaricia seca el alma. Quien amontona a costa de sí mismo amontona para otros.

De ahí nace un consejo que sorprende por su sensatez humana: trátate bien conforme a lo que tengas, presenta dignamente tus ofrendas al Señor y no te prives de un día bueno, porque la muerte no se tarda y nadie conoce sus planes. El sabio no predica el derroche, sino la sobriedad agradecida: da y recibe, recrea tu alma, y haz el bien a tu amigo mientras puedes, porque después no habrá ocasión.

La segunda mitad del capítulo vuelve a la sabiduría con imágenes llenas de ternura. El hombre que se ejercita en ella, que medita sus caminos y sale en su busca como quien sigue un rastro, acaba acampando junto a su casa, asomándose a sus ventanas, clavando la clavija en sus muros, cobijando a sus hijos bajo sus ramas. La sabiduría no es una idea fría: es un hogar donde uno se protege del calor y descansa.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy date permiso para un bien legítimo y agradécelo, sin caer en el derroche ni en la culpa. No acumules sin disfrutar ni sin compartir: haz un bien concreto a un amigo o a un familiar mientras todavía puedes. Y elige un rato de cada día para meditar la sabiduría de Dios, buscando en ella un lugar donde descansar con calma.

Oración

Señor, dame un corazón agradecido que sepa usar los bienes sin esclavizarse a ellos. Enséñame a hacer el bien a tiempo y a buscar cada día en tu sabiduría un hogar donde descansar. Que nunca olvide dar gracias. Amén.

Acerca del libro de Eclesiástico

El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.

El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.

Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.

Compartir

Enlace copiado