Eclesiástico
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos
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Capítulo 22 de 52Capítulo 22
1 A una piedra sucia se parece el perezoso, todo el mundo silba sobre su deshonra.
2 Bola de excrementos es el perezoso, que todo el que la toca se sacude la mano.
3 Es vergüenza de un padre tener un hijo ineducado, pero la hija le nace ya para su confusión.
4 Para la hija prudente la herencia es su marido, la desvergonzada es la tristeza de su progenitor.
5 La hija insolente es la vergüenza del padre y del marido, y por los dos es despreciada.
6 Música en duelo es un relato inoportuno, azotes y corrección son siempre sabiduría.
9 Como pegar cascotes es enseñar al necio, o despertar al que duerme con sueño pesado.
10 Conversar con el necio es conversar con un dormido; al acabar dirá: «¿Qué estás diciendo?»
11 Llora al muerto, pues la luz le abandonó, llora también al necio, porque dejó la inteligencia. Llora más suavemente al muerto, porque ya reposa, que la vida del necio es peor que la muerte.
12 El duelo por un muerto dura siete días, por el necio y el impío, todos los días de su vida.
13 Con el insensato no multipliques las palabras, con el tonto no vayas de camino; guárdate de él para evitar el aburrimiento, y para que su contacto no te manche. Apártate de él y encontrarás descanso, y no te enervarán sus arrebatos.
14 ¿Qué hay más pesado que el plomo? ¿qué nombre dar a esto sino «necio»?
15 Arena, sal, o una bola de hierro son más fáciles de llevar que el hombre tonto.
16 El maderamen bien trabado de una casa ni por un terremoto es dislocado; así un corazón firme por reflexión madura, llegado el momento no se achica.
17 Corazón apoyado en reflexión prudente es como revoque de arena en pared raspada.
18 Estacas plantadas en altura no resisten al viento; así el corazón del necio, falto de reflexión, ante un miedo cualquiera no resiste.
19 Quien hiere el ojo hace correr las lágrimas, quien hiere el corazón descubre el sentimiento.
20 Quien tira una piedra a un pájaro, lo ahuyenta, quien afrenta al amigo, rompe la amistad.
21 Si has sacado la espada contra tu amigo, no desesperes, que aún puede volver;
22 si contra tu amigo has abierto la boca, no te inquietes, que aún cabe reconciliación, salvo caso de ultraje, altanería, revelación de secreto, golpe traidor, que ante esto se marcha todo amigo.
23 Gana la confianza de tu prójimo en la pobreza, para que, en su prosperidad, con él te satisfagas; en tiempo de tribulación permanece con él, para que cuando herede con él lo compartas.
24 Antes del fuego sale vapor del horno y humo, así las injurias preceden a la sangre.
25 No me avergonzaré yo de proteger a un amigo, de su presencia no me esconderé;
26 y si por su causa me ocurre algún mal, todo el que lo oiga se guardará de él.
27 ¿Quién pondrá guardia a mi boca, y a mis labios sello de prudencia, para que no venga a caer por su culpa, y que mi lengua no me pierda?
Reflexión del capítulo 22
El capítulo vigesimosegundo reúne dos bloques muy distintos. El primero es un retrato del perezoso y del necio, y no ahorra ironía: el perezoso se parece a una piedra sucia sobre la que todos silban, y cargar con un necio resulta más pesado que llevar arena, sal o una bola de hierro. Conversar con él es como hablar con alguien dormido. Pero en medio de la burla hay una lección: hay que aprender a apartarse a tiempo de quien solo cansa y mancha.
El segundo bloque trata de la amistad, y es de una hondura notable. El sabio compara el corazón firme por la reflexión madura con la casa bien trabada, que ni un terremoto disloca, mientras el corazón del necio es como estacas plantadas en alto, que el primer viento derriba. Y describe con realismo las heridas de la amistad: ofender al compañero resquebraja el vínculo; si llegaste a herirlo con la mano o con la lengua, todavía hay arreglo, excepto cuando media el ultraje, la altanería, un secreto revelado o la traición.
El capítulo pide una amistad probada en la pobreza y en la tribulación, no solo en la prosperidad, y termina con una plegaria humilde: quién pondrá guardia a mi boca y sello de prudencia a mis labios, para que mi lengua no me pierda.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Sé hoy un amigo que se queda: acompaña a alguien en su dificultad y no lo abandones cuando le va mal. Cuida tus palabras con los que quieres, porque una afrenta dicha sin pensar puede romper años de confianza. Y pide a Dios que ponga guardia en tu boca, sobre todo cuando estés cansado o irritado. Y no dejes para mañana la reconciliación.
Oración
Señor, hazme un amigo fiel, que permanezca cuando el otro sufre y no lo abandone en la prueba. Pon guardia a mi boca y sello de prudencia a mis labios, para que ninguna palabra mía rompa lo que tú has unido. Amén.
Acerca del libro de Eclesiástico
El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.
El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.
Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.
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