Eclesiástico
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos
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Capítulo 25 de 52Capítulo 25
1 Con tres cosas me adorno y me presento bella ante el Señor y ante los hombres: concordia entre hermanos, amistad entre prójimos, y marido y mujer bien avenidos.
2 Mas tres clases de gente odia mi alma, y su vida de indignación me llena: pobre altanero, rico mentiroso, y viejo adúltero, falto de inteligencia.
3 Si en la juventud no has hecho acopio, ¿cómo vas a encontrar en tu vejez?
4 ¡Qué bien sienta el juicio a las canas, a los ancianos el tener consejo!
5 ¡Qué bien parece la sabiduría en los viejos, la reflexión y el consejo en los ilustres!
6 Corona de los viejos es la mucha experiencia, su orgullo es el temor del Señor.
7 Nueve cosas que imagino tengo por felices en mi corazón, y una décima la diré con mi lengua: el hombre que recibe de sus hijos contento, que ve, en vida, la caída de sus enemigos.
8 Feliz quien vive con mujer juiciosa, quien no ara con un buey y un asno, quien no se desliza con su lengua, quien no sirve a amo indigno de él;
9 feliz quien ha encontrado la prudencia, y quien la expone a oídos que escuchan.
10 ¡Qué grande el que ha encontrado la sabiduría! Mas no aventaja a quien teme al Señor.
11 El temor del Señor sobresale por encima de todo, el que lo posee, ¿a quién es comparable?
13 ¡Cualquier herida, pero no herida del corazón! ¡cualquier maldad, pero no maldad de mujer!
14 ¡Cualquier desgracia, pero no desgracia de parte de adversarios! ¡cualquier venganza, pero no venganza de enemigos!
15 No hay veneno como veneno de serpiente, ni furia como furia de enemigo.
16 Prefiero convivir con león o dragón a convivir con mujer mala.
17 La maldad de la mujer desfigura su semblante, oscurece su rostro como un oso.
18 En medio de sus vecinos se sienta su marido, y sin poder contenerse suspira amargamente.
19 Toda malicia es poca junto a la malicia de mujer, ¡que la suerte del pecador caiga sobre ella!
20 Cuesta arenosa bajo los pies de un viejo, así es la mujer habladora para un marido pacífico.
21 No te dejes llevar por belleza de mujer, por mujer no te apasiones.
22 Blanco de ira, de deshonra y gran vergüenza, eso es la mujer que mantiene a su marido.
23 Corazón abatido, rostro sombrío, herida del corazón eso es la mujer mala. Manos caídas y rodillas paralizadas, eso es la que no hace feliz a su marido.
24 Por la mujer fue el comienzo del pecado, y por causa de ella morimos todos.
25 No des salida al agua, ni a mujer mala libertad de hablar.
26 Si no camina como marca tu mano, de tu carne córtala.
Reflexión del capítulo 25
El capítulo vigesimoquinto es un capítulo de contrastes, y conviene leerlo con atención y honestidad. Ben Sirá enumera primero tres cosas hermosas ante Dios y ante los hombres: la concordia entre hermanos, la amistad entre prójimos y un matrimonio bien avenido. Y luego tres tipos de personas que le resultan insoportables: el pobre altanero, el rico mentiroso y el viejo adúltero.
El sabio elogia después la vejez bien vivida, corona de mucha experiencia y de temor del Señor, y recuerda que lo que no se sembró en la juventud difícilmente se cosecha en la ancianidad. Su lista de hombres felices vuelve a lo cotidiano: quien recibe contento de sus hijos, quien vive con una mujer juiciosa, quien no se desliza con su lengua.
La última parte habla del matrimonio con una dureza que refleja el mundo antiguo en que fue escrita, y conviene no disimularla. El sabio describe el dolor de la traición y de la convivencia rota, y compara ciertas heridas con un veneno. La revelación fue progresiva, y la Iglesia reconoce que en el Antiguo Testamento hay páginas marcadas por su tiempo; frente a ellas, el Evangelio proclama la igual dignidad del hombre y de la mujer y devuelve al matrimonio su rostro de alianza. Estas líneas se leen mejor como advertencia contra la infidelidad y la dureza de corazón que como un juicio sobre nadie.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Cuida hoy tus relaciones más cercanas: la concordia en casa, la lealtad con los amigos y la fidelidad en el amor son las cosas más hermosas que puedes construir. Si has sido infiel o duro con alguien, pide perdón y empieza a reparar. Y no juzgues a nadie por lo que este libro describe de un mundo antiguo: mira a cada persona con la dignidad que Cristo le da.
Oración
Señor, haz de mi casa un lugar de concordia y de mi amor una alianza fiel. Sana las heridas de la traición y dame un corazón que no juzgue a nadie con dureza, sino que mire a cada persona con tu misma mirada. Amén.
Acerca del libro de Eclesiástico
El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.
El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.
Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.
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