Eclesiástico
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos
Seleccionar Capítulo
Capítulo 48 de 52Capítulo 48
1 Después surgió el profeta Elías como fuego, su palabra abrasaba como antorcha.
2 El atrajo sobre ellos el hambre, y con su celo los diezmó.
3 Por la palabra del Señor cerró los cielos, e hizo también caer fuego tres veces.
4 ¡Qué glorioso fuiste, Elías, en tus portentos! ¿quién puede jactarse de ser igual que tú?
5 Tú que despertaste a un cadáver de la muerte y del seol, por la palabra del Altísimo;
6 que hiciste caer a reyes en la ruina, y a hombres insignes fuera de su lecho;
7 oíste en el Sinaí la reprensión, y en el Horeb los decretos de castigo;
8 ungiste reyes para tomar venganza, y profetas para ser tus sucesores;
9 en torbellino de fuego fuiste arrebatado en carro de caballos ígneos;
10 fuiste designado en los reproches futuros, para calmar la ira antes que estallara, para hacer volver el corazón de los padres a los hijos, y restablecer las tribus de Jacob.
11 Felices aquellos que te vieron y que se durmieron en el amor, que nosotros también viviremos sin duda.
12 Cuando Elías en el torbellino quedó envuelto, Eliseo se llenó de su espíritu. En sus días no fue zarandeado por príncipe, y no pudo dominarle nadie.
13 Nada era imposible para él, hasta en el sueño de la muerte profetizó su cuerpo.
14 Durante su vida hizo prodigios, y después de su muerte fueron admirables sus obras.
15 Con todo esto, el pueblo no se arrepintió, ni de sus pecados se apartaron, hasta que fueron deportados de la tierra y esparcidos por el mundo entero.
16 Sólo quedó un pueblo reducido, con un príncipe de la casa de David. Algunos de ellos hicieron lo agradable a Dios, pero otros multiplicaron los pecados.
17 Fortificó Ezequías su ciudad y metió el agua dentro de ella; con el hierro horadó la roca y construyó cisternas para el agua.
18 En sus días, subió Senaquerib, que envió por delante a Rabsaqués; éste partió, levantó contra Sión la mano, y se engrió en su altanería.
19 Temblaron entonces corazones y manos, y sufrieron dolores cual mujeres en parto.
20 Invocaron al Señor misericordioso, tendiendo sus manos hacia él. Y el Santo, desde el cielo, les escuchó al instante, y los rescató por mano de Isaías.
21 Hirió el real de los asirios, y su Angel los exterminó.
22 Porque hizo Ezequías lo que agrada al Señor, y se mantuvo firme en los caminos de David su padre, como le ordenó el profeta Isaías, el grande y digno de fe en sus visiones.
23 En sus días el sol retrocedió, y él prolongó la vida del rey.
24 Con el poder del espíritu vio el fin de los tiempos, y consoló a los afligidos de Sión.
25 Hasta la eternidad reveló el porvenir y las cosas ocultas antes que sucedieran.
Reflexión del capítulo 48
El capítulo cuadragesimoctavo está dominado por la figura de Elías, y lo presenta con imágenes de fuego: surgió como fuego y su palabra abrasaba como antorcha; cerró los cielos con su palabra, hizo caer fuego tres veces, despertó a un cadáver de la muerte y fue arrebatado en un carro de caballos ígneos. El sabio se detiene a admirarlo.
Pero lo más hermoso es la misión que le atribuye de cara al futuro: fue destinado a aplacar la cólera antes de que se desatara, a reconciliar a los padres con los hijos y a rehacer las tribus de Jacob. Es una frase que la liturgia aplicará después a Juan Bautista, y que muestra cómo la esperanza de Israel seguía viva en la memoria del profeta.
Después el capítulo recuerda a Eliseo, que se llenó de su espíritu y para quien nada era imposible. Y luego a Ezequías, que fortificó la ciudad e hizo llegar el agua dentro de ella, y a Isaías, el profeta insigne, digno de crédito por sus visiones, que consoló a los afligidos de Sión y al que el Señor escuchó desde el cielo. El capítulo deja una advertencia amarga: a pesar de todo, el pueblo no se arrepintió ni se apartó de sus pecados.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Pide hoy un corazón como el de Elías, capaz de encender fuego en los demás y de reconciliar a las familias divididas: da el primer paso con alguien de tu familia con quien estés distanciado. Y no dejes que la rutina te vuelva indiferente: examina si hay algo de lo que Dios quiere que te arrepientas de verdad. Hazlo hoy sin excusas.
Oración
Señor, enciende en mí el fuego de Elías para buscarte con pasión y para reconciliar a los que están divididos. Hazme fiel como Eliseo y valiente como Isaías, y no permitas que me acostumbre al pecado. Amén.
Acerca del libro de Eclesiástico
El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.
El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.
Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.
Compartir
Enlace copiado