Eclesiástico

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos

Sir

Capítulo 17

1 De la tierra creó el Señor al hombre, y de nuevo le hizo volver a ella.

2 Días contados le dio y tiempo fijo, y dioles también poder sobre las cosas de la tierra.

3 De una fuerza como la suya los revistió, a su imagen los hizo.

4 Sobre toda carne impuso su temor para que dominara a fieras y volátiles.

6 Les formó lengua, ojos, oídos, y un corazón para pensar.

7 De saber e inteligencia los llenó, les enseñó el bien y el mal.

8 Puso su ojo en sus corazones, para mostrarles la grandeza de sus obras.

10 Por eso su santo nombre alabarán, contando la grandeza de sus obras.

11 Aun les añadió el saber, la ley de vida dioles en herencia.

12 Alianza eterna estableció con ellos, y sus juicios les enseñó.

13 Los ojos de ellos vieron la grandeza de su gloria, la gloria de su voz oyeron sus oídos.

14 Y les dijo: «Guardaos de toda iniquidad», y a cada cual le dio órdenes respecto de su prójimo.

15 Sus caminos están ante él en todo tiempo, no se ocultan a sus ojos.

17 A cada nación asignó un jefe, mas la porción del Señor es Israel.

19 Todas sus obras están ante él, igual que el sol, e incesantes sus ojos sobre sus caminos.

20 No se le ocultan sus iniquidades, todos sus pecados están ante el Señor.

22 La limosna del hombre es como un sello para él, el favor del hombre lo guarda como la pupila de sus ojos.

23 Después se levantará y les retribuirá, sobre su cabeza pondrá su recompensa.

24 Pero a los que se arrepienten les concede retorno, y consuela a los que perdieron la esperanza.

25 Conviértete al Señor y deja tus pecados, suplica ante su faz y quita los obstáculos.

26 Vuélvete al Altísimo y apártate de la injusticia, odia con toda el alma la abominación.

27 ¿Quién en el seol alabará al Altísimo si los vivientes no le dan gloria?

28 No hay alabanza que venga de muerto, como de quien no existe; es el que vive y goza de salud quien alaba al Señor.

29 ¡Qué grande es la misericordia del Señor, y su perdón para los que a él se convierten!

30 Pues no todo puede estar en poder de los hombres, que no es inmortal el hijo de hombre.

31 ¿Qué hay más luminoso que el sol? Con todo, desaparece. Mas la carne y la sangre sólo el mal conciben.

32 Al ejército de lo alto de los cielos pasa él revista, pero polvo y ceniza son los hombres.

Reflexión del capítulo 17

El capítulo decimoséptimo es una meditación sobre la dignidad del hombre y sobre la alianza. Ben Sirá recuerda que el Señor formó al hombre de la tierra y lo hace volver a ella, que le dio días contados y tiempo fijo, y que lo revistió de una fuerza semejante a la suya haciéndolo a su imagen. Le formó lengua, ojos y oídos, y le dio un corazón para pensar; le llenó de saber e inteligencia y le enseñó el bien y el mal.

Pero esa grandeza está ligada a una responsabilidad. Dios estableció con él una alianza eterna, le entregó la ley de vida y le dio órdenes respecto de su prójimo, con los caminos del hombre siempre ante sus ojos. Y el sabio subraya un detalle lleno de consuelo: lo que el hombre da al necesitado queda ante Dios como una marca imborrable, y él lo custodia con el mismo cuidado con que se protege la niña del ojo, y a los que se arrepienten les concede el retorno.

El capítulo termina con una llamada apremiante a la conversión: volverse al Altísimo, dejar los pecados y apartarse de la injusticia. Y con un argumento muy humano: no son los muertos quienes alaban al Señor, sino los que viven. La misericordia de Dios es grande para los que se convierten, y el hombre, polvo y ceniza, está hecho para alabarlo mientras tiene aliento.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Da hoy gracias por tu cuerpo, tu inteligencia y tu libertad, y úsalos para el bien: ayuda a alguien con tus manos, piensa con calma antes de juzgar. Si tienes algo pendiente de conversión, no lo dejes para después. Y haz una limosna o un servicio oculto, sabiendo que Dios lo guarda como un sello. Hazlo sin buscar ninguna recompensa.

Oración

Señor, gracias por haberme creado a tu imagen y por haberme dado un corazón para pensar y una lengua para alabarte. Que use todo lo que soy para volver a ti y para servir a los demás. Amén.

Acerca del libro de Eclesiástico

El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.

El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.

Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.

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