Eclesiástico

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos

Sir

Capítulo 41

1 ¡Oh muerte, qué amargo es tu recuerdo para el hombre que vive en paz entre sus bienes, para el varón desocupado a quien en todo le va bien, y todavía con fuerzas para servirse el alimento!

2 ¡Oh muerte, buena es tu sentencia para el hombre necesitado y carente de fuerzas, para el viejo acabado, ahíto de cuidados, que se rebela y ha perdido la paciencia!

3 No temas la sentencia de la muerte, recuerda tus comienzos y tu fin.

4 Esta sentencia viene del Señor sobre toda carne, ¿por qué desaprobar el agrado del Altísimo? Ya se viva diez, cien, mil años, no se reprocha en el seol la vida.

5 Hijos abominables son los hijos de los pecadores que viven en vecindad de impíos.

6 La herencia de los hijos de los pecadores va a la ruina, con su linaje se perpetúa el oprobio.

7 Al padre impío le reprochan sus hijos, porque por causa de él viven en oprobio.

8 ¡Ay de vosotros, impíos, que la ley del Altísimo habéis abandonado!

9 Si nacéis, para la maldición nacéis, si morís, la maldición heredáis.

10 Todo cuanto viene de tierra, a tierra volverá, así irán los impíos de la maldición a la ruina.

11 El duelo de los hombres se dirige a sus cuerpos, pero el nombre de los pecadores, que no es bueno, se borrará.

12 Preocúpate de tu nombre, que eso te queda, más que mil grandes tesoros de oro.

13 La vida buena tiene un límite de días, pero el buen nombre permanece para siempre.

14 Conservad la instrucción en paz, hijos. Sabiduría escondida y tesoro invisible, ¿qué provecho hay en ambos?

15 Más vale hombre que oculta su necedad, que hombre que oculta su sabiduría.

16 Así pues, ruborizaos de lo que os voy a señalar, que no es bueno guardar toda vergüenza, ni todo es apreciato fielmente por todos.

17 Ante un padre y una madre avergonzaos de la fornicación, de la mentira, ante el jefe y el poderoso;

18 del extravío, ante juez y el magistrado, de la iniquidad, ante la asamblea y el pueblo;

19 de la injusticia, ante el compañero y el amigo, del robo, ante el lugar en que resides;

20 y ante la verdad de Dios y la alianza: de clavar los codos en los panes,

21 de despreciar la recepción y el don, de callarse ante los que saludan,

22 de mirar a mujer prostituta, de volver la cara a tu pariente,

23 de quitar la parte y el don de otro, de clavar los ojos en mujer casada,

24 de intimidades con la criada - ¡no te acerques a su lecho! -

25 de palabras injuriosas ante los amigos - después de dar no hagas reproches -

26 de repetir la palabra oída, de revelar las palabras secretas.

27 Serás entonces de verdad un hombre ruboroso, y ante todo el mundo hallarás gracia.

Reflexión del capítulo 41

El capítulo cuadragesimoprimero empieza hablando de la muerte con una honestidad que impresiona. Ben Sirá reconoce que su recuerdo es amargo para quien disfruta de tranquilidad y abundancia, con fuerzas todavía para servirse el alimento; y que, en cambio, su sentencia es buena para el necesitado, para el viejo acabado y sin fuerzas. No es que la muerte sea deseable, sino que la vida puede volverse tan penosa que ella se convierte en alivio.

El sabio no quiere que el miedo a morir nos domine: recuerda que la sentencia viene del Señor sobre toda carne. Y de ahí pasa a una idea muy querida en toda la Escritura: cuida tu reputación, porque eso te sobrevive. Los días de una existencia placentera se acaban pronto, mientras que una fama honrada no se extingue nunca.

La última parte es una lista de vergüenzas, y conviene entenderla bien. El sabio no propone una moral de la apariencia, sino que enseña a distinguir: hay cosas de las que uno debe avergonzarse de verdad —la mentira, el robo, la injusticia, la murmuración, revelar los secretos— y hay una falsa vergüenza que lleva al pecado. Quien se ruboriza de lo que es realmente malo, dice, es de verdad un hombre educado y hallará gracia ante todos.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Vive hoy con la muerte a la vista, no con miedo, sino con lucidez: ordena lo que tengas pendiente y di a los tuyos lo que les quieres. Cuida tu buen nombre más que tu conveniencia: sé honesto aunque nadie te vea. Y avergüénzate de lo que de verdad es malo, no de lo que solo es incómodo. Hazlo con paz.

Oración

Señor, enséñame a vivir con la muerte a la vista y a cuidar mi buen nombre más que mi comodidad. Dame valentía para no avergonzarme de la verdad y humildad para reconocer lo que de verdad es malo en mí. Amén.

Acerca del libro de Eclesiástico

El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.

El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.

Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.

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