Eclesiástico
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos
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Capítulo 4 de 52Capítulo 4
1 Hijo, no prives al pobre del sustento, ni dejes en suspenso los ojos suplicantes.
2 No entristezcas al que tiene hambre, no exasperes al hombre en su indigencia.
3 No te ensañes con el corazón exasperado, no hagas esperar la dádiva al mendigo.
4 No rechaces al suplicante atribulado, ni apartes tu rostro del pobre.
5 No apartes del mendigo tus ojos, ni des a nadie ocasión de maldecirte.
6 Pues si maldice en la amargura de su alma, su Hacedor escuchará su imprecación.
7 Hazte querer de la asamblea, ante un grande baja tu cabeza.
8 Inclina al pobre tus oídos, responde a su saludo de paz con dulzura.
9 Arranca al oprimido de manos del opresor, y a la hora de juzgar no seas pusilánime.
10 Sé para los huérfanos un padre, haz con su madre lo que hizo su marido. Y serás como un hijo del Altísimo; él te amará más que tu madre.
11 La sabiduría a sus hijos exalta, y cuida de los que la buscan.
12 El que la ama, ama la vida, los que en su busca madrugan serán colmados de contento.
13 El que la posee tendrá gloria en herencia, dondequiera que él entre, le bendecirá el Señor.
14 Los que la sirven, rinden culto al Santo, a los que la aman, los ama el Señor.
15 El que la escucha, juzgará a las naciones, el que la sigue, su tienda montará en seguro.
16 Si se confía a ella, la poseerá en herencia, y su posteridad seguirá poseyéndola.
17 Pues, al principio, le llevará por recovecos, miedo y pavor hará caer sobre él, con su disciplina le atormentará hasta que tenga confianza en su alma y le pondrá a prueba con sus preceptos,
18 mas luego le volverá al camino recto, le regocijará y le revelará sus secretos.
19 Que si él se descarría, le abandonará, y le dejará a merced de su propia caída.
20 Ten en cuenta el momento y guárdate del mal, no te avergüences de ti mismo.
21 Porque hay una vergüenza que conduce al pecado, y otra vergüenza hay que es gloria y gracia.
22 No tengas miramientos en contra de ti mismo, y no mudes de color por tu caída.
23 No contengas la palabra cuando pueda salvar, y no escondas tu sabiduría.
24 Que la sabiduría se da a conocer en la palabra, y la educación en los discursos de la lengua.
25 A la verdad no contradigas, mas ruborízate de no estar educado.
26 No te avergüences de confesar tus pecados, no te opongas a la corriente del río.
27 No te aplanes ante el hombre insensato, ni tengas miramiento al poderoso.
28 Hasta la muerte por la verdad combate, y el Señor Dios peleará por ti.
29 No seas atrevido con tu lengua, ni perezoso y negligente en tus obras.
30 No seas un león en tu casa y un corbade entre tus servidores.
31 No sea tu mano abierta para recibir, y cerrada para dar.
Reflexión del capítulo 4
El capítulo cuarto comienza con una serie de órdenes dirigidas al corazón del lector y tiene un destinatario muy concreto: el pobre. No privarle del sustento, no dejar en suspenso sus ojos suplicantes, no entristecer al hambriento, no exasperar al indigente, no rechazar al afligido, no apartar de él el rostro. Son mandatos de una concreción incómoda, porque no dejan la caridad en un sentimiento, sino en gestos: inclinar el oído, responder con dulzura al saludo, arrancar al oprimido de manos del opresor, ser padre de los huérfanos.
El sabio añade un motivo que da peso a todo lo anterior: si el desvalido deja escapar su queja con el ánimo amargado, el que lo formó atenderá ese clamor. Dios se pone de parte del que no tiene voz. Y a quien se porta así con los pequeños, le promete una filiación más alta que la de la propia madre.
La segunda parte del capítulo presenta a la sabiduría como una maestra exigente. Al principio lleva al discípulo por recovecos y con disciplina, hasta que se confía; después le vuelve al camino recto y le revela sus secretos. No es un camino blando, pero quien la ama vive.
Cierra con una lección sobre la vergüenza: hay una que lleva al pecado y otra que es gloria. No hay que avergonzarse de confesar los pecados ni de defender la verdad hasta el final.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy no pases de largo ante el que pide. Escucha a alguien que sufre sin interrumpir y ofrécele una ayuda real, no solo una frase amable. Defiende con serenidad a quien sea tratado injustamente. Y si tienes algo que confesar, no lo escondas por vergüenza: acude al sacramento de la reconciliación y deja que la verdad te libere. No tengas miedo de decir la verdad.
Oración
Señor, abre mis oídos al clamor del pobre y no permitas que pase de largo. Dame valentía para defender la verdad y humildad para confesar mis pecados. Que la sabiduría me corrija como a un hijo y me devuelva siempre al camino recto. Amén.
Acerca del libro de Eclesiástico
El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.
El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.
Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.
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