Eclesiástico
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos
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Capítulo 38 de 52Capítulo 38
1 Da al médico, por sus servicios, los honores que merece, que también a él le creó el Señor.
2 Pues del Altísimo viene la curación, como una dádiva que del rey se recibe.
3 La ciencia del médico realza su cabeza, y ante los grandes es admirado.
4 El Señor puso en la tierra medicinas, el varón prudente no las desdeña.
5 ¿No fue el agua endulzada con un leño para que se conociera su virtud?
6 El mismo dio a los hombres la ciencia para que se gloriaran en sus maravillas.
7 Con ellas cura él y quita el sufrimiento, con ellas el farmacéutico hace mixturas.
8 Así nunca se acaban sus obras, y de él viene la paz sobre la haz de la tierra.
9 Hijo, en tu enfermedad, no seas negligente, sino ruega al Señor, que él te curará.
10 Aparta las faltas, endereza tus manos, y de todo pecado purifica el corazón.
11 Ofrece incienso y memorial de flor de harina, haz pingües ofrendas según tus medios.
12 Recurre luego al médico, pues el Señor le creó también a él, que no se aparte de tu lado, pues de él has menester.
13 Hay momentos en que en su mano está la solución,
14 pues ellos también al Señor suplicarán que les ponga en buen camino hacia el alivio y hacia la curación para salvar tu vida.
15 El que peca delante de su Hacedor ¡caiga en manos del médico!
16 Hijo, por un muerto lágrimas derrama, como quien sufre cruelmente, entona la lamentación; según el ceremonial entierra su cadáver y no seas negligente con su sepultura.
17 Llora amargamente, date fuertes golpes de pecho, haz el duelo según su dignidad, un día o dos, para evitar murmullos; después, consuélate de la tristeza.
18 Porque de la tristeza sale la muerte, la tristeza del corazón enerva las fuerzas.
19 En la adversidad permanece también la tristeza, una vida de miseria va contra el corazón.
20 No des tu corazón a la tristeza, evítala acordándote del fin.
21 No lo olvides: no hay retorno, a él no le aprovechará, y te harás daño a ti mismo.
22 «Recuerda mi sentencia, que será también la tuya: a mí ayer, a ti te toca hoy.»
23 Cuando un muerto reposa, deja en paz su memoria, consuélate de él, porque su espíritu ha partido.
24 La sabiduría del escriba se adquiere en los ratos de sosiego, el que se libera de negocios se hará sabio.
25 ¿Cómo va a hacerse sabio el que empuña el arado, y se gloría de tener por lanza el aguijón, el que conduce bueyes, los arrea en sus trabajos y no sabe hablar más que de novillos?
26 Aplica su corazón a abrir surcos, y sus vigilias a cebar terneras.
27 De igual modo todo obrero o artesano, que trabaja día y noche; los que graban las efigies de los sellos, y su afán se centra en variar los detalles; ponen todo su corazón en igualar el modelo y gastan sus vigilias en rematar la obra.
28 También el herrero sentado junto al yunque, atento a los trabajos del hierro; el vaho del fuego sus carnes derrite, en el calor de la fragua se debate, el ruido del martillo le ensordece, y en el modelo del objeto tiene fijos sus ojos; pone su corazón en concluir sus obras, y sus vigilias en adornarlas al detalle.
29 De igual modo el alfarero sentado a su tarea y dando a la rueda con sus pies, preocupado sin cesar por su trabajo, toda su actividad concentrada en el número;
30 con su brazo moldea la arcilla, con sus pies vence su resistencia; pone su corazón en acabar el barnizado, y gasta sus vigilias en limpiar el horno.
31 Todos éstos ponen su confianza en sus manos, y cada uno se muestra sabio en su tarea.
32 Sin ellos no se construiría ciudad alguna, ni se podría habitar ni circular por ella.
33 Mas para el consejo del pueblo no se les busca, ni se les distingue en la asamblea. No se sientan en sitial de juez, ni meditan en la alianza del juicio.
34 No demuestran instrucción ni juicio, ni se les encuentra entre los que dicen máximas. Pero aseguran la creación eterna, el objeto de su oración son los trabajos de su oficio.
Reflexión del capítulo 38
El capítulo trigésimoctavo es notable por su valoración del trabajo y de la medicina. Ben Sirá comienza diciendo que hay que dar al médico los honores que merece, porque también a él lo creó el Señor; del Altísimo viene la curación, y él puso en la tierra las medicinas, que el varón prudente no debe desdeñar. Es una página que une fe y ciencia: el sabio aconseja rezar al Señor y, a la vez, recurrir al médico.
Después el capítulo trata del duelo con una medida llena de humanidad. Hay que llorar al muerto y guardar el duelo con la dignidad que merece, pero sin dejar que el abatimiento se adueñe del ánimo, porque un dolor sin salida va consumiendo la vida. Y añade una frase que resume nuestra condición: piensa que el mismo fallo que me alcanzó te alcanzará; lo que hoy me toca a mí, mañana te tocará a ti.
La última parte es un elogio del trabajo manual que sorprende por su simpatía. El sabio describe al labrador, al artesano que graba sellos, al herrero junto al yunque, al alfarero que moldea la arcilla con las manos. Todos ellos ponen su confianza en sus manos y se muestran sabios en su oficio; sin su labor no habría ciudades. Es cierto que no se les busca para el consejo del pueblo, pero sostienen la creación, y su plegaria brota del oficio que ejercen.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Agradece hoy el trabajo de quienes hacen posible tu vida —el que cultiva, el que construye, el que repara— y trátalos con respeto. Si estás enfermo, reza y también acude al médico: Dios actúa a través de la ciencia. Y si has perdido a alguien, permite que llegue la consolación: llora lo necesario, pero no dejes que la tristeza te consuma.
Oración
Señor, gracias por quienes trabajan con sus manos y por los que cuidan la salud. Dame humildad para dejarme ayudar cuando esté enfermo y consuelo cuando pierda a alguien, y que nunca deje que la tristeza apague mi fe. Amén.
Acerca del libro de Eclesiástico
El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.
El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.
Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.
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