Eclesiástico

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos

Sir

Capítulo 13

1 El que toca la pez, se mancha, el que convive con el orgulloso, se hará como él.

2 No tomes sobre ti carga pesada, con el más fuerte y rico que tú no convivas. ¿Por qué juntar cántaro con caldero? Este le chocará y aquél se romperá.

3 El rico agravia y encima se envalentona, el pobre es agraviado y encima ha de excusarse.

4 Si le eres útil, se servirá de ti, si eres torpe, te abandonará.

5 Si tienes algo, vivirá contigo, y te despojará sin fatigarse él.

6 ¿Ha menester de ti? Tratará de engañarte, te sonreirá y te dará esperanzas; buenas palabras te dará y dirá: «¿Qué te hace falta?»

7 Te avergonzará en sus festines, hasta despojarte dos, tres veces, y para terminar se burlará de ti. Después, si te ve, te dejará a un lado, y meneará la cabeza ante ti.

8 Guárdate de dejarte engañar, y de ser humillado por estúpido.

9 Cuando te llame un poderoso, quédate a distancia, que tanto más te llamará.

10 No te presentes por ti mismo, no sea que te rechace, ni te quedes muy lejos, para no pasar inadvertido.

11 No pretendas hablar con él de igual a igual, ni te fíes de sus muchas palabras. Que con su mucho hablar te pondrá a prueba, como quien pasa el rato, te examinará.

12 Despiadado es quien no guarda tus palabras, no te ahorrará ni golpes ni cadenas.

13 Observa y ponte bien en guardia, porque caminas junto a tu propia ruina.

15 Todo viviente ama a su semejante, y todo hombre a su prójimo.

16 Todo animal según su especie se une, a su semejante se adhiere el hombre.

17 ¿Cómo podrá convivir lobo con cordero? Así el pecador con el piadoso.

18 ¿Qué paz puede tener la hiena con el perro? ¿qué paz el rico con el indigente?

19 Caza de leones son los onagros en el desierto, así los pobres son presa de los ricos.

20 Abonimación para el orgulloso es la humilidad, así para el rico es abominación el pobre.

21 El rico que vacila es sostenido por sus amigos, al humilde que cae sus amigos le rechazan.

22 Cuando el rico resbala, muchos le toman en sus brazos, dice estupideces, y le justifican; resbala el humilde, y se le hacen reproches, dice cosas sensatas, y no se le hace caso.

23 Habla el rico, y todos se callan, y exaltan su palabra hasta las nubes. Habla el pobre y dicen: «¿Quién es éste?» y si se equivoca, se le echa por tierra.

24 Buena es la riqueza en la que no hay pecado, mala la pobreza al decir del impío.

25 El corazón del hombre modela su rostro tanto hacia el bien como hacia el mal.

26 Signo de un corazón dichoso es un rostro alegre, la invención de proverbios es penoso ejercicio.

Reflexión del capítulo 13

El capítulo decimotercero es una página dura sobre la desigualdad. Ben Sirá observa que quien toca la pez se mancha y que quien convive con el orgulloso acaba pareciéndosele, y aconseja no cargar con un yugo más pesado que las propias fuerzas: no juntar el cántaro con el caldero, porque el choque rompe al más débil. Su descripción de la relación entre el rico y el pobre no esconde nada: al que tiene dinero le sobra arrogancia cuando ofende, mientras el desposeído, además de sufrir el daño, tiene que disculparse.

El sabio muestra con ejemplos cómo el poderoso se sirve del que le es útil y lo abandona cuando deja de serlo: lo engaña con buenas palabras, le hace preguntas amables, lo avergüenza en sus festines, lo despoja dos o tres veces y al final se burla de él. De ahí la recomendación de guardar la distancia justa.

En la segunda mitad, el capítulo se apoya en un principio de la creación: cada viviente ama a su semejante y busca a los de su especie. Por eso no puede haber paz entre el lobo y el cordero ni entre el pecador y el piadoso. Y describe con ironía cómo el mundo escucha al rico hasta las nubes y desprecia al pobre que dice cosas sensatas. Cierra con una sentencia serena: el corazón del hombre modela su rostro hacia el bien o hacia el mal.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy no midas a las personas por su cuenta corriente: escucha con el mismo respeto al que tiene poco. Si dependes de alguien más poderoso, no le entregues tu dignidad ni tu criterio, y no te avergüences de tu condición. Y revisa si tu manera de tratar a los demás está modelando un rostro amable o un rostro duro. Pídele a Dios que modele el tuyo.

Oración

Señor, líbrame de la soberbia del que se cree superior por tener más, y de la bajeza del que se rebaja por miedo. Enséñame a tratar a todos con la misma dignidad y a buscar mi paz en ti, no en el dinero. Amén.

Acerca del libro de Eclesiástico

El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.

El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.

Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.

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