Eclesiástico
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1402 versículos
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Capítulo 23 de 52Capítulo 23
1 Oh Señor, padre y dueño de mi vida, no me abandones al capricho de mis labios, no permitas que por ellos caiga.
2 ¿Quién aplicará el látigo a mis pensamientos, y a mi corazón la disciplina de la sabiduría, para que no se perdonen mis errores, ni pasen por alto mis pecados?
3 No sea que mis yerros aumenten, y que abunden mis pecados, que caiga yo ante mis adversarios, y de mí se ría mi enemigo.
4 Señor, padre y Dios de mi vida, no me des altanería de ojos,
5 aparta de mí la pasión.
6 Que el apetito sensual y la lujuria no se apoderen de mí, no me entregues al deseo impúdico.
7 La instrucción de mi boca escuchad, hijos, el que la guarda no caerá en el lazo.
8 Por sus labios es atrapado el pecador, el maldiciente, el altanero, caen por ellos.
9 Al juramento no acostumbres tu boca, no te habitúes a nombrar al Santo.
10 Porque, igual que un criado vigilado de continuo no quedará libre de golpes, así el que jura y toma el Nombre a todas horas no se verá limpio de pecado.
11 Hombre muy jurador, lleno está de iniquidad, y no se apartará de su casa el látigo. Si se descuida, su pecado cae sobre él, si pasa por alto el juramento, doble es su pecado; y si jura en falso, no será justificado, que su casa se llenará de adversidades.
12 Hay un lenguaje que equivale a la muerte, ¡que no se halle en la heredad de Jacob! Pues los piadosos rechazan todo esto, y en los pecados no se revuelcan.
13 A la baja grosería no habitúes tu boca, porque hay en ella palabra de pecado.
14 Acuérdate de tu padre y de tu madre, cuanto te sientes en medio de los grandes, no sea que te olvides ante ellos, como un necio te conduzcas, y llegues a desear no haber nacido y a maldecir el día de tu nacimiento.
15 El hombre habituado a palabras ultrajantes no se corregirá en toda su existencia.
16 Dos clases de gente multiplican los pecados, y la tercera atrae la ira:
17 El alma ardiente como fuego encendido, no se apagará hasta consumirse; el hombre impúdico en su cuerpo carnal: no cejará hasta que el fuego le abrase; para el hombre impúdico todo pan es dulce, no descansará hasta haber muerto.
18 El hombre que su propio lecho viola y que dice para sí: «¿Quién me ve?; la oscuridad me envuelve, las paredes me encubren, nadie me ve, ¿qué he de temer?; el Altísimo no se acordará de mis pecados»,
19 lo que teme son los ojos de los hombres; no sabe que los ojos del Señor son diez mil veces más brillantes que el sol, que observan todos los caminos de los hombres y penetran los rincones más ocultos.
20 Antes de ser creadas, todas las cosas le eran conocidas, y todavía lo son después de acabadas.
21 En las plazas de la ciudad será éste castigado, será apresado donde menos lo esperaba.
22 Así también la mujer que ha sido infiel a su marido y le ha dado de otro un heredero.
23 Primero, ha desobedecido a la ley del Altísimo, segundo, ha faltado a su marido, tercero, ha cometido adulterio y de otro hombre le ha dado hijos.
24 Esta será llevada a la asamblea, y sobre sus hijos se hará investigación.
25 Sus hijos no echarán raíces, sus ramas no darán frutos.
26 Dejará un recuerdo que será maldito, y su oprobio no se borrará.
27 Y reconocerán los que queden que nada vale más que el temor del Señor, nada más dulce que atender a los mandatos del Señor.
Reflexión del capítulo 23
El capítulo vigesimotercero es, en buena parte, una oración. Ben Sirá se dirige a Dios como padre y dueño de su vida y le pide tres cosas que ningún hombre puede darse a sí mismo: no quedar a merced de sus propias palabras, no recibir altanería de ojos y verse libre de la pasión desordenada. Es una confesión de fragilidad hecha con lucidez: el sabio sabe que sus peores enemigos están dentro de él.
De la plegaria pasa a la instrucción sobre el hablar. Advierte contra acostumbrar la boca al juramento, contra el lenguaje grosero y contra las palabras ultrajantes, y recuerda un detalle hermoso: quien se sienta entre los grandes no debe olvidarse de su padre y de su madre, para no avergonzarse de ellos.
La parte final afronta el adulterio con una severidad que hoy sigue interpelando. Describe al hombre que peca en lo secreto pensando que nadie lo ve, y responde con una imagen sobrecogedora: los ojos del Señor son más brillantes que el sol, observan todos los caminos y penetran los rincones más ocultos. El capítulo termina con la conclusión de siempre: por encima de todo está el respeto reverente a Dios, y no hay gozo mayor que el de cumplir lo que él manda.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Pide hoy a Dios lo que no puedes darte tú solo: un corazón limpio, una mirada humilde y dominio sobre tus deseos. Cuida tu manera de hablar: evita juramentos innecesarios, palabras groseras y críticas que hieren. Y no olvides a tus padres delante de los demás. Vive con la conciencia de que Dios ve lo que nadie ve. Hazlo hoy mismo.
Oración
Señor, tú que eres padre y dueño de mi existencia, no permitas que mis palabras me gobiernen. Aparta de mí la altanería y la pasión desordenada, y dame un corazón puro que te busque en lo secreto. Guarda mi lengua. Amén.
Acerca del libro de Eclesiástico
El Eclesiástico, conocido también como Sirácida o Libro de Ben Sirá, es una de las cumbres de la literatura sapiencial de Israel. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, un maestro judío de Jerusalén que reunió en él la experiencia de una vida entera dedicada a leer la Ley, los Profetas y los escritos de los antepasados. Su nieto lo tradujo al griego en Egipto y dejó al frente un prólogo en el que explica el esfuerzo de trasladar a otra lengua lo que el abuelo había compuesto en hebreo. Ese detalle, recogido en el capítulo 0 de esta edición, es ya una lección: la sabiduría no se improvisa, se hereda y se transmite con paciencia.
El libro nace en un tiempo difícil. Israel vive bajo la presión del helenismo, con la cultura griega penetrando en la lengua, las costumbres y la fe de muchos. Ben Sirá no responde con tratados abstractos, sino con consejos muy concretos: cómo honrar a los padres, cómo elegir a los amigos, cómo usar la palabra, cómo administrar las riquezas, cómo orar, cómo educar a los hijos, cómo comportarse en un banquete. Su sabiduría es la del temor del Señor, entendido no como miedo servil, sino como confianza filial y como decisión libre de escoger el bien. Por eso el libro insiste tanto en la libertad humana: Dios no fuerza a nadie, y el hombre puede inclinarse hacia la vida.
Para la fe católica, el Eclesiástico es una escuela de vida cristiana. La Iglesia lo recibió entre los libros deuterocanónicos y lo empleó desde antiguo en la catequesis. Su gran himno a la Sabiduría, en el capítulo 24, donde ella toma la palabra y confiesa que procede de la boca del Altísimo, fue leído por los Padres como anuncio del Verbo encarnado, y la liturgia lo aplica a Cristo y a María. La alabanza de los antepasados, que ocupa los capítulos 44 al 50, recorre la historia de la salvación desde Enoc hasta el sumo sacerdote Simón y educa la mirada de fe que la carta a los Hebreos dirigirá después a los creyentes. A ello se añade una doctrina muy querida por la tradición: la limosna, la misericordia con el pobre y el perdón del ofendido valen más que cualquier sacrificio.
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